Mobbing Neuronal

Wednesday, June 28, 2006

¡LA IMAGEN ES LO PRIMERO!

Háganme el favor de visionar este cortito de Martin Scorsese sin muchas quejas ni remilgos. Rodado en 1967 a ritmo de jazz, dicho trabajo primerizo no dice nada y lo dice todo. En mi opinión, de los mejores debuts junto a Polanski y otros zumbados de la época. Refleja una escena cotidiana de aseo personal como pocas he visto, señores míos, aunque los hombres lo entenderán mejor que las mujeres. Y más si son tan torpes como yo, que paso por el mismo trance que el protagonista una vez a la semana. Vean, vean lo que hacía este italoamericano antes de conocer a De Niro y a Di Caprio... ¡Y que nadie aparte la mirada!

Thursday, May 25, 2006

ESPECIAL MORMONES: ¡Existe otra juventud, copón!

Los mormones me caen simpáticos, ajá. Aunque no comparta para nada su patafísica visión de la vida. Por eso me he dedicado a recopilar con suma paciencia cuatro perlitas que nos informarán debidamente sobre sus variadas andanzas y monótonas actividades de road movie en ese mundo falto de Dios. Todo sea por colaborar en su proselitismo pop -tan paciente como inútil, sí- y conseguir con ello alguna inesperada adhesión a su brutal causa, por muy ajena que nos resulte ésta. Al fin y al cabo son los mejores del cotarro, créanme. En caso de apocalipsis hecatómbico sin parangón, alguno de estos lamecristos le acojería en su humilde casa antes que cualquier lector de este blog desprejuiciado suyo que algún día arderá en el infierno.
Todos ellos se llaman Elder, todos son body snatchers de corbatín y libraco en mano, y desde Mobbing Neuronal les rendimos apasionado culto. ¡El poder de Cristo nos obliga!
Para empezar, baste su misma carta de presentación. Se trata ni más ni menos que de unos spots televisivos muy currados donde exaltan sin tapujos su confianza ciega en los valores familiares y paternales. Con mensajes tan positivos como estos, que a su lado Spielberg parece un punk, ¿quién no se hace seguidor incondicional? Yo ya estoy por darles el número de mi tarjeta, oigan...

Lo sé, necesitan una segunda parte, una secuela digna del original... Ahí va otro despojo con niño incluido, ansiosos:



A continuación, un breve galimatías en boca de un capo del tema (el viejo presidente Ezra Taft Benson, un hueso durillo de roer) en una de las super convenciones yanquis llenas de mitings que celebran estas simpáticas sectas republicanas.
Ya conocen la leyenda por encima: Joseph Smith era un predicador cantamañanas del Sur que un fatídico día encontró unas planchas de oro indescifrables gracias a un ángel de Dios por allá el 1800 y pico. Tras el consabido cachondeo por parte de expertos incrédulos, el vivo de Joseph "consiguió" traducir un pupurri de egipcio, hebreo y otras lenguas enterradas en un severo latazo anglosajón ("The Book of Mormon", entre los amigos) que superaba de largo los discursos del Dragó. A los cuatro días se fundó una gran sede en Utah (la Utah Valley Latter-Day Saints College) para albergar a los más ilusos que fueran surgiendo por el camino. El mundo empezaba ya a llenarse de parejitas calcadas con camisa blanca y placa negra, en una loca cursa hacia la pérdida total del sentido común. Y a partir de aquí la luz, amigos.
Sólo hace falta creérselo y pagar la cuota, háganme caso. No es necesario entender nada más, pues el sinsentido que sueltan los tipos de marras en este fanfilm es tan bizarro en inglés como en swajili.


Para no endosarles a saco un nuevo video de seis minutos, les remito a sus publi-reportajes de lujo en clave de ciencia-ficción (género por el que estos Flanders demuestran un especial cariño no tan rematadamente cósmico como el de los nerds seguidores del cienciólogo Hubbard). Tales documentos fantásticos, sobretodo versados en la ficción histórica, les van como anillo al dedo para seguir subrayando entre sonrisas que no vivir como ellos viven según dictan sus íntimas paranoias nos sumergirá a todos en el pecado in eternum. Y tienen razón, por supuesto, pero a los telefilmes en cuestión les falta a veces, no sé, el desenfado de un buen episodio de "Star Trek". ¡Aunque son muy buenos en justicia! Compruébenlo buscando por Youtube la colección de "Book of Mormon seminary video" y alucinarán como en "Twilight Zone".

No me resisto -disculpen mi insana tendencia a saturarles de basura los sentidos- a incluir aquí uno de los seis episodios disponibles de sus "Cuentos Asombrosos" titulado sin cortarse un pelo "My Joy Is Full" (mi gozo rebosa). En esta ocasión se trata de una colección sensiblera de milagros jesucrísticos en fila india que arruinaría en dos días la Seguridad Social de cualquier país civilizado. Está rodado sin palabras y con música para ascensores, estrategia de autor que lo hace más profundo y globalizante. Aunque si lo comparan con el panfleto fílmico de Mel Gibson, echarán de menos al fin toda aquella sangría. Sólo apto para fanáticos del fanzine "Atalaya" y demás incondicionales de la estética camp más kistch.

Con tal de comprender mejor el comportamiento de esos sujetos clónicos, un par de zoólogos avezados en labores ingratas nos ayudarán -a través de su estrecho seguimiento de tales especímenes- en este documental dramático digno del National. Asistan horrorizados a las tristes escenas en las que dichos miembros abnegados de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (entre nosotros, "mormones" a secas) son rechazados casa por casa por culpa de la acuciante pérdida de fe. No se comen un cristiano rosco, en resumidas cuentas. ¡Y la culpa no es aquí del "Código Da Vinci", ojo! Amén de una insensata falta del sentido del ridículo y del soporífero best-seller que arrastran día y noche, hay muchos otros factores en juego que no ayudan demasiado a este colectivo de oficinistas errantes víctima de los tiempos modernos.

El próximo documento es un escalofriante video casero de vital importancia entre nosotros, casi una snuff movie donde se nos muestra al detalle lo que puede acontecer cuando desaprensivamente se pone en contacto directo a dos grupos biológicos tan dispares como los que se siguen en el mismo porche de una casa americana. No queda nada claro cual de ambas parejas (la de los orgullosos misioneros o la de los traviesos white trash) sale más escaldada del encontronazo. Los chicos del Gran Mormón pasan al fin a la defensiva, que ya está bien de poner siempre la otra mejilla. Eso es violencia doméstica con insultos y no algunos achuchones que vemos por ahí. Saquen las palomitas, que sólo el comienzo ya vale la pena. Ah, y aparquen la "Bruja de Blair", pues lo que viene a continuación sí es cinema verité del que nos gusta a todos.

Sí, hay mucho materialismo en el mundo. Y el sexo siempre queda lejos o es caro. Pero gracias a cuatro concienciados de pro, podremos salvarnos unos pocos decentes y pillar asiento de primera. Menos mal que algún puñado de estos chicos oxigenados, por medio del rock salvador, consiguen transmitir con garra de ángel su mensaje de plenitud y llegar así hasta los más descarriados de este blog impenitente. Definitivamente son la fuerza imparable del Señor, olvídense de Stryper y demás falsos profetas. ¿Que aun no tienen el disco? Muy mal, hermanos. ¡Con todos ustedes, The Mormons!

Por favor, llegados a este punto no se pierdan la siguiente versión mormónica del clip "Sabotage" de los Beasty Boys. Comprueben atónitos los métodos expeditivos de los que hacen gala tales siervos mesmerizados de Jahvé al enfrentarse a los casos más agudos de descreencia urbanita. Y santígüense cada vez que oigan un nefasto pitido, pues la censura internáutica habrá conseguido tapar alguna palabra malsonante que ofendería nuestra sensibilidad caucásica. En resumen, son los hombres de Smith en plena acción ofensiva. ¡Por fin el Ora et Labora al estilo FBI, jolines!

En definitiva, los ciudadanos mormonenses saben pasárselo chachi con la música joven. Si no, que se lo pregunten asímismo a estos cuatro estudiantes lobotomizados de la Brigham Young University (centro de docencia mormónica como pocos), los cuales se atreven con toda una elaborada coreografía a ritmo de pop, contorneos incluidos, aunque sin llegar nunca a rayar los excesos que tanto caracterizan a ese estilo demoníaco. Desde entonces ya no veo el freakismo de Spike Jonze con los mismos ojos de antes. Sniff.

Lo que sigue es ya menos esperpéntico y más arty: una performance seria a cargo del grupo folk The Books (ahí es nada) con proyecciones antiguas de los primeros líderes mormónicos quitándose el sombrero ante la cámara. Ya ven. Dicho arsenal de recursos postmodernos trufado de saludos añejos sin ton ni son es tan sumamente chic, que acaba por convencernos de que semejante colectivo menospreciado representa por sí mismo un movimiento artístico de vanguardia todavía incomprendido hoy en día. Véanlos boquiabiertos interpretar ese temazo instrumental que ya huele a futuro hit, "This Right Ain't Shit" (este derecho no es mierda) en vivo desde el Knitting Factory de Hollywood el pasado mes de abril. Aburrido, sí, y muy tedioso, por supuesto... pero sobre todo sensible, caramba.



¿Y qué me dicen del Séptimo Arte, eh? También les ha tenido en cuenta, visto que no desfallecen ni a tiros en su evangelizadora misión. Los sicarios de Utah han sido retratados por el cine independiente en todas las posturas más risibles, sacando lo mejor de su doctrina y actitud ejemplares. Y las risas y los llantos no han sido pocos, por supuesto.

Ahí está Trey Parker con su divertido "Orgazmo", monumento homenaje al porno pop. Recuerden: el mormónico prota intenta conseguir fondos para su iglesia de una peculiar manera, como hicieran a la suya los Blues Brothers en la película de Landis. Y se introduce en el percal del sexo vestido de superhéroe, nada menos. En más de un templo bendito saltaron devotas chispas, no lo duden. Aquí mismito tienen sin más dilación el mítico gag del T-Rex, para que refresquen la memoria adocenada. Después cojan la pipa y piensen, piensen qué diría un Garci de todo esto.

Siguiendo con la mala baba de Parker, recomiendo aquí y ahora el episodio 712 de la 5ª temporada de South Park titulado "All About Mormons". También en http://www.youtube.com/watch?v=2abJbA6UZt0. Ahí se cuenta toda la verdad y más, aunque en inglés y sin subtítulos. Pero busquen, busquen, que tampoco está el horno para bollos, ¿verdad?

Sí señores, el cine de género entró en las vidas de esos bíblicos cabestros y todo el mundo pagano pudo corroborar con pudor que, a pesar de tan ferviente entrega a la doctrina de Dios, también se agazapan en sus cuerpos de mormón las pasiones más bajas del humano ser. Pasiones inconfesables que conciernen a un armario simbólico y a su salida inminente de él. No, no todo es frivolidad en el mundo de las religiones ambulantes, también hay espacio en ellas para un tórrido idilio entre dos o más men in white. Por eso les entrego ahora este "Pájaro Espino" del siglo XXI, subtitulado en español y todo: para que lo disfruten pañuelo en mano y sin inconvenientes. No es moco de pavo.



Vamos, que entre disgusto y disgusto alguno de estos cándidos bípedos casi pierde la calma. No todo el mundo tiene el aguante del santo Job ni es tan rematadamente calzonazos. Entonces, para no cagarse en Dios así a la brava, el mormón medio de cualquier casta se sumerge en sus propias técnicas de oración alienante o bien genera sus personales juegos de evasión... actividades éstas que suscitan más de un comentario inapropiado por parte de los nihilistas. Imposible, por otro lado, distinguir una cosita (la oración) de la otra (el juego). Observen si no a este pobre adepto del montón y las fatales consecuencias de semejante lavado de cerebro. Las risas de los compadres que lo acompañan, por cierto, no son enlatadas.

Pero no, no todos los adoradores del Cristo más ario que pisó la Tierra son así de inofensivos, insisto de nuevo. El celo enfermizo que guardan los feligreses de esta tribu urbana hacia su denostada religión y sus verdades absolutas les empuja muchas veces a manifestarse en agitación confusa cual masa de insensatos estudiantes... a la mínima que algún indeseable izquierdista sin fe les palpa sus pudorosos genitales en el sagrado nombre de la duda.

Si aun no están convencidos, déjense impresionar por la secuencia "Michael Moore Vs. Mormons" incluida en la película "This Divided State", donde una inoportuna visita del orondo director poco antes de las últimas presidenciales puso los pelos de punta a los habitantes mormonizados de la bushista Utah. Jugoso material disponible en http://www.youtube.com/watch?v=29vHG0CRP-M. Así como la otra impagable visita sorpresa protagonizada por el escritor rockero John Conner -autor del controvertido "Resistance Manifesto"-, quien se adentró con un pentagrama gigante a cuestas en uno de esos templos mormónicos cualesquiera, profanando así toda la pureza ideológica depositada allí con fervor. La prueba audiovisual de este último yuyazo la tienen igualmente en http://www.youtube.com/watch?v=C_Lfp_mZEeo.

Ya para terminar, la prueba definitiva de que los WASM (o White Anglo Saxon Mormon) avanza como una plaga de bichos que es un primor. Estas dos madres de familia sin ningún sex-aple en sus carnes han encontrado respuesta a su frigidez acudiendo a los cantos de sirena del marketing hasta aquí expuesto. Una salida bien desesperada que desde Mobbing Neuronal agradecemos de todo corazón por bizarra. Que no llamen a mi puerta, por cierto. En casa somos católicos practicantes: creemos en Dios Uno y Trino; adoramos a cristo Salvador; veneramos a María y a los Santos; y estamos con el Papa y nuestro Obispo. No cambiamos de religión ni a hostias. Así que no insistan, por favor.

EL BAILE DE SAN VITO EN PLAN ELECTRO

Por favor, vean a este tipo haciendo el robotito sobre el escenario. Llámenlo break-dance insano, simples ganas de retorcerse o sobredosis de Tigretones, pero en cualquier caso es necesario saber hacer eso bien si uno quiere ser el rey de la pista. Algún movimiento remite a aquellos andares tontos montypythonianos sin desperdicio. Ay, yo llevo meses practicando y todavía parezco Bender...

"ABRIDGED": Todas las guerras conducen a Roma

Ahi va otro corto breve de ciencia-ficción, tan anacrónico como el resto que aquí colgamos para su deleite. Esta vez es de animación 3-D a cargo de unos chavales llamados Joshua Harvey y Mats Andersson. En la línea del enemigo invisible y tal, como en "Carne de Cañón" de Otomo. ¡Prueben ustedes también a hacerlo en casa!

"FIND THE FISH": ¡Que a nadie se le olvide ese gag!

Aquel breve momento performántico de delirio surrealista incluido a la brava en la obra maestra de los Monty Python "El Sentido de la Vida" (1983) clamaba su pequeño espacio en este blog. Si por mí fuera, colgaría aquí toda su serie televisiva y las filmografías de los dos Terry (Jones & Gilliam). ¡Sólo comparables a algunos momentos de Buñuel en "Belle de Jour" y demás astracanadas del maestro!

JAN ŠVANKMAJER: sexo, chatarra y caos

No me pregunten de dónde salió este artista plástico especializado en la animación stop-motion, pero les juro que no es amigo mío. No estoy seguro de si es checo o eslovaco. En cualquier caso, de entre todo el material que circula impunemente por Internet destacan los "Diálogos" hechos de pastelina desbocada y otras joyitas de surrealismo pseudo-gore que atrajeron mi mermada atención. Producido desde mediados de los 60's hasta el día de hoy, su trabajo es un excelente manifiesto de la Nueva Carne que influenció en su momento a variados artistas como Carpenter ("La Cosa") o Cronenberg ("Videodrome"). Aquí les enchufo un corto de 1989 titulado "Meat Love", uno de los más breves y cachondos, para que se entretengan un ratito mientras cuecen la cena a fuego lento.

Tuesday, May 23, 2006

Menos es más

Jon Spencer Blues Explosion eran muy chulos. Decidieron que para hacer blues rock no hacía falta tener un bajista, y que bastaba con dos guitarras y una batería.




Los White Stripes decidieron que era más que suficiente con una guitarra, una batería y unos vieos supercool.



Y Hurra Torpedos dicen que todo eso son mariconadas, y que con una guitarra y... bueno... eso basta.



Hurra Torpedo, robado vilmente de Pornografía Emocional

Saturday, May 20, 2006

"MÚSICA PROHIBIDA", por Anki Toner (a.k.a. Superelvis)

(RWS nº 2, Perifèria, 1996)

"55 grupos de rock filo-nazis bajo vigilancia en Alemania; un concierto en Turingia abortado por las fuerzas del orden (debe ser aquello de "sin orden ni concierto" que se suele decir); la película "Totó Que Vivió Dos Veces" prohibida en Italia por blasfema; la división regional de Pedofilia y Pornografía (¡fijaos en la relación!) de la policia británica exigiendo la destrucción de un libro de Mapplethorpe; Anthony-Noel Kelly juzgado bajo acusación de comprar órganos humanos para utilizarlos en sus esculturas; el chip antiviolencia obligatorio en los ordenadores norteamericanos; nuestra Pilar Rahola tratando de impedir que se mate un toro bravo en la "Carmen" de Salvador Távora; el Supremo norteamericano actuando contra el libro que inspiró un crimen; una galería holandesa retirando una exposición al descubrir que el artista expuesto es un criminal de guerra serbio; el último single de Mecano emitido en la COPE con un ruidito añadido para tapar la frase "Dame dos hostias"; el libro "Laschiate che i bimbi..." de Luther Blisset (una identidad múltiple, muy conocida en el mundo del plagiarismo) prohibido en Italia por decir cuatro verdades sobre satanismo y pedofilia en la región de Viterbo y sobre la actuación de la fiscal general en este tema; el "Teatro De Orgías y Misterios" de Hermann Nitsh prohibido en Austria por utilizar sangre de animales (no queda claro si sacrificaba alguno); los filtros antipornográficos en Internet que impiden leer el informe Starr; la embajada alemana forzando la retirada de "Mein Kampf"... ¡en Portugal!; polémica en Viena por la exposición de Otto Muehl, condenado por abuso a menores; un juez de EEUU prohibe exportar mensajes cifrados a quienes no dispongan de licencia de armas (la paranoia suprema); Alemania prohibe la sangre roja en los videojuegos violentos (en las versiones alemanas de estos juegos la sangre es verde); el consejo de ministros (el de aquí) estudia un proyecto de ley que permite cerrrar las emisoras de TV que emitan contenidos racistas o pedófilos. Todas estas noticias son de 1988. Hoy no encerraríamos a Oscar Wilde, lo colgaríamos al lado de Lewis Caroll.

Sí señor, estamos hablando de otra forma de censura, más escondida y periférica, que no suele reconocerse como tal. Una censura disfrazada de protección a la creación, pero que es una forma de censura política."

Pues eso, malandrines, no lo olviden. Más que nada por si algún día les entra por la ventana un comando SWAT y convierte su casa en un nuevo Leganés.

ORIGEN DEL TÉRMINO "HEAVY METAL": LA PREGUNTA DEL SIGLO

El origen del término "Heavy Metal" (procedente del inglés macarrónico) no está nada claro. Parece que se trata de algo que había de acabar sucediendo, pues no somos nada.
Para quien le importe la cuestión, una de las versiones más psicotrónicas defiende hacha en mano que fue acuñado por el escritor William S. Burroughs, quien en su novela patafísica de 1962 "The Soft Machine" incluye al personaje "Uranian Willy, the Heavy Metal Kid" (Uranian Willy, el chico "Heavy Metal"). En su siguiente novela de 1964 titulada "Nova Express" -más ilegible todavía- nuestro yonqui desarrolla aún más este concepto estrambótico de "heavy metal", convirtiéndolo en una metáfora de las drogas adictivas, asunto en el que el fiel hombre era un experto de tomo y lomo. Otro de los aspectos destacables de ambas obras infumables es el uso frecuente del sonido como agente liberador de la vida programada y la alienación causada por un mundo cada vez más mecánico. Una oda al buen ruido, en palabras más claras.

Sandy Pearlman, productor, mánager y compositor (es un decir) de la banda Blue Öyster Cult, asegura borracho de humildad que él fue el primero en aplicar el término "heavy metal" a la música rock en 1970. A finales de los sesenta, Birmingham era todavía un villorrio muy industrial y -respaldada por la cantidad de bandas de rock que han emergido de dicha ciudad y sus alrededores, como Led Zeppelin, The Move y Black Sabbath- mucha gentuza por el estilo apuntó que el origen del dichoso término podría proceder de dicha actividad industrial. Y tan anchos todos, que aquí no ha pasado nada.

Otra teoría para enmarcar en el salón de casa señala como origen del término a un crítiquillo de rock anónimo que en 1967 espetó emocionado que la música de Jimi Hendrix era "like heavy metal falling from the sky" (como metal pesado cayendo del cielo). Este era un poeta, eso es un verso, y lo demás son hostias sin consagrar.

La palabra "heavy" (con un significado paradójico aquí de serio o profundo, ya ven) había entrado en la contracultura algún tiempo antes, y las referencias a la música "heavy” (?!) eran comunes. De hecho, el álbum debut del grupo Iron Butterfly -Mariposa de Hierro, para que se hagan una idea- fue titulado "Heavy", a falta de un nombre mejor. También hay un disco de Uriah Heep titulado "Very Heavy, Very Humble" -con un tipo muy siniestro en la portada lleno de telarañas y todo sin barrer-, y es un un LP que suena igual de.... bueno, que suena parecido a lo que vamos diciendo.

Independientemente de su incierto origen, el término "heavy metal" fue usado inicialmente como un apodo (antes de convertirse en insulto público) pero rápidamente fue adoptado por la escena metalera. Bandas ya establecidas y conocidas, como por ejemplo Deep Purple -quienes tienen sus orígenes en el rock progresivo y/o sinfónico-, tomaron el subtítulo de heavy metal, añadiendo distorsión, amplificación y desvergüenza para conseguir un sonido más agresivo. Sí, así lo afirma la historia oficial del pop. Maniobra ésta que acabaría desembocando en los setentas en bandas locuelas de cuero y pose gay tipo Judas Priest (los auténticos padrinazos del tema), y a partir de los ochentas -con sus archifamosas New Wave of British Keavy Metal y la ola del Heavy Alemán que nadie supo evitar- en formaciones duras de verdad como Iron Maiden o Helloween. Sniff... Lo que viene después es ya innombrable y prohibitivo: death, thrash, speed y otros chascarrillos en la onda.
Bueno, basta de disquisiciones de tal pelaje, que ya empiezo a mover la melena al viento y a tocar la air guitar con furia. Hasta la próxima tontería, pues, que será pronto. ¡Y apacigüen mientras tanto sus instintos más bajos, por Dios!

"VIVO CON TU MADRE REMIX": EN EFECTO, SIGUE DEJANDO MAL CUERPO

"VIVO CON TU MADRE", UN TEMAZO CIERTAMENTE INCÓMODO

"EL PRINCIPIO DE PETER": ¡MENUDA GRAN VERDAD!

por el Dr. Laurence J. Peter y Raymond Hull

Capítulo Primero (Extractos)

"Empiezo a pensar que hay gato encerrado."
Miguel De Cervantes

Cuando yo era pequeño se me enseñaba que los hombres de posición elevada sabían lo que
hacían. Se me decía: "Peter, cuanto más sepas, más lejos llegarás." Así, pues, continué estudiando hasta graduarme y, luego, entré en el mundo aferrado firmemente a estas ideas y a mi nuevo título académico. Durante mi primer año de enseñanza, me sorprendió descubrir que numerosos maestros, directores de escuelas, inspectores e interventores parecían ser diferentes a sus responsabilidades profesionales e incompetentes para el cumplimiento de sus obligaciones. Por ejemplo, la preocupación principal de mi director era que todas las persianas se hallaran al mismo nivel, que hubiera silencio en las aulas y que nadie pisara ni se acercara a los rosales. Las principales preocupaciones del inspector se reducían a que ningún grupo minoritario, por fanático que fuese, resultara jamás ofendido, y que todos los impresos oficiales fueran presentados dentro del plazo estipulado. La educación de los niños parecía estar muy alejada de la mente del administrador.

Al principio pensé que esto se debía a un defecto especial del sistema escolar en que yo daba
clases, por lo que solicité ser destinado a otro distrito. Cumplimenté los impresos especiales, adjunté los documentos exigidos y me sometí a todos los trámites burocráticos. ¡Pocas semanas
después, me fue devuelta mi solicitud con todos los documentos! No, no había nada malo en mis credenciales; los impresos estaban correctamente cumplimentados; un sello oficial mostraba que habían sido recibidos en perfecto estado. Pero la carta que les acompañaba decía: "Los nuevos reglamentos establecen que estos impresos no pueden ser aceptados por el Departamento de Educación a menos que hayan sido certificados en el servicio de Correos para garantizar su entrega. Le ruego que vuelva a cursar la documentación al Departamento, cuidando esta vez de hacerlo por correo certificado."

Empecé a sospechar que el sistema escolar local no poseía el monopolio de la incompetencia.
Al pasar la vista en derredor, advertí que en todas las organizaciones había gran número de
personas que no sabían desempeñar sus cometidos.

Un fenómeno universal.

La incompetencia ocupacional se halla presente en todas partes. ¿Se ha dado usted cuenta?
Probablemente, todos nos hemos dado cuenta. Vemos políticos indecisos que se las dan de resueltos estadistas, y a la "fuente autorizada" que atribuye su falta de información a imponderables de la situación. Es ilimitado el número de funcionarios públicos que son indolentes e insolentes; de jefes militares cuya enardecida retórica queda desmentida por su apocado comportamiento, y de gobernadores cuyo innato servilismo les impide gobernar realmente. En nuestra sofisticación nos encogemos virtualmente de hombros ante el clérigo inmoral, el juez corrompido, el abogado incoherente, el escritor que no sabe escribir y el profesor de inglés que no sabe pronunciar. En las Universidades vemos anuncios redactados por administradores cuyos propios escritos administrativos resultan lamentablemente confusos, y lecciones dadas con voz que es un puro zumbido por inaudibles e incomprensibles profesores.

Viendo incompetencia en todos los niveles de todas las jerarquías, políticas, legales, educacionales e industriales, formulé la hipótesis de que la causa radicaba en alguna característica intrínseca de las reglas que regían la colocación de los empleados. Así comenzó mi
reflexivo estudio de las formas en que los empleados ascienden a lo largo de una jerarquía y de lo que les sucede después del ascenso.

Para mis datos científicos, fueron recogidos centenares de casos. He aquí un ejemplo típico.

- Supongamos que es usted dueño de una fábrica de moldeado de píldoras, "Píldoras Perfectas, S. A.". Su jefe de personal muere de una úlcera perforada. Necesita usted un sustituto. Usted, naturalmente, vuelve la vista a los moldeadores de que dispone. La señorita Ovalo, la señora Elipse, el señor Cilindro y el señor Cubo manifiestan todos diversos grados de incompetencia. Quedarán, como es lógico, descalificados para el ascenso. Usted elegirá en igualdad de circunstancias a su moldeador más competente, el señor Esfera, y le ascenderá a jefe de personal.

- Supongamos ahora que el señor Esfera acredita su competencia como jefe de personal. Más tarde, cuando su supervisor general, Rombo, ascienda a gerente, Esfera será elegible para ocupar su puesto. Si, por el contrario, Esfera es un jefe de personal incompetente, no obtendrá más ascenso. Ha llegado a lo que yo llamo su "nivel de incompetencia". Seguirá donde se encuentra hasta el final de su carrera.

- Algunos empleados, como Elipse y Cubo, alcanzan un nivel de incompetencia en el grado más
bajo, y nunca son ascendidos. Otros, como Esfera (suponiendo que no sea un jefe de personal
satisfactorio), lo alcanzan después de un solo ascenso.

De este modo, mi análisis de centenares de casos de incompetencia ocupacional me llevó a
formular el Principio de Peter:

EN UNA JERARQUIA, TODO EMPLEADO TIENDE A ASCENDER HASTA SU NIVEL DE INCOMPETENCIA

¡Una nueva ciencia!

Habiendo formulado el Principio, descubrí que, inadvertidamente, había fundado una nueva
ciencia, la jerarquiología, el estudio de las jerarquías. El término "jerarquía" fue empleado originariamente para describir el sistema de gobierno de la Iglesia por medio de sacerdotes escalonados en grados. El significado actual incluye a toda organización cuyos miembros o empleados se hallan dispuestos por orden de rango, grado o clase.

La jerarquiología, no obstante ser una disciplina relativamente reciente, parece tener una gran
aplicabilidad en los campos de la administración pública y privada. ¡Esto se refiere a usted! Mi principio es la clave para la compresión de todos los sistemas jerárquicos y, por tanto, para la
comprensión de la estructura toda de la civilización.

Unos cuantos excéntricos tratan de no verse insertos en jerarquías, pero todos cuantos participan en el comercio, la industria, el sindicalismo, la política, el Gobierno, las Fuerzas Armadas, la religión y la educación se hallan inmersos en ellas. Todos se encuentran regidos por el Principio de Peter.

Desde luego, muchos de ellos pueden conseguir uno o dos ascensos, pasando de un nivel de
competencia a otro nivel superior de competencia. Pero la competencia en ese nuevo puesto les
califica para otro nuevo ascenso. Para cada individuo, para usted, para mí, el ascenso final lo es
desde un nivel de competencia relativa a un nivel de incompetencia absoluta. En consecuencia, dado un lapso de tiempo suficiente, y supuesta la existencia de un suficiente número de grados en la jerarquía, todo empleado asciende a, y permanece en, su nivel de incompetencia.

El Corolario de Peter dice:

Con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones.

¿Quién hace girar las ruedas?

Naturalmente, rara vez encontrará usted un sistema en el que todos los empleados hayan
alcanzado su nivel de incompetencia. En la mayoría de los casos, se está haciendo algo para
contribuir a los ostensibles fines para los que existe la jerarquía. El trabajo es realizado por aquellos empleados que no han alcanzado todavía su nivel de incompetencia.

"TETRA VAAL": ROBOCOPS PATRULLANDO EN SUDÁFRICA

"YELLOW": MÁS CYBER-CORTOS DE BLOMKAMP

"TROOPS", por Kevin Rubio: OTRO PSEUDO-DOCU DE SCI-FI DESDE TATOOINE

"ALIVE IN JOBURG", por Neill Blomkamp: ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE... Y EN EL TERCER MUNDO

UNA ORQUESTA DE ESCUELA SE ATREVE CON DJ SHADOW

"AHORA: CERO", por J.G. Ballard

USTED ME PREGUNTABA cómo descubrí este poder absurdo y fantástico. Como al doctor Fausto, ¿me lo otorgó el mismísimo Diablo a cambio de mi alma? ¿Lo obtuve acaso por medio de algún extraño objeto talismánico —un ojo de ídolo, una pata de mono— desenterrado de un viejo baúl o legado por un marinero moribundo? ¿O me lo habré encontrado mientras investigaba las obscenidades de los Misterios Eleusinos y de la Misa Negra, percibiendo de pronto todo el horror y magnitud de ese poder entre nubes de incienso y humo sulfuroso?

Nada de eso. En realidad el poder se me reveló de manera bastante accidental, en el curso de trivialidades cotidianas: se me apareció disimuladamente en las puntas de los dedos, como un talento para el bordado. Fue algo tan inesperado, tan gradual, que tardé en darme cuenta.

Y ahora usted preguntará por qué tengo que contarles todo esto, describir el increíble y todavía insospechado origen de mi poder, catalogar libremente los nombres de mis victimas, la fecha y la forma exacta de esas muertes. ¿Estaré tan loco que busco realmente justicia: el proceso, el birrete negro y el verdugo que me salta a la espalda, como Quasimodo, y me arranca de la garganta la campanada de la muerte? No (¡ironía perfecta!), la extraña naturaleza de mi poder es tal que puedo difundirlo sin temor a todos aquellos que deseen oírme. Soy esclavo de ese poder, y cuando lo describo no hago más que servirlo, llevándolo fielmente, como se verá, a su conclusión definitiva.

Pero empecemos por el principio.

Rankin, mi superior inmediato en la compañia Seguros Siemprevida se transformó en el desgraciado instrumentode ese destino que me revelaría el poder. Yo detestaba a Rankin. Rankin era engreído y terco, de una vulgaridad innata, y había alcanzado la posición que ocupaba ahora mediante una astucia de veras desagradable, negándose una y otra vez a recomendar mi ascenso a los directores. Había consolidado su puesto de gerente de departamento casándose con la hija de uno de los directores, una bruja horripilante, y era por lo tanto invulnerable.

Nuestra relación tenía como fundamento el desprecio mutuo, pero mientras yo aceptaba mi papel, convencido de que mis propias virtudes se impondrían al fin a la atención de los directores, Rankin abusaba deliberadamente de su posición, ofendiéndome y denigrándome en cuanta oportunidad se le presentaba. Rankin socavaba sistemáticamente mi autoridad sobre el personal de secretaria, que tácitamente estaba bajo mis órdenes, nombrando caprichosamente a los empleados. Me daba trabajos largos y de poca importancia, que me aislaban de los demás. Pero principalmente trataba de molestarme con impertinencias. Cantaba, silbaba, se sentaba en mi mesa mientras charlaba con las dactilógrafas; luego me llamaba a su despacho y me hacia esperar mientras leía en silencio todos los papeles de un archivo.

Aunque yo trataba de contenerme, mi odio por Rankin era cada vez más despiadado. Salía de la oficina hirviendo de cólera, y hacia todo el viaje en tren con el periódico abierto, pero la rabia no me dejaba leer. La indignación y la amargura me arruinaban las noches y los fines de semana. No podía evitar que en mi mente nacieran pensamientos de venganza, sobre todo cuando sospeché que Rankin estaba dando a los directores informes desfavorables sobre mi trabajo. Pero era difícil encontrar una venganza satisfactoria. Por último la desesperación me llevó a adoptar un método que me parecía despreciable: el anónimo; no a los directores, pues seria muy fácil descubrir el origen de las cartas, sino a Rankin y a su mujer. Las primeras cartas, con las acostumbradas denuncias de infidelidad, nunca las envié. Me parecían ingenuas, inadecuadas, obra evidente de un paranoico rencoroso. Las guardé bajo llave en una pequeña caja de acero, más adelante las redacté de nuevo, suprimiendo las crudezas más gastadas y cambiándolas por algo más sutil: insinuaciones de perversión y obscenidad que dejasen huellas profundas e inquietantes en la mente del lector.

Mientras escribía la carta a la señora Rankin, enumerando en un viejo cuaderno las cualidades más despreciables de su marido, descubrí que el lenguaje amenazador del anónimo (que es en verdad una rama especializada de la literatura, de normas ya clásicas y recursos apropiados y lícitos), y el ejercicio de la denuncia, la descripción de las maldades y la depravación del sujeto descrito y de la terrible venganza que le aguardaba, me producían un curioso alivio. Desde luego, este tipo de catarsis es bien conocido por todos aquellos que acostumbran hablar de sus experiencias desagradables con el sacerdote, el amigo o la esposa, pero para mí, que llevaba una
vida solitaria y desamparada, ese descubrimiento me conmovió particularmente. Fue entonces cuando adopté la costumbre de escribir todas las noches, ya de vuelta en casa, un breve resumen de las perversidades de Rankin, analizando sus motivos y anticipando incluso las ofensas y las injurias del día siguiente. Todo eso lo vertía en forma de narración, y me permitía una gran libertad, introduciendo diálogos y situaciones imaginarias que subrayaban el comportamiento atroz de Rankin y mi estoica paciencia.
Esta compensación fue oportuna, pues la campaña de Rankin aumentaba día a día. Se volvió abiertamente insultante; criticaba mi trabajo delante de los empleados y hasta amenazaba con quejarse a los directores. Una tarde me enfureció tanto que estuve a punto de agredirlo. Corrí a casa, abrí la caja, y busqué alivio en mis diarios. Escribí página tras página, reproduciendo en la narración los sucesos del día, adelantándome luego a nuestro encuentro final de la próxima mañana, y culminando en el accidente que me salvaría del despido.

Las últimas líneas decían:
...Poco después de las dos de la tarde siguiente, mientras espiaba como siempre
desde la escalera del séptimo piso a los empleados que regresaban tarde del almuerzo, Rankin perdió de pronto el equilibrio, cayó por encima de la baranda y se
estrelló en el piso del vestíbulo.

Mientras escribía, pensé que esta escena imaginaria no era otra cosa que una justicia todavía insuficiente, pero lejos estaba de sospechar que ahora tenia entre mis dedos un arma de enorme poder. Al día siguiente, cuando volvía a la oficina después de almorzar, me sorprendió encontrar junto a la puerta a un pequeño grupo de gente, un patrullero y una ambulancia detenidos en la calle. Mientras subía los escalones unos policías salieron del edificio, abriendo paso a los enfermeros que llevaban una camilla; le habían echado encima una sábana que mostraba las formas de un cuerpo humano. No se le veía la cara, y por las conversaciones que oí deduje que alguien había muerto. Aparecieron dos de los directores, sorprendidos y consternados.
—¿Quién es? —pregunté a uno de los chicos de la oficina que había venido a curiosear.
—El señor Rankin —me susurró. Señaló el hueco de la escalera—. Resbaló junto a la baranda del séptimo piso, cayo al vacío y rompió una baldosa grande junto al ascensor...

El muchacho siguió hablando pero yo me volví, aturdido por la violencia física que flotaba en el aire. La ambulancia partió, la gente se dispersó, los directores regresaron a sus despachos, intercambiando gestos de asombro y pesar con otros miembros del personal, los porteros se llevaron los trapos y los baldes; atrás quedó una mancha roja y húmeda, y la baldosa destrozada.
Una hora más tarde yo estaba repuesto. Sentado frente al despacho vacío de Rankin, mirando a las mecanógrafas que caminaban como perdidas de un lado a otro, aparentemente sin poder convencerse de que el jefe no volvería nunca, sentí que el corazón se me encendía y cantaba. Me transformé: acababan de quitarme de encima aquel peso agobiante; se me tranquilizó la mente, las tensiones y la amargura desaparecieron. Rankin se había ido, al fin. La época de injusticias había terminado. Contribuí generosamente a la colecta que se hizo en la oficina; asistí al entierro,
gozando por dentro mientras el féretro se hundía en la tierra, sumándome groseramente a las expresiones de pesar. Me preparé a ocupar el escritorio de Rankin, mi legitima herencia.

No es difícil imaginar mi sorpresa unos pocos días después cuando Carter, un hombre más joven y de mucha menos experiencia, considerado en general como mi subalterno, fue promovido para ocupar el sitio de Rankin. Al principio me sentí desconcertado; no podía entender la lógica tortuosa que ofendía de ese modo todas las leyes de la precedencia y los méritos. Concluí que Rankin me había denigrado con verdadera eficacia. Sin embargo, acepté el desaire, le ofrecí a Carter mi lealtad y lo ayudé a reorganizar la oficina.

Superficialmente esos cambios fueron menores. Pero más adelante me di cuenta de que eran mucho más deliberados de lo que habían parecido al principio, y que trasladaban a manos de Carter la mayor parte del poder dentro de la oficina, dejando en mis manos el trabajo de rutina que nunca salía de la sección y que por lo tanto no llegaba a manos de los directores. También vi que durante el último año Carter se había estado familiarizando cuidadosamente con todos los aspectos de mi tarea y que se atribuía a si mismo trabajos que yo habia hecho durante la época de Rankin. Por último desafié abiertamente a Carter. Lejos de mostrarse evasivo, Carter recalcó simplemente mi papel subalterno. Desde entonces ignoró mis intentos de reconciliación y me acosó sin descanso.
El insulto final llegó cuando Jacobson se incorporó a la sección ocupando el antiguo puesto de Carter y fue oficialmente nombrado ayudante de Carter. Esa noche saqué la caja de acero donde guardaba las notas de las persecuciones de Rankin y describí mis sufrimientos a manos de Carter.

Hice una pausa, y la última anotación en el diario de Rankin me llamó la atención:
...Rankin perdió de pronto el equilibrio, cayó por encima de la baranda y se estrelló
en el piso del vestíbulo.
Las palabras parecían estar vivas, con unos vibrantes y extraños armónicos. No sólo predecían con notable exactitud la suerte de Rankin: tenían también una peculiar fuerza compulsiva y magnética, que las separaba nítidamente del resto de las notas. En algún sitio dentro de mi cerebro, una voz, inmensa y sombría, las recitó lentamente.

En un repentino impulso volví la página, busqué una hoja en blanco y escribí:
...A la tarde siguiente Carter murió en un accidente de tráfico frente a la oficina.
¿Qué juego infantil era ése? Tuve que sonreír: me sentía primitivo e irracional, como un brujo haitiano que traspasa con alfileres una imagen de barro.
Yo estaba en la oficina, al día siguiente, cuando un chillido de frenos en la calle me clavó en la silla. El tráfico se detuvo bruscamente y hubo un repentino alboroto seguido de silencio. Sólo el despacho de Carter daba a la calle; Carter había salido hacia media hora; nos apretamos detrás del escritorio asomándonos a la ventana. Un coche había patinado, atravesándose en la acera, y un grupo de diez o doce hombres lo levantaba ahora llevándolo a la calle. El coche no estaba dañado, pero algo que parecía aceite corría por el pavimento. Entonces vimos el cuerpo te un hombre, extendido bajo el coche, los brazos y la cabeza torcidos desmañadarnente. El color del traje me pareció extrañamente familiar. Dos minutos más tarde supimos que era Carter.

Aquella noche destruí la libreta y todos mis apuntes acerca del comportamiento de Rankin. ¿Seria coincidencia, o yo habría deseado de algún modo su muerte, y del mismo modo la muerte de Carter? Imposible: no podía haber ninguna relación imaginable entre los diarios y las dos muertes; las marcas de lápiz en las hojas de papel eran líneas arbitrarias de grafito, representaciones de ideas que sólo existían en mi mente. Pero la posible respuesta a mis dudas y especulaciones era tan obvia que no podía esquivarla. Cerré la puerta con llave, abrí la libreta en una página en blanco y busqué algo adecuado Tomé el diario de la tarde. Habían suspendido la ejecución de un joven, acusado de matar a una anciana. La cara del acusado miraba desde una fotografía: una cara grosera, ceñuda, desalmada.

Escribí:
...Frank Taylor murió al día siguiente en la cárcel de Pentonville.

El escándalo creado por la muerte de Taylor casi provocó la renuncia del ministro del Interior y de los directores de la cárcel. Durante los días siguientes los diarios lanzaron acusaciones violentas en todas direcciones, y al fin trascendió que Taylor había sido brutalmente muerto a golpes por los guardias. Leí atentamente las pruebas y toda la información reunida por el tribunal, esperando que pudiesen arrojar alguna luz sobre el instrumento malévolo y extraordinario que vinculaba las notas en mis diarios con las inevitables muertes al día siguiente.
Sin embargo, como lo temía, no encontré nada de interés. Mientras tanto yo seguía tranquilamente en la oficina, llevando adelante el trabajo, de modo automático, obedeciendo sin comentarios las instrucciones de Jacobson, con la mente en otra parte, tratando de descubrir la identidad y el significado de ese poder que me había sido concedido. Todavía sin convencerme, decidí hacer una prueba definitiva, donde yo daría instrucciones minuciosas, para descartar de una vez toda posibilidad de coincidencia. Jacobson era el sujeto ideal.

Entonces, luego de echar la llave a la puerta, escribí con dedos trémulos, temiendo que el lápiz me saltase de la mano y se me hundiese en el coraz6n:
...Jacobson murió a las dos y cuarenta y tres de la tarde del día siguiente, luego de cortarse las muñecas con una navaja de afeitar en el segundo compartimiento de la izquierda en el cuarto de baño de hombres del tercer piso.

Puse la libreta en un sobre, lo cerré y lo guardé bajo llave en la caja de acero, y me quedé despierto durante toda la noche; las palabras me resonaban en los oídos, resplandeciendo ante mis ojos como joyas del infierno.

Luego de la muerte de Jacobson —exactamente según las instrucciones— dieron a los empleados de la sección una semana de vacaciones (en parte para alejarlos de periodistas curiosos que empezaban a oler algo raro, y también porque los directores creían que Jacobson había sido morbosamente influido por las muertes de Rankin y Carter).— Durante esos siete días esperé impaciente la hora de volver al trabajo. Toda mi actitud hacia ese poder misterioso había cambiado de modo considerable. Habiendo verificado su existencia, aunque no su origen, mi mente se volvió otra vez hacia el futuro. Más confiado, entendí que si me habían dado ese poder era mi obligación utilizarlo, reprimiendo mis temores. Me dije que quizá yo no era sino el instrumento de una fuerza superior. ¿Y no seria el diario nada mas que un espejo del futuro, no me adelantaría yo de algún modo fantástico veinticuatro horas en el tiempo cuando describía las muertes, mero cronista de hechos ya ocurridos?

Esas preguntas me perseguían incesantemente. Cuando volví al trabajo me encontré con que muchos miembros del personal habían renunciado, y que sus puestos habían sido cubiertos con dificultad; la noticia de las tres muertes, en especial el suicidio de Jacobson, había llegado a los diarios. Aproveché todo lo posible el reconocimiento de los directores, que agradecían a los miembros mas antiguos del personal que se quedaran en la firma, para consolidar mi posición. Por fin tome el mando del departamento, pero eso no era más que hacer justicia a mis méritos; mis ojos estaban ahora puestos en el directorio. Literalmente me pondría los zapatos de los muertos.

En breve, mi estrategia consistía en precipitar una crisis en los asuntos de la firma, lo que obligaría a ls junta a buscar nuevos directores ejecutivos entre los gerentes de sección. Esperé por lo tanto a que faltara una semana para la próxima reunión de directorio, y entonces hice cuatro anotaciones, una para cada director ejecutivo. Tan pronto como fuese director, estaría en posición de saltar rápidamente a la presidencia del directorio, designando mis propios candidatos a medida que fuesen apareciendo vacantes. Como presidente me correspondería una silla en el directorio de la casa central, donde repetiría el proceso con las variantes necesarias. Tan pronto como tuviese a mi alcance un verdadero poder, el ascenso a la supremacía nacional, y ulteriormente mundial, seria rápido e irreversible. Si esto parece candorosamente ambicioso, recuerden que yo no había apreciado aún la finalidad y las dimensiones reales del poder, y pensaba todavía dentro de los estrechos límites de mi mundo y mi formación.
Una semana más tarde, mientras expiraban simultáneamente las sentencias de los cuatro directores, yo estaba en la oficina sentado, pensando en la brevedad de la vida humana, esperando la inevitable citación al directorio. Por supuesto, cuando llegó la noticia de las muertes, ocurridas en una sucesión de accidentes de tránsito, hubo una consternación general en la oficina, que yo aproveché fácilmente, pues fui el único que no perdió la serenidad.

Con asombro, al día siguiente yo y el resto del personal recibimos un mes de sueldo en concepto de despido. Completamente pasmado —al principio creí que había sido descubierto— protesté volublemente ante el presidente pero se me aseguró que aunque apreciaban de veras todo lo que yo había hecho, la firma no estaba en condiciones de seguir funcionando como unidad viable e iba a liquidación forzada. ¡Qué farsa! Se había hecho una justicia tan grotesca. Aquella mañana, cuando salía de la oficina por última vez, me di cuenta de que en el futuro tendría que usar de mi poder sin ninguna piedad. La vacilación, el ejercicio del escrúpulo, el cálculo de sutilezas, lo único que me habían dado era una mayor vulnerabilidad frente a las inconstancias y barbaridades del destino. En adelante yo seria brutal, despiadado, audaz. Tendría además que actuar sin demora. Nada me aseguraba que el poder no iba a esfumarse, dejándome indefenso, en una posición aún menos afortunada que cuando se me reveló por primera vez.

Mi tarea inmediata era establecer los límites exactos de mi poder. Durante la semana siguiente llevé a cabo una serie de experimentos, subiendo progresivamente en la escala del asesinato.
Ocurría que mis habitaciones estaban a unos cien metros por debajo de uno de los principales corredores aéreos de entrada en la ciudad. Durante años yo había sufrido el rugido insoportable de los aviones que pasaban por encima a intervalos de dos minutos, haciendo temblar las paredes y el techo, destruyendo todo posible pensamiento. Saqué las libretas. Aquí tenia una oportunidad de unir la investigación con el placer.

Usted se preguntará: ¿no me remordían la conciencia esas setenta y cinco victimas arrojadas a la muerte en el cielo nocturno veinticuatro horas más tarde, ni me compadecía por los familiares, ni dudaba de la sabiduría de ese poder increíble? Mi respuesta es ¡no! Yo no actuaba caprichosamente; llevaba a cabo un experimento vital para el perfeccionamiento de mi poder.
Decidí tomar un rumbo más osado. Yo había nacido en Stretchford, un oscuro distrito comercial que había hecho todo lo posible por mutilarme el cuerpo y el espíritu. Al fin la existencia de Stretchford podría encontrar alguna justificación probando la eficacia de mi poder sobre una zona amplia.

Escribí en la libreta una declaración breve y simple:
Todos los habitantes de Stretchford murieron al mediodía siguiente.

A la mañana salí y compré una radio, y la tuve encendida todo el día, esperando pacientemente la interrupción inevitable de los programas de la tarde, los primeros informes horrorizados del inmenso holocausto.
¡Pero no informaban de nada! Yo estaba asombrado, la cabeza me daba vueltas, temía perder la razón. ¿El poder se habría disipado, esfumándose tan rápida e inesperadamente como había aparecido? ¿O las autoridades estarían ocultando toda mención del cataclismo, por temor a una histeria nacional? Tomé en seguida el tren para Stretchford. En la estación hice algunas preguntas discretas, y se me aseguró que la ciudad seguía existiendo. Pero, mis informantes ¿no serían parte de la conspiración de silencio del gobierno? ¿El gobierno se habría dado cuenta de que estaba en presencia de una fuerza monstruosa, y esperaba atraparla de algún modo?
Pero la ciudad estaba intacta, las calles colmadas de tránsito, el humo de innumerables fábricas flotando por encima de las azoteas ennegrecidas. Volví tarde esa noche, y encontré a la casera que me esperaba para importunarme, reclamándome el pago del alquiler. Conseguí postergar esas demandas por un día, y prestamente saqué el diario y pronuncié sentencia contra ella, rogando que el poder no me hubiese dejado del todo. Fácil es imaginar el dulce alivio que sentí a la mañana, cuando la encontraron al pie de la escalera del sótano; un repentino ataque al corazón la había arrebatado al otro mundo. ¡Entonces el poder no me había abandonado! Durante las semanas siguientes se me fueron revelando las principales características del poder.
En primer lugar, sólo operaba dentro de los limites de lo posible. Teóricamente la muerte simultánea de todos los pobladores de Stretchford podría haber sido causada por las explosiones coincidentes de varias bombas de hidrógeno, pero como este hecho era aparentemente imposible (huecos son, en verdad, los alardes de nuestros lideres militaristas) la orden no se cumplió.

En segundo lugar, el poder se limitaba a la sentencia de muerte. Traté de dominar o predecir los movimientos de la bolsa, los resultados de las carreras de caballos, la conducta de mis jefes en mi nuevo empleo, pero todo fue en vano. En cuanto al origen del poder, nunca lo conocí. Me pareció que yo no era más que el agente, el empleado voluntarioso de un macabro némesis que unía como una parábola la punta del lápiz con el pergamino de los diarios.

A veces tenia la impresión de que las breves anotaciones eran citas fragmentarias de algún inmenso libro de los muertos que existía en otra dimensión, y que mientras yo escribía mi escritura se sobreponía a la de ese escriba mayor, a lo largo de la fina línea de lápiz que intersectaba nuestros respectivos planos de tiempo, sacando de pronto de la zona eterna de la muerte una sentencia definitiva sobre alguna victima de este mundo tangible.

Guardaba los diarios en una caja fuerte de acero, y hacia todas mis anotaciones con el mayor cuidado y reserva, para evitar cualquier sospecha que pudiese relacionarme con la ola creciente de muertes y desastres. La mayoría eran sólo experimentos, y no me beneficiaban particularmente. Por eso fue muy grande mi sorpresa cuando descubrí que la policía me vigilaba de cuando en cuando. Lo noté por primera vez cuando vi al sucesor de mi casera conversando subrepticiamente con el policía de la zona, señalando mi habitación y dándose palmaditas en la cabeza, quizá para indicar mis poderes telepáticos y mesmerianos. Luego, un hombre que —ahora puedo asegurarlo— era un detective vestido de civil me detuvo en la calle con algún débil pretexto e inició una conversación delirante acerca del clima, con el propósito evidente de sacarme información. Nunca me acusaron, pero pronto mis jefes empezaron también a mirarme de una manera curiosa. Concluí entonces que la posesión del poder me había dado un aura visible y distinta, y era eso lo que estimulaba la curiosidad de las gentes.

Cuando esta aura fue detectada por más y más personas (la advertían ya en las colas de los ómnibus y en los cafés), y por alguna razón la gente comenzó a señalarla abiertamente, haciendo comentarios divertidos, supe que el período de utilidad del poder estaba terminando. Ya no podría ejercerlo sin miedo de que me descubrieran. Tendría que destruir el diario, vender la caja fuerte que durante tanto tiempo había guardado mi secreto, y quizá hasta abstenerme de pensar en el poder, no fuera que eso generase el aura.
Verme obligado a abandonar el poder cuando estaba sólo en el umbral de sus posibilidades, me parecía una vuelta cruel del destino. Por razones que todavía me estaban vedadas yo había logrado traspasar el velo de lo familiar y lo trivial, que encubre el mundo interior de lo preternatural y lo eterno. ¿Tendría que perder para siempre el poder y la visión que se me habían revelado?

Me hice esta pregunta mientras hojeaba el diario por última vez. Ya estaba casi completo ahora, y se me ocurrió que era quizá uno de los textos más extraordinarios aunque inéditos, en la historia de la literatura. Allí se mostraba de modo irrevocable la primacía de !a pluma sobre la espada. Mientras saboreaba este pensamiento, tuve de pronto una inspiración de una fuerza y una brillantez notables. Había tropezado con un método ingenioso pero sencillo que preservaría el poder en su forma más letal y anónima sin tener que ejercerlo directamente ni anotar los nombres de las victimas.
Este era mi plan: yo escribiría y publicaría un relato aparentemente ficticio, una narración convencional, donde describiría, con toda franqueza, mi descubrimiento del poder y la historia subsiguiente. Daría los nombres auténticos de las victimas, citaría las circunstancias de la muerte, el crecimiento de mi diario, mis sucesivos experimentos. Seria escrupulosamente sincero, y no ocultaría nada. Por último explicaría mi decisión de abandonar el poder y publicar un relato completo y desapasionado.

En efecto, luego de un considerable trabajo, el relato fue escrito y publicado en una revista de amplia circulación.

¿Usted se sorprende? Lo entiendo; es como si yo mismo hubiese firmado mi propia sentencia de muerte con tinta imborrable, enviándome directamente a la horca. Sin embargo, omití una sola pieza de la historia: el desenlace, el final inesperado, la vuelta de tuerca. Como todos los cuentos respetables, este también tiene su vuelta, una vuelta por cierto tan violenta como para arrancar a la Tierra de su órbita. No fue escrito con otro propósito.

Mediante esta vuelta de tuerca el cuento mismo se aparece de pronto como mi última orden al poder, mi última sentencia de muerte. ¿Contra quién? ¡Naturalmente, contra el lector del cuento! Ingenioso, de veras, admitirá usted de buena gana. Mientras queden en circulación ejemplares de la revista (y esto está asegurado por la muerte misma de las víctimas) el poder continuará aniquilando. El único a quien no irán a molestar será al autor, pues ningún tribunal aceptará testimonio indirecto, ¿y quién vivirá para dar testimonio directo?

Pero dónde, pregunta usted, fue publicado el relato, temiendo comprar inadvertidamente la revista, y leerla. Yo le respondo: ¡Aquí! Es el relato que tiene usted delante de los ojos. Saboréelo
bien, cuando termine de leerlo usted también terminará. Mientras lee estas últimas líneas se sentirá abrumado de horror y revulsión, luego de miedo y pánico. El corazón se le encoge... le tiembla el pulso... se le nubla la mente... la vida se le escapa... se está hundiendo, poco a poco... unos segundos más y entrará usted en la eternidad... tres... dos... uno...

¡Ahora!
Cero.

"EL FINAL", por Fredric Brown

El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.
- Y he encontrado la ecuación clave - dijo un buen día a su hija -. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo.
Apretando un botón mientras hablaba, dijo:
- Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto - dijo, hablaba mientras botón un apretando.
- Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que máquina la. Campo un es tiempo el. - Hija su a día buen un dijo -. Clave ecuación la encontrado he y.
Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.

Brown Fredric por, "FINAL EL"

Friday, May 19, 2006

"CANNIBAL": LAS PRIMERAS TRAVESURAS DE TREY PARKER

"TITANIC 2": JACK IS BACK!

"EL RESPLANDOR": UN PATER FAMILIAS COMO DIOS MANDA

JULIO MÉDEM y nuestro "BOWLING FOR EUSKALDUN"

De entrada, un respeto para todos, copón. Sé que más de un tontaina que intenta con esfuerzo ir de listillo, juzgará muy obvio aprovechar el actual desmadre para soltarle a la concurrencia el rollo padre. Pero me da lo mismo, oigan, o no haber clickado aquí. He leído un montón, atajo de analfabetos, y sin embargo no tengo la más mínima idea de política, incluso menos que ustedes. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que nunca me han ofrecido (no ustedes, cenutrios, sino alguien con pies y cabeza) un pellizco de Poder. Y por lo tanto, jamás he ejercido tal Poder, si es que pilla el silogismo el menos empanado. “¿Y por qué?”, insistirá algún imbécil del montón. Atiendan bien, palurdos: porque he procurado siempre no meterme en esos malditos berenjenales, en los que se empieza un día repartiendo poderes y acaban repartiéndose hostias a diario. ¿Les suena? Si no hubiera hecho como les digo, créanme, mequetrefes, yo sería alguien, y a estas horas ya lo habrían notado todos en sus fláccidas carnes.

Que ningún capullo ligero de mouse, pues, ahueque el ala. No pienso aprovechar el desastre nacional para soltarle a nadie otro miting politicastro de callejón sin salida, blandengues, aunque agonice de ganas de hacerlo. Y aun suponiendo, si fuera optimista, que pudieran entender nada de nada. Verán, yo aquí pienso hablar estrictamente de cine, ¿escuchan? Y sólo me permitiré aderezarlo todo a cada instante con mi humilde y subjetivísima opinión, que me encanta. El resto (aviso a todo garrulo que siga el hilo) es para mí sólo una cháchara inútil y enigmática, procedente de gentes muy indecorosas para con mi particular estilo de vida. ¿De acuerdo, cabestros?

Una vez delimitado finamente el contorno de mi perfecta burbuja aislante (ni más ni menos que la que me ofrece Internet, bien lejos de sus sucias caras) les invito cómodamente, desde sus propias convicciones de mierda y su mediocre enjuiciamiento de los hechos, a que se sacudan por fin las legañas y, despejado a duras penas el tedioso sopor que inunda sus cerebelos, a que presten unos minutos de atención. Sólo si saben leer con suficiente fluidez, claro, y mientras esperan a que se descongele su bazofia en el microhondas, exacto. Eso sí, pamplinas, háganlo siempre y en todo momento desde el respeto mutuo y la convivencia social.

Llegados a este punto, considero del todo necesario redundar en mi interés último, a tenor de tanto simplón que me está leyendo: me li-mi-ta-ré, repito, a comentar hastiadamente (y muy por encima, para que no me se pierda ningún julai) la filmografía resultona de este vascuence clonado de José Luis Garci, y ello mientras analizo (hasta donde lo permita el efímero arrebato medeniano que casi me hace ignorarles por un momento) los recursos que considero más cinematográficos de este su estupendillo documental sobre la paranoia euskalduna. Así que pónganse las pilas ya, merluzos, y que nadie se despiste.

Además, aquí nadie se entera un colín (como apuntan los madrileños más salaos) en materia de nacionalismos, y no digamos ya en sutileza de matices de dicha índole. ¿Para qué perder el tiempo, entonces, en intentar convencerles (a los madrileños y a ustedes) de que Euskadi exige ya el derecho de autodeterminación porque a esas alturas sabe que es el único medio para quitarse el yuyazo de encima; que será así por sus santos cojones políticos y/o paramilitares, y que sucederá tarde o temprano porque nadie querrá en medio siglo otro conflicto palestino tan cerca de sus napias? Pues eso, al mal tiempo buena cara, por feos que sean.

Hasta ahora nadie en el país (sea cual sea éste) había tenido los huevos requeridos para meter a destajo tanto testimonio interesante del conflicto vasco en una misma película. Aunque por supuesto Cristo es Dios, y nadie aquí tiene todavía los huevos para meterlos a todos en la misma habitación, ¿me entienden? Pero algo es algo, poco a poco se llena el lavabo, como afirmamos los catalanes en nuestro peculiar galimatías, y al menos por ahora Medem nos regala un sinfín de estéticos fondos del paisaje norteño (interiores y exteriores superchics) con los caretos incrustados de todos los solitarios hijos de perra que administran desde su trono y a su manera la verdad absoluta.

En un primer visionado, superado el inicial “...hostias, ¿éste también...?”, se diría que sale todo el mundo, o al menos los que tenían que salir por pelotas, aunque sean vascas. Pero no nos emocionemos porque, como manda el topicazo, no están todos los que son aunque sí son todos los que están, etc. Sí, se echa de menos alguna capucha, uno o dos pasamontañas, las picantonas subidas de tono y algún insulto que otro... Pero casi se agradece tanta cara descubierta con el corazón en la mano, aunque ya las conozcamos de sobras desde el origen de la TV, aunque sean todas más feuchas que los propios discursos que vomitan.

Sale un montón de imprescindibles, ¿vale? Menos los representantes del PP, naturalmente. No, éstos no asoman el rabo, ya ven qué curioso. Su negativa (es decir, un rotundo “NEIN” con el brazo estirado) a colaborar en dicho documento audiovisual de gran potencial repercusivo es sin duda la reacción en bloque que mejor les define respecto a cualquier invitación al diálogo por parte del resto de los colectivos humanos. Su mudeza (es decir, un autista “¿.......?”) ha sabido expresarlo todo hasta el mismo final de los tiempos.

Julio Médem, natural de Donosti (San Sebastián) y afincado en Madrid, es un director de cine con proyección ciertamente internacional. Diríamos que de lo más exportable que ha dado nuestro suelo en términos puramente cinematográficos, aunque al mismo tiempo demasiado local en términos temáticos y argumentales. Su tormentosa relación, diríase casi folclórica, con el terruño que le escupió a la vida le ha marcado que es un primor. Pobre Médem, sin duda ser vasco le provoca paranoia. Pero para ser justos, diríase que el mero hecho de ser vasco en el actual País Vasco es lo que en verdad le raya un montón. Aunque el tío se deshace por su terruño, que conste. De vez en cuando planta poéticamente una cámara en medio de su paisaje, ahí es nada, e interroga con tranquilidad a tres o cuatro miserables para que defequen sus perlas. Él mismo advierte por escrito en los extras del DVD que ha intentado ser absolutamente imparcial en todo momento... aunque, ya más sobrio, confiesa no mostrarse muy de acuerdo con algunas de las perrerías que se articulan.

El montaje es ligerote, vaya que sí, dinámico a más no poder, lo que obliga sin duda a un visionado mando avizor para ir repasando cada una de las barrabasadas que descodifique el lector. Les recomiendo que se droguen antes del play. Dróguense mucho, háganme caso, caray. De lo contrario, no van a superar tanto odio contenido ni van a disfrutar de toda la propuesta en general. Y no lo digo por usted, claro, claro.

Personalmente, me río más con Bigas Luna. No creo que su condición de polaco mediterráneo influya en mi catalanada. Para mí Luna resulta tan o más profundo que el bueno de Julito, pero sin dejarse afectar en absoluto por los malos rollos que recrea. Creo que con su esperpéntica estética incluso abarca más temáticas, en sus trilogías ibéricas y tal, no dejándose llevar por esa lírica tan estilizada de anuncio de compresa de la que a veces hace gala nuestro donostiarra amadrileñado.

Pero todo esto que puntualizo, y que no comprendo por qué siguen leyendo, es una evidente idiotez, quédense: a Médem no le interesa toda esta basura mía, hombre, él está hasta los cojones de tanta mirada furtiva por encima del hombro con la que se ha criado. El cachondeo ya lo saca en cuentagotas, ya, con sus freakies de barraca sueltos por la montaña con los caretos de Carmelo Gómez o Karra Elejalde: en “Euskal Pilota” se trata de tocar bien las ídem a todo aquel que no se haya detenido nunca cinco minutos de mierda a pensar, y acto seguido otros cinco minutos de nada a seguir pensando en, no sé, quizás su actitud respecto a un problemón estigmatizado ya como “el conflicto vasco”. Es importante visionar este documento, porque uno advierte enseguida qué es exactamente lo que le salpicará en la cara durante la próxima guerra civil.

Esta película documental de tintes aizcolaris, con muchas hostias al frontón y pocas collejas en el pescuezo, resultaba necesaria desde cualquier punto de vista hasta para un ciego. Lo que aquí nos interesa, aparte de insultarnos a gusto, es que guarda en su seno bellísimos momentos de narración audiovisual. En su mayor medida ello se produce a partir de materiales ajenos (informativos, grabaciones de archivo, etc) anteriores al proyecto en sí. Eso último es, de largo, lo mejor del film, o al menos es mi impresión en temas de este pelaje, pues nos redescubre momentos acongojantes -algunos hasta ahora semivelados provinientes de la televisión vasca, y otros de pura retrospectiva emitidos en otros canales de ámbito nacio... eh... peninsular- resumen de la indigesta pesadilla de ocho años neofranquistas y especialmente de todo el precioso siglo XX español.

Y no sólo eso, no, sino que Médem también elabora unos montajes brutales, muy efectistas y emotivos, con la música de fondo del gran Mikel Laboa acompañado de Cristo y su Madre, vamos, con todo un orfeón donostiarra y una orquesta del copón interpretando su magistral “Gernika Zuzunean”.

En un alarde gratuito de coherencia discursiva, reivindico aquí y ahora: ¿para cuándo un Internet para invidentes? La pantalla en braille no constituye una solución. ¿Acaso no hay nada más en vista?


PELOTAZOS FILMICOS DE JULIO MÉDEM + PAULATINAS REACCIONES DE UN SERVIDOR

- “VACAS” (1992): “Guau, este tío parece bueno, me ha pillado en bragas. No sabría decir si pretende hacer reir o llorar o pensar... Tiene algo, eso es innegable, vamos. Sigamos mirando, sigamos.”

- “LA ARDILLA ROJA” (1993): “Coño, las sospechas se confirman: el pavo apunta alto y sabe lo que se hace. Tiene unas salidas geniales. Y este ambiento surrealillo tan sugerente... Vaya, vaya, así que eres bueno de verdad.”

- “TIERRA” (1996): “Ajá, la obra maestra. Es que se veía venir, hombre. Sí, en la línea del tópico del desdoblamiento psicológico y tal... pero bastante original y sobretodo muy bien llevada. Olé, chaval.”

- “LOS AMANTES DEL CÍRCULO POLAR” (1998): “No, a ver, la peli es buena. Lo que pasa... es que el amigo está empezando a liarse cosa mala. No me gustaría ver cómo se convierte en un pretencioso abominable tipo Amenábar, ¿me siguen? Pero la peli está bien, eso que conste...”

- “LUCÍA Y EL SEXO” (2001): “Demasiados bostezos, lo siento. Tanta poesía erótico-teenager mal interpretada me ha aburrido más que a Homer Simpson. ¿Para semejante arcada me ha estado preparando esos años el hombre este? La verdad, no sé... creo que la cagaste, B.L.

- “LA PELOTA VASCA: LA PIEL CONTRA LA PIEDRA” (2003): “Joder, ya veo que reacciona rápido. ¡Y cómo! Bienvenido al club de los grandes redimidos. Sí, como suena, sin pretender exagerar. Ya es toda una referencia fílmica. Esperamos en candeletas este próximo proyecto llamado Aitor: la Piel Contra la Piedra. Ah, y aquí no ha pasado nada.”


by Jordi Villegas

APUNTES ALEGRES SOBRE PESIMISMO CINEMATOGRÁFICO (6ª PARTE)

- La SCI-FI AMERICANA de los años 50-60 no merece menos atención en un informe detallado (que no es el caso aquí) sobre pesimismo en 35 mm. No sólo resulta muy interesante por su miedo expreso al fenómeno nuclear, la invasión extra-terrestre y todas sus variadas tecnofobias heredadas hasta día de hoy (que se truncan a la vez en fascinación y deleite, por supuesto), sino por sus conclusiones pesimistas de regusto calamitoso que no permiten prácticamente marcha atrás.

Muy pocos de los tebeos seminales de la Entertaining Comics –la ilustre E.C., pionera y cronista como nadie del universo American Gothic en su vertiente pop- llevaban al lector a buen puerto, impregnando la atmósfera con sus finales sorpresa de un terror vertiginoso bien característico que no hacía ningún bien a nadie y que creó verdadera escuela fandom entre los nerds de todo el globo. Del mismo modo, pues, casi todas sus mejores adaptaciones audiovisuales posteriores -en un sentido más o menos literal- gozaron del mismo carácter pavoroso del que ya hacían gala aquellas primeras historietas de pánico. Dentro de esta continuidad temática y formal heredada de la narración gráfica se insertarían los 156 episodios de la mítica teleserie “The Twilight Zone” de Rod Serling, principal exponente catódico del relato inquietante con final revelador.

El cine fantástico se ha valido siempre de su “sentido de la maravilla” para acongojarnos con ultimatums alarmantes sobre el curso de nuestra deriva cultural. Por citar un ejemplo a voleo, “Invasion Of The Body Snatchers” (La Invasión De Los Ultra Cuerpos, 1956) de Don Siegel, marcó un punto de inflexión al lanzar una nueva mirada alegórica y catastrofista sobre las repercusiones generales de la era McCarthy bajo la forma de un contagioso parásito alienígena de graves efectos despersonalizadores. Y, llegado el momento de abrir de par en par la puerta de la esperanza, Siegel decidió cerrarla como también haría en sus westerns: con un severo golpe que aun redunda en nuestras conciencias. Nadie escapa impunemente a la uniformización por el mero hecho de tomar conciencia; el refugio interior ya no constituye garantía alguna de salvación. Son “ellos”, vengan del espacio exterior o del foro más interno, y lo pueden absolutamente todo... más allá de los límites de la realidad.

Otro de los ejemplos inevitables, “War Of The Worlds” (La Guerra De Los Mundos, 1953) producida por George Pal, es a la par una radical denuncia de la Guerra Fría y la alarmante falta de comunicación entre bloques transfigurada en ataque militar de origen marciano. A diferencia de los productos más cafres del mercado, que tras el detallado suspense no dejan espacio alguno para el aire, la versión fílmica de la novela de H.G. Wells guarda en su final un viso de esperanza optimista heredado sin duda del mismo autor inglés, un declarado socialista utópico partidario de las libertades civiles y la igualdad social. Aunque, como en otras adaptaciones wellsianas de Pal -excepto “El Tiempo En Sus Manos” (The Time Machine, 1960), donde la casta Edonai vencía a los Morloks gracias a la buena iniciativa del protagonista-, es casi siempre un nimio detalle de bulto el que salva a la humanidad por los pelos de un calvo (como ahora las bacterias, nada menos); no tratándose casi nunca de razones redentoras que absuelvan a la especie humana por méritos propios, sino más bien de “milagros” tan inverosímiles como inesperados. Triste porvenir el nuestro, pues, que se sustenta sólo sobre el fruto del azar y la casualidad.

El desarrollo imparable de las nuevas medicinas, el asentamiento progresivo de la energía nuclear y la llegada invasora de la era electrónica son todos ellos efectos para-científicos que, aunque también en gran parte incomprendidos y prejuzgados sin rigor, son tomados básicamente por peligros potenciales que han sido integrados en la vida doméstica moderna. El recién estrenado american way of life, que abarrota todos los hogares de electrodomésticos ruidosos de bajo voltaje y aparatos de entretenimiento a pilas, se va convirtiendo poco a poco en escenario propenso a los mayores excesos psicotrónicos de la Ciencia-Ficción; excesos que desembocarán por un lado en una tecnología alocada de tipo alienante, y por otro en una naturaleza salvaje restituidora del equilibrio ecológico. De allí, paralelamente a la obsesión ufológica y la paranoia cósmica, las clásicas marabuntas de insectos desproporcionados y otros bichos mutantes en masa, que retrataban en su imparable avance los peligros irreversibles (y por tanto, sin solución a la vista) de los actos humanos irresponsables y fuera de control.

Decididamente pesimista y quasi nihilista, será esa misma mirada “al borde del abismo” la que la generación siguiente (encabezada en EEUU por Romero, Carpenter, Hooper y otros exponentes del cine independiente) recogerá como testigo para hacerla culminar durante los 70-80 en la desesperanza total, ejemplificada en el terrible lema sectarista “Únete a nosotros” que acabarán esgrimiendo incluso sus sufridos protagonistas, únicos sujetos conscientes de la enfermiza situación. Desde entonces, a pesar del cúmulo de buenas intenciones de Spielberg y compañía, la amenaza del progreso es democrática, globalizadora y homogenizante como nunca. Las peores consecuencias de la civilización abyecta parecen acechar desde cada rincón de la vida cotidiana en forma de pensamiento único, enfermedad de diseño, concurso de TV o simple terror al futuro. A partir de ahora no perdonarán ni a las mentes más voluntariosas, pues no hay antídoto a la destrucción que valga. La clave Klaatu Barada Nikto está ya tan obsoleta como los desmanes geriátricos de Lina Morgan.

La Dimensión Desconocida: un hombre es el último superviviente de la Tierra y, cuando por fin dispone de todo el tiempo del mundo para saciar su infinita ansia de lectura... se le rompen las gafas de culo de vaso. A la soledad del destino fatal se suman, pues, el gafe y la torpeza. Nadie saldrá vivo o cuerdo de aquí, profetizaba Jim Morrison cual Nostradamus de la America Popy. Cualquier superviviente que se plazca seguirá estando expuesto en cuerpo y alma al mordisco aleatorio del zombie más sórdido del vecindario. Bienvenidos todos al reino de la impotencia.


- El WESTERN de los años 60-70 exige otra parada y fonda. También aquí, como en el cine negro, se dan dos versiones fundamentales a un lado y otro del Atlántico. Pero, a diferencia de éste o del PEPLUM greco-romano, el western mediterráneo de idiosincrasia italo-española nace como una pretensión de la industria latina por apoderarse de un género rentable que le es totalmente ajeno por sus claras connotaciones históricas y geográficas. Se trata de poco menos que una exigencia intrínseca a la infraestructura comercial del negocio de la explotación. No sucedía lo mismo ni mucho menos cuando, veinte años antes con Francia en cabeza, Europa alimentaba su propio concepto de la estética noir a través de Chabrol y Goddard.

¿Qué proferir del western y su turbia ética de fondo, por no tener que repetir de nuevo su abigarrada historia? Unas palabras mesuradas de Rafael de España publicadas en la Serie Cine dentro de la “Biblioteca Dr. Vértigo” (la colección que despeja incógnitas, como reza su eslogan) vienen aquí muy a cuento: “El western clásico no rehuía la violencia ni la maldad, pero defendía unos valores: la amistad, la familia, la ley, el honor, la construcción de una nación..., valores que los bounty hunters de Duccio Tessari, la verdad, ya no encarnaban. Para los que tenían mitificado el western de Hollywood de los 40-50 como una escuela de valores inmarchitables, la visión de Sergio Leone al género debió ser especialmente dolorosa. Con el convencimiento de hallar en él al sucesor de John Ford o Frank Capra, se encontraron con la amargura de la palpable realidad escamoteada en EEUU.”

Aunque debe reseñarse a su vez que el sentido de la violencia gratuita y la crueldad extremas en directores de la escuela romana son muy oblicuos y cerebrales a ambos lados del gran charco. Imbuidos por el esquema de la revenge movie crepuscular y apoyados casi siempre en un formalismo épico que les resta buena parte de su verosimilitud, no pretenden ser siquiera naturalistas: tal cual sucede con Peckinpah, Tarantino y demás admiradores del SPAGHETTI. Además, ¿de verdad era tan puro el western americano como se quiere creer? Dejando aparte la cuestionabilidad de los valores puritanos que predicaba, por su condición no precisamente progresista, tanto buenos como malos imponían (y siguen imponiendo) su criterio por la fuerza indiscriminada de las armas, en un perpetuo “sálvese quien pueda” sin Ley ni Orden que prevalezcan.

Por supuesto que en pantalla los segundos siempre pierden el duelo y habitualmente mueren uno tras otro ajusticiados –la mayoría de las veces, por ser su caballo más lento que un Tío Vivo o tener ellos peor destreza en la puntería, todo hay que recordarlo-, pero ante la evolución histórica del país más poderoso del mundo surge la duda razonable de si en realidad no habrá sido justo al revés. Así lo creían Leone o Corbucci, los alegres pesimistas, al efectuar su jocosa demolición del mito americano del Far West y la Gran Guerra de Secesión. Si para galanes como Gary Cooper, James Stewart o John Wayne la solución era únicamente racial y autóctona -el único indio bueno es el indio muerto, el mejor negro es el negrito esclavo, y no confíes jamás en un mexicano-, para desperados como Eastwood o Van Cleef el problema es ya antropológico y global: todos somos unos miserables sin excepción.

by Jordi Villegas

"SCARFACE", de De Palma, en 90 segundos

UN BONITO SPOT PARA RELAJAR LA MENTE

APUNTES ALEGRES SOBRE PESIMISMO CINEMATOGRÁFICO (5ª PARTE)

Con los que se relamen tramando el advenimiento del Anticristo, tal como se lo imaginan los más satánicos (que no satanistas, ojo), ya no me atrevería yo a ser tan categórico ni lapidario. Curiosamente dicho género profético de referentes bíblicos y tono apocalíptico, emparentado de lleno con el THRILLER SOBRENATURAL y el terror gótico, se presenta como el más optimista de cuantos comentemos aquí. Es de lejos el más alarmista de todos y el de mejor resolución final; un gran susto alargado cuya estructura responde siempre al esquema shakespeariano del “mucho ruido y pocas nueces”. Más de un cinéfilo debe preguntarse encarecidamente año tras año: ¿y para cuándo una peli tipo “La Profecía” (1976) con un triunfo final por parte de la Bestia de turno? Eso clamamos también nosotros desde nuestro modesto blog.

Diríase que de hecho planea un intocable tabú sobre la idea misma de otorgarle al Diablo, al contrario que las Fuerzas de la Naturaleza o el M.A.D. (la Destrucción Mútua Asegurada por hecatombe nuclear), la facultad de arrasar el mundo en la pantalla para deleite de grandes y pequeños. No existe en cine, si nos fijamos bien en la desconcertante paradoja, ningún caso de Reinado Milenarista pura y llanamente Diabólico desde la Hammer hasta Fantastic Factory; un gobierno de las tinieblas de eterna legislatura y sin punto de retorno. Parece ser, como ningún otro elemento catastrófico explotado en cine, un eterno futurible sin parangón, más cerca del mito y la utopía que otros tópicos afines, listo para ser solventado una vez tras otra en otro eterno ciclo en espiral.

En el contexto ambiguo e indeterminado de la gran amenaza demoniaca, el anillo único de poder acaba cayendo siempre en el Monte del Destino, aunque sea por pura casualidad y fruto de las prisas inoportunas. Nos preguntamos: ¿y por qué? Porque alguien dictaminó en algún momento que era más “probable” o “conveniente” que un mad doctor de bata blanca hijastro del Dr. Caligari soltase su virus letal en medio de “12 Monos” (1995) o en cualquier zombie movie de Robert Wiene a Edgar Wright, que no que venza el Mal en forma de niño nigromántico y aguafiestas en el peor contexto que prefieran imaginarse. Sin duda alguna, el sentido religioso de lo siniestro no es tomado igual aquí entre amigos que en un despacho evangelista de Hollywood o en el seno de la Cienciología. Y no me pregunten los motivos subyacentes de tan bizarra discrepancia, que yo no tengo ni remota idea.

Por un lado, quizás la misma estructura teológica de la omnipotencia divina impida de base una victoria infalible del maligno por personificarse a sí mismo como ningún otro factor ecológico, bélico o químico es capaz de hacer. Eso se comprende aunque uno no sea creyente en ningún tipo de teosofía. Por otro lado, nadie sobrio le exigiría al malvado Polanski que maquinase un tríptico como la saga de Damian para su impecable “Rosemary’s Baby” (1968), echando a perder así todo ese peculiar esoterismo y sentido de la maravilla. Llegados a este punto y gracias a Dios, nos acecha la visión agnóstica –más desmitificadora e iconoclasta que la atea- recordándonos, como dicta su impermeable conciencia, que lo más pesimista es de entrada la mera aceptación de la existencia hipotética de tales fuerzas elementales y trascendentes que pretenden regir el cosmos. Aunque nunca se sabe: quizás tengan razón los que afirman que el mayor triunfo del diablo consistió en hacernos creer que no existe. Amén.

Desgranamos así, en caso de resultarles convincente, una segunda conclusión más retórica aun que la primera, a saber: el pesimismo de cualquier película -más que en su visión comprometida sobre la Revolución Violenta (TERRORISMO), su visión rebelde de un futuro desangelante (DISTOPÍA), su visión entrópica del Juicio Final (THRILLER SOBRENATURAL) o cualquier otra visión tecnofóbica a ultranza- radica sobretodo en su visión personal de la sempiterna esperanza, y especialmente en los parámetros universales en los que ésta haya sido insertada.

Por lo general, el concepto capital de esperanza surge siempre en medio de un estado de crisis general y a partir de aquí se va nutriendo de las situaciones más límites que ello genera. La esperanza salta al escenario debido a su ausencia prolongada, irrumpe cuando se la requiere a gritos, y siempre en un estado de cosas donde su natural contrario (el hado fatal, el fatalismo) es dueño absoluto de la escena. En el seno de la desgracia entendida como enfermedad vírica que ataca progresivamente el sistema (familiar, social, político) es donde hace, pues, su aparición providencial el remedio salvador. Es decir, la posibilidad humana de salir adelante y no desfallecer en el camino: la esperanza. En esta ontología de los opuestos y su flujo heraclitiano, omnipresente siempre en toda ecuación “Génesis-Zénit-Apocalipsis-Renacimiento” que se maneje, radica la única moral válida de cualquier pesimismo cinematográfico o no.

Por seguir dando cancha a los realizadores argentinos, ahí va un pensamiento final de Alejandro Agresti que no contradice del todo lo que quiero demostrar desde aquí: “El pesimismo por el pesimismo no aporta nada. Alguna gente lo usa para ponerse una medalla de supuesta intelectualidad. Pareciera que los grandes pensadores sólo pueden ser pesimistas. ¿Y de qué sirve el pesimismo sin una solución? Creo que la función del artista es rescatar la belleza hasta de lo peor; lo ves en los cuadros, lo escuchas en la música. Y hay gente que no puede rescatar la belleza. Solamente transcribe lo feo y lo terrible y, encima, cobra una entrada por eso.” Eso equivale a responder a la pregunta de Adorno afirmando que sí es posible la poesía después de Auschwitz, siempre que se encare el horror transformándolo positivamente en conocimiento. Y al mal tiempo, buena cara.

by Jordi Villegas

¡Eurovisión mola!

¡Voten a Finlandia! ¡Es una orden!


G.G. ALLIN LIVE IN NYC: PUNK A PELO Y SIN DECORO

APUNTES ALEGRES SOBRE PESIMISMO CINEMATOGRÁFICO (4ª PARTE)

2. La DISTOPÍA SOCIAL (concepto cumbre y factor imprescindible para analizar con un mínimo de rigor el pesimismo como postura básica ante la fe en el futuro) no es patrimonio exclusivo de la ciencia-ficción sino que sobretodo es abordado por el subgénero de la política-ficción, que lo dota como nadie de cuerpo y sentido finales. Precisamente por su componente esencialmente político e ideológico, la distopía en sí se presta a ser quizás la imagen más democrática y ecuánime que se nos pueda ocurrir en cuanto a teoría crítica y devastadora sobre el entorno social con la que todos estemos de acuerdo sin excepción. Por otro lado no sé de nadie medianamente cuerdo que, además de un brutal reaccionario, sea al mismo tiempo tan cazurro para aceptar “Fahrenheit 451” (1966), “Soylent Green” (Cuando El Destino Nos Alcance, 1973) o “Brazil” (1985) como ideales del paraíso en la tierra.

Lo que importa aquí es lo que acontece con otras distopías no tan claramente perfiladas como tales, ni refijadas de modo tan inequívoco, y que se agazapan en todos los DVD’s del mundo a la espera de su presa propiciatoria. ¿Qué me dicen de colecciones infumables como “American Pie” o “Una Rubia Muy Legal”? ¿Eh? Ya hemos superado estas tentaciones en la 1ª parte de nuestros apuntes alegres, sí: esos vodeviles de fin de semana no son casos que se correspondan al que aquí nos ocupa, ni sirven como paradigmas de lo que ahora estamos hablando. Pero al menos no debe negarse que la aceptación tácita y silenciosa que legitima como un solo hombre la actitud pseudo-rebelde de la juventud americana del siglo XXI, tal como se efectúa con pasmosa beatitud en estas exitosas series de pretensiones modélicas, es una operación subterfugia que sí da auténtica grima y la empareja de lleno con la “distopía teenager” (subgénero inconsciente a redescubrir), lo que eleva tales productos a la categoría del mejor Terror High-School Inadvertido.
La distopía nace en la era post-industrial del progreso y de la pluma de los visionarios más escépticos de Occidente como respuesta contemporanea al enorme cúmulo de propuestas optimistas sobre estados ideales o ciudades divinas que se fueron amontonando injustificadamente a lo largo de la historia de la esperanza desde que Platón inventase “La República” y que alcanza hasta las novelas rosa de Corin Tellado, sin olvidar los delirantes paraísos terrenales del comunismo soviético o el nacional-socialismo.

A veces las distopías son también ucrónicas, en un gesto por desvincularlas del imperativo del futuro y hacerlas así extensibles a toda la historia humana. El Nuevo Orden se transforma, pues, en el Viejo Caos y vuelta a empezar, como en el mito del eterno retorno. El subgénero ya clásico del WESTERN RETRO-FUTURISTA (que, en las sagas anacrónicas de “Mad Max”, Snake Plissken u otros bounty killers radiactivos, auna elementos del pasado histórico reciente con los más típicos de la era post-atómica) juega a su vez con esa interesante noción atemporal del auge y caída de las infraestructuras sociales, de lo viejo y lo nuevo en perpetua renovación, de la ley del orden frente a la ley del más fuerte. Su postura básica sobre dicho ciclo inescrutable de la Historia, al escapar de la consideración descorazonadora del tiempo lineal, se substrae también al férreo pesimismo entendido como la constatación del estancamiento social sin posibilidad de remitir.

Sobre esta misma idea reflexiona Héctor J. Freire con esmerado ahinco: “El optimismo trágico, como superación dialéctica del pesimismo lúcido, sabe que el perfume exquisito se desprende de materias descompuestas. Si el drama pide la repetición del dolor y la alegría es porque posee un orden, una secreta coherencia, y no se trata de un caos sin sentido o una mera sucesión de acasos violentos. Para el optimismo trágico, estas dos caras se hallan en constante movimiento y transformación. No hay gesto humano que no devenga su contrario, y no hay un solo fragmento de la realidad histórica exento de esta dualidad. La conciencia del optimismo trágico sabe que en la movilidad constante de la Historia no hay ninguna condena definitiva y unidireccional. En el seno de toda realidad madura su contrario. Y el crecimiento de la violencia significa también su autodestrucción.”

En otras ocasiones, la crítica que desprende la distopía cinematográfica se recrudece en los aspectos prácticos que afectan más directamente a los sectores amplios de población: aquellos que atañen a la desigualdad económica y la política social. Los efectos nocivos y perniciosos del neoliberalismo exacerbado con su crecimiento indefinido, o bien la intromisión absoluta del Estado en la vida pública y privada (que en ambos casos se resumen en miseria económica y moral, privación de libertades civiles, pérdida del sentido de la verdad e inmunidad a las responsabilidades derivadas), son descritos en el cine distópico como lo que han sido desde el principio: consecuencias profundamente consustanciales al fenómeno en cuestión, mucho más que hechos aislados simplemente colaterales. Por su inherencia misma se convierten, así pues, en una dimensión inevitable del sistema, y no solamente en males menores fruto de una coyuntura corregible a base de parches administrativos.

Es precisamente en este marco hermenéutico de la distopía (o anti-utopía) social donde se suele insertar la eterna denuncia a la BUROCRACIA –siempre irracional y totalitaria- con sus clásicos defectos disfuncionales, que por su forma y esencia apuntan más allá de regímenes concretos o ideologías de cualquier signo. El crítico de arte Francisco Fernández Buey expresa su opinión en una sesuda parrafada que no tiene desperdicio:

“No dudo de que una poética cinematográfica inspirada en el pesimismo de Leopardi y en las imágenes de Kafka habría sido revolucionariamente más realista que la poética lukácsiana del realismo social marxista. Así lo sugiere también John Berger (guionista de varias películas de Tanner) en un hermoso ensayo, donde argumenta convincentemente que el pesimismo leopardiano no tiene por qué liquidar las ilusiones de quienes aspiran a cambiar el mundo de base, sino todo lo contrario. Porque sabe, en suma, que el proletariado no puede vivir sin ellas.” El pesimista sabe rebelarse contra el mal; sólo el optimista sabe extrañarse del mal.
by Jordi Villegas

"SPIN", de Jamin Winans: ¡DIOS ES UN DJ!

APUNTES ALEGRES SOBRE PESIMISMO CINEMATOGRÁFICO (3ª PARTE)

III. INORGASMIA TERMINALIS: METÁFORAS DEL PESIMISMO

“¿Es posible hacer poesía después de Auschwitz?”

(Theodor W. Adorno)

Existen dispersas por el mundo una retahila de propuestas fílmicas muy singulares ellas que exigirían capítulo aparte por su inusitado interés en hacernos sucumbir a la gran depresión. Incluiremos algunas de las susodichas al final con tal de refrescar la memoria a golpe de titulazo, aunque durante el resto del artículo nos centraremos sobretodo en el cine comercial de género: ese cine-espectáculo que tanto alaban en “Fotogramas” y que ha dejado espacio para ciertos ámbitos que, dentro de su propio marco comercial -el mercado masivo oscarizable-, son capaces de otorgar al espectador cierta experiencia significativa.

Situados entre la Ficción de Meliés y el Realismo de Lumière (ver artículo “Breve consideración sobre la esencia del cine” en www.formatocine.com), tales filmes son conscientes de que el séptimo arte ha sido, en algún sentido, destruído por la industria y el profesionalismo (show-bussiness) a la vez que ensalzado a las máximas cotas de éxito y popularidad (mainstream); sabedores ante todo de que se hallan completamente insertados en un sistema de narrativas de principios-desarrollos-desenlaces (storytellers) y que se espera de ellos una historia más para el lugar de entretenimiento (entertainment) que le ha sido asignado al cine.

Estas películas, por la propia naturaleza de su producción, están dotadas de un semáforo moral tricolor: son pesimistas (rojo) porque en ellas el mundo es naturalizado e interpretado como tal; optimistas (verde) porque ven sólo en la posibilidad del “otro” una salida al pesimismo; neutrales (ámbar) porque al parecer la contingencia inmediata no les afecta en demasía. A ratos pueden parecer filmes experimentales y a ratos absolutamente convencionales, pero a todos ellos los une algo: asumen el fracaso general del cine y su relación con la Historia, aunque son conscientes del lugar preciso y válido desde el cual hablan. En última instancia cuentan la historia de este amor pequeño, mediocre y necesario que parece caracterizar a nuestra ajetreada época.

Llegados a este punto, quizá sea de obligado cumplimiento llevar a término una mínima enumeración de conceptos relativos a la temática que nos ocupa para poder avanzar con cierta dignidad en los términos. He aquí unos cuantos de ineludible referencia en el cine de género destinado al gran público:

1. Hemos sacado ya algunas versiones de TERRORISMO POLÍTICO y su retrato fílmico a colación. En primer lugar, el tema del terrorismo entendido como amenaza organizada de atentado con bomba contra entidades públicas evoca la pionera “Sabotaje” (1936) de Hitchcock, con su resolución final positiva para el status quo. Y a continuación damos un salto y pensamos en Edward Norton convenciendo a David Fincher para que cambiara el final de Chuck Palahniuk. Dos épocas, dos estéticas, dos industrias, y por lo tanto dos enfoques irreconciliables. ¿Qué ganó a fin de cuentas “El Club De La Lucha” (1999) con dicho cambio argumental? ¿Ser más pesimista o más optimista? Pues según desde el punto de vista, o mejor aun, desde qué óptica global se contemple el caso.

Que el complot sectario y paramilitar de Tyler Durden acabe haciendo sucumbir en algún aspecto los cimientos de la sociedad estadounidense provocando al fin un 11-S a gran escala y sin víctimas mortales... resultará, más allá de su verosimilitud, de agradecer o no en función de la postura individual que cada uno haya adoptado previamente en el transcurso de su particular (mala) educación. El acuerdo personal a priori con alguna de las dos únicas facciones en juego –sistema/revolución, sociedad/ anarquía, orden/caos- determinará forzosamente el dictamen final y veredicto último de cada sujeto/espectador. Sobre esto Churchill largó una vez: “Un optimista ve una oportunidad en cada calamidad, un pesimista ve una calamidad en cada oportunidad.”

Sin ir más lejos, pueden constatarse los golpes de pecho que ha provocado “V De Vendetta” (2006) -la última adaptación desconsentida de una novela gráfica de Alan Moore- amparados por la risible excusa de los recientes atentados londinenses. Ante semejante panorama de pijadas, ¿quién de nosotros no se solidariza aun con el comando gamberro de “Acción Mutante” (1992, De la Iglesia)? Un eminente sociólogo del cine en sus ratos libres, Eduardo Febbro, resume bien el panorama de marras en esta soberana palabrada que no es para nada conspiranoica:

“La imagen higiénica del héroe norteamericano, del policía o agente capaz de sacrificarse por su país, no es sólo producto del celo de los guionistas de Hollywood sino resultado directo de una estrecha colaboración entre Hollywood y la misma CIA. La implicación entre los creadores de historias y los servicios secretos excede en mucho el mero intercambio de informaciones sobre métodos operativos; evoca abiertamente un trabajo estrecho que apunta no ya a enriquecer los guiones sino -sobre todo tras los atentados del 11-S - a dar una imagen positiva de la CIA y a cambiar radicalmente la Historia Velada transformándola en Versión Oficial. La crítica europea nota que, después de las películas sobre Vietnam distribuidas durante las legislaturas de Ronald Reagan, nunca como ahora el cine norteamericano pareció estar tan cerca del punto de vista de Washington. La imbricación entre cine y administración es tanto más evidente cuanto que responsables como Cheney, Rumsfeld o el mismo Bush asisten a las primeras proyecciones de filmes cuyo tema es la guerra o la supervivencia del país.”

Altos funcionarios como Chase Brandon, el hombre de la CIA en Hollywood, admiten orgullosos y sin ruborizarse la existencia de una estrategia de comunicación oficial que se ha ido desplegando en los últimos treinta años: “Nosotros protegemos la libertad y la seguridad de los norteamericanos. Luchamos desde siempre contra la proliferación de armas y el terrorismo. En el cine, en cambio, se nos mostraba como villanos y no como héroes. Era insoportable. Como la CIA es una organización confidencial, los guionistas imaginaban lo que no es y ello explica la imagen catastrófica que el cine dio de la CIA en los años 70 y 80. Hoy, sin embargo, gracias a la intervención de nuevos directivos, las películas ya dan una imagen más realista de nosotros.” Brandon, ex agente secreto que trabajó en América del Sur, fue especialmente nombrado hombre de prensa y consultor técnico de los grandes estudios de Los Angeles.

El nuevo estilo contrasta con los años rebeldes durante los cuales los hombres de la CIA y del FBI eran lo que Jonathan Kuntz, profesor de crítica cinematográfica en la Universidad de California, califica como “personajes negativos”. Kuntz acota que a fin “de seducir a los jóvenes los guionistas se inscribían en el molde de la contestación y la contracultura”. Esa época ha pasado a ser un recuerdo. El llamado esfuerzo patriótico moviliza desde hace ya unos años a los más insospechados protagonistas del arte de masas, al servicio de agencias de informaciones cuya moralidad dista mucho de ser transparente.

El cine norteamericano ha sido siempre un termómetro de las tendencias sociopolíticas y económicas de cada momento; brújula de sus propias marejadas históricas y vigía de sus valores eternos. En muchas ocasiones también se asemeja a una veleta, según soplen los vientos. Ahora bien, con el terrorismo Hollywood ha resultado del todo ultraconservador, más celoso que en cualquier otro de sus lugares comunes y sus sacrosantas convenciones. Revisando con propiedad la historia del terrorismo en el cine americano, descubrimos fundamentalmente dos líneas que pueden reducirse a una: el protagonismo árabe entre los invasores (con lo cual el sentido visionario se hacía más afilado), y los ciudadanos procedentes de Europa del Este; una vez derribado el muro soviético –otra “torre” que se desplomaría ruidosamente-, también ex socialistas.

Una tercera línea, realmente ínfima, sitúa como malos a los propios norteamericanos; siempre como pésimos hijos de un país próspero y lleno de oportunidades, traidores resentidos que atentan contra su propio ombligo. Aunque mínimamente, el cine sobre terrorismo en EEUU sigue contemplando en algunos casos a sus mismos hijos ejecutando estas acciones tan punibles; claro está que se trata de desajustados mentales, delincuentes y gentuza de la peor calaña a la cual se enfrentan siempre los representantes de la otra cara del establishment, la verdadera avant garde norteamericana.

De cualquier manera, los ejemplos en los cuales los norteamericanos son los terroristas malvados pueden contarse con los dedos de una oreja. Ese ilustre papel de transgresor de la Pax Americana está reservado a los árabes en primerísimo lugar y a los europeos tercermundistas, sin descontar algún que otro latino, sobre todo cubano. Nadie quiere niegar la realidad –ya se sabe el papel que los talibanes, por ejemplo, han jugado en muchos de los atentados reales-, pero tampoco puede negarse la xenofobia yanqui que alimenta esa actitud más allá del cine, al punto de atacar y maltratar a inocentes y hasta ejemplares ciudadanos extranjeros residentes en EEUU.

Como contrapunto moral y estético a tanta basura acumulada, la excelente ”Syriana” (2005, Stephen Gaghan). Este filme respira un aire de honestidad y respeto a la verdad realmente insólito; trata de forma explícita las motivaciones de los terroristas islámicos sin reducirlos previamente a la categoría de peleles o fanáticos descerebrados. Sin que ello signifique en modo alguno una justificación de su proceder, muestra con toda nitidez la tupida trama de razones que llevan a unos jóvenes desarraigados y sin expectativas vitales –que sólo encuentran auxilio y acogida por parte de los clérigos de las madrazas- a la inmolación en nombre de su fe. Y esa trayectoria infame la representa el filme desde la propia perspectiva de los suicidas: en su propio ambiente, en su propia lengua y sin los alardes retóricos en que suelen caer las películas sobre el género.

En resumen: con las notas justas de afectividad, humor y compasión que demuestran que un terrorista islámico de barba y turbante puede ser también, y sobre todo, una víctima empujada a la destrucción por fuerzas fácticas que ostentan más poder y oportunidades que las suyas. Justamente aquello que no querrán reconocer nunca los integrantes botarates de “Team America: La Policía Del Mundo” (2004, Trey Parker).

Como comentábamos al principio del capítulo, es evidente desde hace un tiempo el surgimiento gradual de la figura del neo-terrorista a-social y anti-sistema dotado de una carismática mística urbana que le aleja de un plumazo de los arcaicos fundamentalismos religiosos, para emparejarle más bien con el popular justiciero out-law de vocación desinteresada y tintes anarquistas a lo Dick Turpin o Guy Fawkes. Esta nueva silueta (casi) contracultural y contestataria, redentor a gran escala que ataca al Molloch en sus cimientos cual villano de guante blanco, responde a exigencias más o menos generacionales del nuevo milenio, que claman por un severo replanteamiento del clásico icono rebelde de calado dócil y porte inofensivo.

Todo ello está haciendo mella en el rol actual de héroe mesiánico against-power que está cuajando en todos los niveles de la industria, desde las ya mencionadas superproducciones hasta algunas series-B de qualité como “2013: Rescate En Los Ángeles” (1996) –misantropía revolucionaria e incorrección política a raudales- o incluso “eXistenZ” (1999) –activismo de infiltración al grito guerrillero de “¡mueran los videojuegos!”.

by Jordi Villegas

"HTF": El episodio del Mono Budista contra los Ninjas

"HAPPY TREE FRIENDS" (Episodio 3)

APUNTES ALEGRES SOBRE PESIMISMO CINEMATOGRÁFICO (2ª PARTE)

II. COITUS INTERRUPTUS: ¿EN QUÉ CONSISTE EL PESIMISMO?

“La esperanza no es ninguna obligación. Aunque soy lo suficientemente optimista para hacer cine pesimista.”

(Arturo Ripstein)

Para empezar la noción misma de PESIMISMO, acérrimo o no, debería ser redefinida a falta de un criterio unánime que, como insinuábamos más arriba, aglutine todos los pareceres existentes en el orbe. Pero esa es misión harto imposible, amigos. Sobre tal cuestión elemental no piensa igual un budista que un judío, ni piensa igual un cristiano de derechas que un ateo de izquierdas. Porque no piensan igual y punto. Antes de continuar por estos vericuetos, aclararé que no existe doctrina política o religiosa más optimista o pesimista que otra, sino sólo interpretaciones personales y subjetivas. Si la esperanza de uno es la permanencia en el ser, y la del otro es su disipación, entonces mortalidad o inmortalidad en sí mismas no son nada sin interpretaciones individuales que las juzguen de un modo u otro. Además existen demasiados pesimistas en todos los credos e ideologías como para empezar a discriminarlos según sus ámbitos.

En lo sucesivo nos veremos obligados, pues, a referenciar en algún momento la política y la religión como dimensiones subyacentes a nuestro tema, aunque sólo se trate de tomar prestadas sus estructuras formales sin contenidos partidistas ni inclinaciones confesionales. Lejos de mí la intención de ofender a ningún lector por sus estúpidas creencias infundamentadas. Eludiendo cualquier polémica, con saber que tengo la razón nos bastamos aquí.

El pesimismo, como cualquier sentir humano hecho de palabras vanas y basado en actos dudosos, no pasa de ser una opinión más sobre la vida, tanto la cotidiana de cada uno como la universal de todos. Es un dato subjetivo como otro que ni siquiera le desvincula a uno del todo de su compromiso de facto para con la sociedad que le concierne, como insistía Rousseau. El pesimismo, ilustrado o no, ni es verdad ni es mentira. En cualquier caso se trata, si hablamos mínimamente en serio, de una simple ilusión intelectiva que transmite una cierta tendencia afectiva a las acciones de uno, y prefigura sus juicios morales sobre cada cosita del universo que se menea. El pesimismo en sentido duro se resume en la ausencia total de confianza en el hombre y en su futuro, dicho con todas los monemas. Y eso tampoco es tan grave, cáspita, pues más gente se ha llevado por delante el optimismo entre carcajadas y algarabías.

A todo país o cultura y a sus distintas épocas les corresponden, además de un carácter idiosincrásico propio, un estado de ánimo determinado por su sistema de desarrollo y armado con sus respectivos altibajos emocionales. Y esto también queda retratado en cine, qué caramba. Hemos visto pesimismo in extremis por un tubo desde 1895 hasta esta mañana, y también es verdad que no todo él tiende o conduce al suicidio. Pudimos comprobarlo a través de las reacciones sintomáticas de una generación de cineastas en EEUU tras el crack bursátil de 1929, en Argentina tras la crisis del corralito del 2001... o en México desde que Claude Ferdinand Bon Bernard y Gabriel Veyre -los camarógrafos reclutados por los Lumière para promocionar su invento alrededor del mundo- desembarcaron en Veracruz empapados de sudor.

Semejantes argumentaciones resultan más relevantes de lo que salta a simple vista, ya que en términos absolutos –repetimos con obstinada tozudez- un grato happy end digno de aplauso (p.e. Oskar Schindler compadeciéndose del mundo cual santo desterrado) puede transformarse en un bad trip que incite a la agresión (p.e. el mismo Schindler limpiando la conciencia a golpe de lagrimal antes de su fuga). En muchos casos de maniqueísmo, la dignidad y la nobleza se confunden de un plumazo con la zafiedad y la vileza en una única amalgama de sentimientos relativos, fruto malintencionado o no de la sagrada subjetividad. A esto se reduce todo muchas veces, si nos dejamos de análisis prejuiciosos y otras argucias de facultad. Subjetividad: garante de la libertad pero también obstáculo para el consenso. Y es nada menos que la paradoja alfa de todo lo que intentamos abarcar cada vez que abrimos el pico.

Además, el metalenguaje cinematográfico (sic) y sus arquetipos han acabado por saturarnos la mente y los sentidos. En un círculo vicioso de simbolismos cerrados sobre sí mismos, nos apresuramos al unísono como críticos en celo a hacer concordar herméticamente lo concreto con lo abstracto, de modo que toda calidad del individuo apunte siempre al sui generis como una sentencia intelectual. Prejuzgamos al Judas Iscariote de “Jesuchrist Superstar” o al Lando Calrissian de “El Imperio Contraataca” cuando entrevemos en su perfil traidor un mensaje racista y/o xenófobo, sin antes haber considerado en calma a Carl Anderson y Billy D. Williams como actores apropiados. Por el contrario, acertamos de pleno con el irónico final de “La Noche De Los Muertos Vivientes”, cuando el noble Duane Jones es abatido sin denuncia por la América WASP en plena cacería del hombre errante.

¿Por qué este continuo juego de sospechas ambiguas? Porque la reducción del sujeto a la especie es también una propiedad inalienable del arte a explorar. El paso moderno del mito a la novela, como recordaba Borges, es un laberinto de ideas mágicas que hacen de Leopold Bloom el Quijote del siglo XX, que a su vez no era otro que el Ulises homérico... que se identifica al fin y al cabo con el Adán bíblico: el hombre arquetipo, ni más ni menos. Eduardo Mignona pregona una idea interesante de distanciamiento al respecto: “No es lo mismo el hecho que originó A Sangre Fría que la novela de Capote o el filme de Richard Brooks. En el noticiero aparece el crimen particular, pero en el libro y la película vos analizás a toda la sociedad. Realmente el cine pesimista es interesante y atroz, pero expresa mucho dolor dentro y fuera de la cámara.”

El cine en general -dotado de dobles, triples y cuádruples lecturas en un marasmo infinito de revisiones- corre desde siempre el riesgo de adjudicar al espectador demasiadas responsabilidades como especie, al tiempo que puede deslegitimarle como sujeto para efectuar juicios valorativos u otras claudicaciones personales. A pesar de tales inconvenientes de doble filo -derivados del sentido profundo inherente al mismo medio cinematográfico y su capacidad de sugestión-, es justamente ese metalenguaje el que permite el rico ejercicio de extrapolación y comparativa entre distintas épocas o culturas; ejercicio que propicia jugosos resultados que desvelan la “verdad” sobre ciertas ilusiones colectivas de periodos ya superados o de transiciones finalizadas... como veremos claramente en el apartado sobre la distopía social.

En menos ocasiones de las estrictamente deseables, un pesimismo alegre que retrata el dolor al tiempo que se lo toma a broma se presenta como única vía plausible para la salvaguarda de la esperanza. Me refiero a estas películas en las que, como se suele decir en el mejor de los casos, uno se ríe llorando. Es entonces cuando el espectador de bajo nivel receptivo -sacado de su hábitat natural y arrastrado a regañadientes hasta la sala errónea- no se encuentra a la altura de las expectativas de un filme (comercial) que fusiona ternura y frivolidad como pocos, siendo el susodicho incapaz de captar su tono general de serie costumbrista en plan sitcom (telecomedia de situación) y confundiendo así el humor negro de sobremesa con el pesimismo serio del modo más inapropiado. Y es entonces cuando se generan por los foros declaraciones tronchantes como la que sigue, de la mano de una tal M. M. a la que su marido no deja opinar ya sobre nada que resulte interesante:


American Beauty se enfrasca en demostrarnos que el ser humano no es capaz de dar más de sí ni hacer uso de su dignidad. (...) Me resulta sumamente llamativo que el público de nuestro tiempo se conforme con estas películas tan escasas de sentido (!) y de un supuesto realismo, que en el fondo es un gran pesimismo lleno de exageración (?!). Da mucha lástima que esta película (...) refleje tanta ignorancia de lo que es más importante para el hombre: las virtudes humanas, los valores morales, Dios (¿?!!). El bienestar material y el éxito público acaban convirtiéndose en una verdadera tragedia; como una bolsa de plástico llena de aire que estalla en miseria moral y amargura solitaria.” Magnífica metáfora final que la señora se apropia del propio atrezzo de la película como broche o colofón a un sinsentido de sandeces y desatinos, que corroboran bien claro que esta admiradora inconfesa de Capra no entendió nada de nada.

Volvemos así al punto mismo de partida para llegar a una primera y perogrulla conclusión: cualquier postura ética expresada a través del cine se reduce siempre a contextualizar su atenta mirada en relación al género del que parte y el público al que se dirige. Poner en pleno diálogo intergenérico e hipertextual todas las morales y estéticas sin determinar previamente los criterios e intenciones respectivas (justamente, dejarse llevar por “esta percepción del meollo tan flexible y maleable que comprende filmes del ámbito familiar apto para todos los públicos hasta lo más censurable y prohibitivo” como aconsejaba en la primera parte del artículo) sólo puede desembocar en un patiburrillo indiscriminado de ideas inconexas y vagamente intuitivas como el que más o menos se están tragando ahorita.

No será ésta ni mucho menos mi única contradicción flagrante en las sucesivas líneas. Para sumergirse más aun en este pozo negro de malentendidos y agitar sus sucias aguas, recomiendo un análisis peregrino sin muchos pormenores de “Arlington Road: Temerás A Tu Vecino” (1999), el libro rojo de todo resentido aficionado.

Cuenta la leyenda que cuando Buster Keaton pidió trabajo en la Paramount Pictures, su comparsa Arbuckle y el productor de turno le citaron para comer juntos. Ese día Keaton tenía una importante diarrea, así que tuvo que hacer ingentes esfuerzos por no reír las bromas del magnate y soltar todo lo que llevaba dentro que no atañase al talento. Su postura y su cara de palo hicieron tanta gracia a los jefes de la industria que le dieron el trabajo a condición que siempre estuviese inexpresivamente serio. De este modo nació su personaje Pamplinas, el paradigma del clown contemporaneo que ya no sonríe: metáfora por excelencia de la tragedia de la vida moderna. Pamplinas –como bien indica su nombre- es un cómico triste surgido de la más ridícula situación; fruto del pudor extremo en sociedad y de la amenazante presencia de la mierda como ente metafísico terrible que nos acecha a todos desde todas partes.

by Jordi Villegas

SPOT DE HONDA CIVIC CON UN CORO DE VOCES EXPERIMENTAL

"MUSIC FOR ONE APARTMENT AND SIX DRUMMERS" (2001), por Ola Simonsson

APUNTES ALEGRES SOBRE PESIMISMO CINEMATOGRÁFICO (1ª PARTE)

I. INTRODUCCIÓN SIN VASELINA

“Los que hacen cine de entretenimiento son los pesimistas.”

(Michael Haneke)

Ya cuenta la leyenda que en un pordiosero pueblecito californiano sin mucho atractivo pero con buena climatología fueron a refugiarse tres caraduras empresarios para rodar de estranquis su propio western en un pajar improvisado como estudio, mientras en una persecución típica de slapstick escapaban de los abogados de Edison y su férreo monopolio a toda máquina. Así renacía Hollywood en 1914 y se inauguraba su estilo de platós en forma de graneros. Detrás de la Gran Fábrica de Sueños creada por Cecil B. De Mille, Sam Goldwyn y Jesse L. Lasky se agazapa, pues, la historia de una trampa ilegal en aras, eso sí, de la libertad de creación y de mercado en el país de las oportunidades. Desde entonces hasta hoy hemos tenido tiempo de comprobar a dónde ha llevado este escaqueo histórico sin parangón y a qué oportunidad se referían.

Más allá de juicios o prejuicios sobre la esencia fundacional del “Bosque Sagrado” (De Mille siempre afirmó que los norteamericanos sólon eran curiosos con el sexo y el dinero), ni todo el cine se reduce a dicha patraña tomada como Meca ni se trata de profundizar aquí sobre sus desarrollos coyunturales ulteriores. Para todo ello les remito a un sinfín de ensayos técnicos de gran calibre, y a cuatro documentos impagables del Índice Negro que incluyen desde las memorias de Kenneth Anger (“Hollywood Babylon”) hasta la película de Vincent Minelli (“Cautivos Del Mal"), ambos polémicos e incendiarios por igual. Pero nada de esto acaba por encauzar en el tema que me dispongo a tratar ahora: el pesimismo cinematográfico.

Con esta expresión de despacho no nos referimos al conjunto de quejas proferidas in eternum por los jerifaltes de la Paramount o la Universal desde que tomaron el mítico granero –quejas que, tras las supuestas crisis del video hace veinte años y ahora con la pirateria, resurgen una vez tras otra como buena patronal-, sino al pesimismo humano y ciudadano expresado a través del cine, hecho de películas a estrenar una semana tras otra entre palomita y palomita.

Si me preguntaran a bote pronto cuál es la visión más declaradamente pesimista sobre el futuro del mundo que he visionado en cine –yo, que he tenido la suerte de no pertenecer a la generación del No-Do-, podría dudar tanto como dudaría en cualquier otra cuestión igual de canalla. Hay cosas, como bien le advertían los marcianos a Woody Allen en “Stardust Memories”, que no deben preguntarse, caray. ¿Existe Dios? ¿Es buena “El Padrino III”? ¿Seguirán contratando a Hugh Grant? ¿Habrá un “Torrente VII: La Resurrección”? La ensayística cinematográfica, al igual que el resto de la filosofía contemporanea, también ha generado con el paso de las décadas sus propios tabús basados cada uno en sus determinados traumas. Los tratados sobre la alopecia inconfesa de Kevin Costner o Bruce Willis son sólo una ínfima parte de toda la literatura desatada al respecto.

Claro que podría responder con alguna gema de Luís G. Berlanga en su etapa de cine pesimista y social en B/N. Pero del mismo modo que podría también guardar un silencio autista, presa de los sudores más rigurosos de la crítica casera... rumiando mil y un títulos escabrosos en busca del escalofrío del respetable... también podría anclarme en el mainstream de serie, quemar las naves como Cortés y confesar abiertamente que la visión más pesimista que he visionado en cine fue, sí, “PRETTY WOMAN” (1990) de Garry Marshall.

Ese remake amanerado del príncipe azul por Hollywood Boulevard armado con talonario de cheques, se me antoja la historia apócrifa de cómo Magdalena confunde a Herodes con Cristo y asciende de puta a farisea en el escalafón social. No me resisto a condenar aquí la nociva metamorfosis ideológica que transcurre del Pigmalión de Ovidio (reflexión clásica sobre los sentimientos del artista para con su obra) y la comedia teatral de Bernard Shaw (sátira ligera sobre los privilegios clasistas de la aristocracia inglesa)... hasta el cartoon musical de “My Fair Lady” (1964) y, al fin, la maniquea “Pretty Woman”. Del culto a la forma sublime hasta el culto a la imagen rancia en cuatro pasos degenerativos a lo largo de veinte siglos de historia occidental.

O bien podría citar la otra comparsa, es decir, “GHOST” de Jerry Zucker. Estrenada el mismo fatídico año (¡el Oscar a la Mejor Secundaria más incomprensible de la historia!), narra en clave cristiana las peripecias tragicómicas de un puñado de fantasmas urbanitas, algunos de los cuales incluso están muertos y enterrados. ¿Su moraleja era de verdad optimista como mandan los cánones? Y lo peor de todo: ¿sólo tenían a Whoopy Goldberg para fraguarla?

Esta cacareada película, deudora directa del espíritu snoopy y el peor tufillo new-age que gestaron los anodinos 80’s, hace gala de una división transparente entre buenos y malos que busca ante todo salvaguardar las diferencias sin mayores conflictos de clases; lo que resulta estridente de mala gana y falto de sutilidad. La medieval dicotomía entre cielo/infierno, cuerpo/alma y más aquí/más allá que exhibe es más bien propia de una encíclica pre-conciliar, lo que le otorga el dudoso honor de ser el peor refrito de topicazos pseudo-shakespearianos enfundado en Levi’s que un espectador decente haya engullido en hora y media. Tanta recreación obscena hasta el martirio de un terror Lacoste cosido a base de sustos de escaparate y áticos de diseño no conduce a ningún clímax de apreciar, por Dios, aunque nos deprima más que “La Decisión De Sophie” en una tarde lluviosa de domingo.

“GHOST: MÁS ALLÁ DEL AMOR” (1990) supuso el canto de cisne de la era Swayze y abrió la puerta a futuros productos de terraza que veinte años después cristalizarían en forma de “Vainilla Sky” (2001) y demás iconos exasperantes de la era Cruise. La cursilería y ñoñez destiladas por sendas historias pijas de amor de ultra-tumba consiguen sacar de quicio a cualquier fan de Disney, y la irrisoria mística de etiqueta en la que se sustenta su pueril cosmogonía suena, en fin, más falsa todavía que el budismo fashion de Richard Gere. Esos filmes americanos, tan conservadores y tradicionalistas por definición, no pretenden transmitir deliberadamente ningún mensaje carroñero, por supuesto. Pero, entre otras cosas, destilan una visión de la pareja moderna ideal que, en fin, se da de bruces con el mensaje de emancipación integral que pregonan los nuevos tiempos. Será porque en el fondo del trasunto no confían lo suficiente en el ser humano, como pretenden aparentar a ritmo de esas baladas empalagosas de los 40 y 50 como “Oh Pretty Woman” de Roy Orbison o “Unchained Melody” de Alex North.

Alargando la broma, aclaremos cuanto antes que el particular pesimismo antropológico de esta clase de productos veraniegos (disfrazado, por ejemplo, de falsa expectativa de triunfo personal y social al estilo Cenicienta) resulta, por su misma condición camaleónica, superficial y oportunista hasta las heces. Además no se halla de forma declarada o exteriorizada, sino subterranea y subliminal. Este pesimismo agazapado no responde a su marketing público, pues, ya que su intrincada naturaleza es de carácter esotérico: en vez de aparecer explícito a la vista de cualquiera, aparece implícito únicamente en la mente de cuatro. Y sobretodo su descubrimiento se debe tan solo a una mirada cínica y corrosiva, desprovista de encanto y enemiga absoluta del kitsch. En otras palabras, que hay que escarbar lo suyo y con saña para dar en el clavo, vamos.

Un pesimismo camuflado de optimismo, al fin y al cabo, que en tales filmes de consumo filantrópico (“Forrest Gump” de Zemeckis sería otra perla al uso) aflora irremediablemente ante un público inadecuado por pesimista, y que le es ajeno del todo por derecho propio. Ya repetía el mismo Bernard Shaw que un pesimista piensa que cualquiera es tan miserable como él, y lo odia por ello. En lo sucesivo dejaremos de lado, por tanto, la tentación morbosa de continuar errando sin concierto por las sendas infructuosas de la love story pseudo-romántica, en un vago intento por arrancarle al lobo la piel de cordero, y nos iremos centrando en el cine intencionadamente pesimista.

De este modo observamos con ojo clínico que a lo largo de ciertos guiones y en sus correspondientes desenlaces finales, lo que para unos es simple catharsis redentora a pedir de boca, para otros tantos se asemeja más bien al mal kharma despiadado. ¿Qué sucedía si no con “Thelma & Louis” (1992), de la que un comentarista inglés afirmaba: “sus dos protagonistas tardan demasiado en morir”? ¿O con “Pearl Harbour” (2001), sobre la cual un crítico neoyorquino escribió: “acabas con la esperanza de que los japoneses ganen la II Guerra Mundial”? Ah, sí, eso es, la esperanza: tema central de nuestro ensayo de birlibirloque.

Dejaremos a un lado el deprimente asunto de los doblajes y las retitulaciones, porque rememorar la voz española de Jack Torrance en “The Shining” o recordarles que “After Hours” de Scorsese se estrenó en España como “Jó, ¡Qué Noche!”, ya es instigarle más pesimismo al asunto. Tampoco haremos hincapié en la estela de sagas malditas tipo “Superman” o “Poltergeist”, nocivas para con sus protagonistas. ¿Qué tipo de pesimismo relevante puede destilar por otro lado el saber que, terminado el rodaje de “Un Perro Andaluz”, el protagonista Pierre Batcheff se suicidó? O que en su estreno francés de 1929, entre los asistentes al pase hubiera dos abortos, una vomitona seguida de una dura pelea a seis manos, una muerte por infarto y trece desmayos. Es historia auténtica del cine, ni leyenda urbana ni supersitición, pero aquí nos interesa otro tipo de efecto causal en relación al mensaje pesimista y el público ídem.

Así, pues, con esta percepción del meollo tan flexible y maleable (que comprende filmes del ámbito familiar apto para todos los públicos hasta lo más censurable y prohibitivo) empecemos ya a desgranar algo del simpático pesimismo de ayer, hoy y siempre, en este caso cinematográfico y peliculero. Pesimismo que, según aclaraba el humorista Mingote –leal discípulo del legislador Murphy-, es tan sólo optimismo bien informado. Para tal efecto les aconsejo también mi otro artículo “El humor (negro) en Kubrick”, por si les arranca alguna otra risa. Vayamos, pues, hacia la luz.

by Jordi Villegas

EL HUMOR (NEGRO) EN KUBRICK (2ª PARTE)

EL HUMOR DEL SINSENTIDO

"Comprenderá usted que es ésta una profesión en la que no podemos permitir que nuestros clientes viajen más deprisa que nosotros."

(El asaltador de caminos en "Barry Lyndon")

Detallar la relación de S.K. con la comedia en general, y con el humor negro en particular, sería tarea ardua y muy mal pagada. Hay una pila de datos aburridos que pueden encontrarse en cualquier texto serio sobre cine, con títulos tan sugerentes como "El Antimilitarismo de S.K." (J.Burgess), "S.K. y las estructuras de la Cultura Popular" (H.&I.Deer), "S.K. y su descontento" (H.Feldman), o "El hombre laberinto" (T.Cazals). Pero esto es Mobbing Neuronal, señores, y yo lo que busco es entretenerme. Por eso, mejor me limito a facilitarles cuatro claves para acercarse a su obra, y máxime hacerles una escueta enumeración de la misma, ¿OK?

Escéptico hasta la médula, S.K. observaba en general la inexorabilidad del destino desde una perspectiva decididamente irónica. Una cancioncilla un tanto naïf al final de casi todas sus películas (un tema de Gene Kelly, una sintonía americana, un himno alemán...) actuaba como "paráfrasis que subrayara el punto de vista crítico con el que el cineasta acabó mirando la aparente trascendencia de sus propios films", según Esteve Riambau. Nuestra tesis central se basará, pues, en aceptar que todas sus historias, con su particular puesta en escena -muy pop en la mayoría de los casos-, son esencialmente cómicas. Y resultan cómicas porque son terribles. Terribles como una aventura de Charlott perdido en el mundo real... aunque estemos educados para reirnos mucho menos.

Con ese telón de fondo me dispongo ya a resaltar algunos de los arreglos humorísticos más cafres que impregnan la obra satírica de S.K. Una vez más dejaremos de lado "Day of the Fight", "Flying Padre", "The Seafarers", "Fear and Desire" y "Killer's Kiss"; más que nada porque no forman parte de su legado oficial según deseo expreso, y porque las posibilidades reales de visionarlas son prácticamente nulas, a excepción de la última que fue editada hace unos años en formato DVD.

LA LISTA NEGRA

1. "ATRACO PERFECTO" (THE KILLING, 1955)

Es una película con la que me desternillo cada vez que la visiono: con ese señor calzonazos de posado patético (premonición del William H. Macy de “Fargo”) que se deja tomar el pelo por su esposa, y aquel chulesco francotirador de expresión cínica (actor desagradable que más tarde interpretaría a uno de los tres reos en "Senderos de Gloria").

La grotesca máscara que Sterling Hayden lleva en su atraco al hipódromo (recreada décadas después en "Killing Zoe" de Roger Avery, producida por Tarantino) no es sólo una payasada más: sirve de culminación al proceso esperpéntico de distorsión de los caracteres humanos en el que S.K. fue convirtiendo este aparente thriller de cine negro.

Aparte del freakismo evidente de todos sus personajes, cortos de entendederas y poco espabilados, S.K. se ríe también -a base de ir mesurando bromas crueles y caprichos del azar- del destino inexorable que acecha a cada uno de ellos. Destino éste que a partir de esta película parecerá regirse siempre por la implacable Ley de Murphy: si cabe la posibilidad de que una maleta facturada y repleta de dólares, se abra en medio de la pista durante su traslado... ésta se abrirá y punto.

2. “SENDEROS DE GLORIA" (PATHS OF GLORY, 1957)

Ésta ya es verdaderamente una película de mal rollo -junto a "Johnny Got His Gun" de Dalton Trumbo, la más antimilitarista que se haya estrenado jamás-, aunque se halla salpicada de puntazos tragicómicos de los que le ponen a uno la piel de gallina mientras cacarea unas risas. Ustedes verán, y en consecuencia lo reirán.

La conversación pre-tarantinesca de los soldados en las literas la víspera del ataque, sobre si es preferible llevar el casco en la cabeza o entre las piernas; el soldado en estado de shock que balbucea incoherencias ante el general Mireau; el condenado que arremete borracho contra el cura confesor, proclamando su religión de la botella; la actitud zafia del fiscal durante el improvisado proceso militar... todos ellos son momentos clásicos de una negrura insoportable que, como apuntábamos más arriba, nos devuelve el dolor y la congoja transformados en sonrisas y escalofríos.

La presencia de la muchacha alemana que interpreta con suma timidez una canción de cuna para los soldados franceses al final de la película, constituye una irónica réplica a otra representación, mucho más macabra, en la que han sido "ajusticiados" tres inocentes. El antimilitarismo en S.K., su denuncia de los peligros nucleares o los métodos a emplear para combatir la violencia son tópicos usados, en fin, por determinados sectores de la crítica, que pretenden ver interpretaciones marxistas y jungianas... allí donde sólo se encuentra el feroz y lúcido pesimismo de un individualista egocéntrico y autodidacta.

El momento cumbre de cinismo negro y sonrisa helada: cuando el general Mireau felicita al coronel Dax y le confiesa, mientras va comiendo el postre, que "sus hombres han muerto admirablemente". Patada final en los genitales como colofón a un combate de golpes bajos. Como reza el poema irónico de Thomas Gray: "los senderos de gloria no conducen más que a la tumba".

3. “ESPARTACO" (SPARTACUS, 1960)

La perla negra de esta filmografía, en el sentido de que es y no es una película de S.K. Desde su propio punto de vista representaba lo más cercano a un producto de encargo típicamente hollywoodiense bañado en Oscars. Alguien puede pensar que el tipo exageraba, otro opinar que se quedaba corto, pero ¿a quién no le hace gracia esa visión kubrickiana de "Conan el Bárbaro"? ¿Eh? ¡Casi recuerda una epopeya homérica hinchada de superhéroes! Venga, si "Espartaco" no es al menos un buen peplum, ¿qué lo es entonces? ¿"Ben Hur"? ¿"Dos Horas y Cuarto Antes de Jesucristo"...? Aunque esto vaya de pitorreo, tampoco se pasen ustedes.

Ante la situación dada de revuelta de clases, el humor despiadado se va canalizando en la película a través de dos personajes secundarios aunque claves para el desarrollo de la historia: por un lado, el senador interpretado por Charles Laughton es el encargado de representar con su puro estilo inglés la postura cínica del patricio romano, mientras por otro, el comerciante de gladiadores está allí con la cara de Peter Ustinov para provocar un cierto divertimento bufonesco fruto de su miserabilidad y cobardía. Los que vieron "La Loca Historia del Mundo" de Mel Brooks y vibraron, me comprenderán si afirmo que este fiasco de Anthony Mann adquirió en manos de S.K. un tono irreverente y socarrón que le valió más de un corte de montaje en la época: así, por ejemplo, la tórrida charla de baño con Tony Curtis y Lawrence Olivier sobre "marisco".

Por último, las mismas tensiones insalvables entre el director y el guionista de marras -otra vez el black-listed Dalton Trumbo-, e incluso el mero hecho de que S.K. tuviera la oportunidad de dirigir a tantísimas estrellonas de la industria americana sin acabar satisfecho con ello... ya se insinua gracioso por sí solo.

4. “LOLITA” (LOLITA, 1962)

Esta película, mitad road-movie mitad thriller erótico, era una comedia perversa e hilarante como la copa de un pino. Y pocos quisieron reconocerlo en alto a pesar de las bufonadas de Peter Sellers, James Mason y compañía.

"Sellers es quizás el actor que mejor responde cuando se empieza a improvisar. Su mayor talento reside en todo lo que aporta de grotesco: tiene un sentido del humor grotesco más avanzado que la mayor parte de la gente que he encontrado. Si les hubiera pedido a los otros lo que él hace en el film, me hubiesen mirado como si fuese un enfermo. En cambio Peter Sellers se excita mucho con una idea de este tipo y la encuentra muy divertida" (S.K., Positif, núms. 100-101, París, diciembre 1968)

Todo el numerito autocompasivo de la Sra. Haze -la madre amargada de la pequeña Dolores- abrazada a las cenizas de su difunto marido, y la frivolidad que en todos los personajes despierta su propio suicidio victimista, actuan como catalizadores de los síntomas de una sociedad americana de clase media inmersa en la inseguridad y la paranoia. Como pueden comprobar, los tiempos no han cambiado ni parece que vayan a hacerlo.


Sólo les pido que recuerden conmigo algunos momentos clásicos de la "situación incómoda por antonomasia", como por ejemplo este par de gags situados en las antípodas de la decencia: la patética seducción a la que se ve sometido el bueno de Humbert Humbert por parte de la petarda WASP; y el perverso Humbert Humbert que, a punto de deslizarse furtivamente en la cama de la dulce Lolita, la ve despertarse al mínimo gesto. ¡Tierra trágame, sí señor! Esta película se rodó para dejar bien clarito que el sexo es gracioso por sí solo.

5. “¿TELÉFONO ROJO? VOLAMOS HACIA MOSCÚ" (DR. STRANGELOVE OR HOW DID I LEARN TO STOP WORRYING AND LOVE THE BOMB, 1963)

La prueba palpable de que S.K. llegó a realizar una comedia ácida y corrosiva a todas luces. Los perfiles esquizofrénico-paranoides encarnados por todos los personajes de esta caricatura de la guerra fría, se adecuan con sorprendente expresividad al retrato deformado de una época, un lugar y unos caracteres como pocas otras caricaturas consiguieron en los sesentas.

El ex-nazi asesor del Presidente de EEUU en silla de ruedas, verdadero mad-doctor y supervillano que da nombre a la película, encarna el resorte de una gama de tics germinales que van del plan biológico de tintes racistas hasta el puro saludo hitleriano; el oficial desquiciado por conspiranoias comunistas cree descubrir, según la lógica macarthista y a causa de su impotencia sexual, un complot basado en la fluorificación del agua mientras va ostentando todo tipo de símbolos fálicos; el embajador bolchevique de aires mussolinianos y al borde de la exasperación, se pelea con los miembros del Pentágono como en el Berlín de "El Gran Dictador". Pero dejemos al mismo autor expresarse respecto a este gran guiñol:

"Mi idea de convertir la novela Red Alert en una comedia de pesadilla procede de cuando intentaba trabajar sobre ella. Encontré que, al dotar de materia la estructura, y al imaginar las escenas al margen de las cosas que eran absurdas o paradójicas -con el fin de que no fueran divertidas-, esas cosas parecían en cambio muy reales. Entonces decidí que el tono perfecto que debía adoptar el film sería lo que yo llamo una comedia de pesadilla, porque así es como la película parece más verosímil." (S.K., Films & Filming, vol. IX, núm. 9, Londres, junio, 1963)

La escena en la que desvalijan una máquina expendedora de Coca-Colas -con todo lo que ello suscita a nivel legal- para conseguir cambio y poder llamar al Pentágono desde una cabina telefónica... no deja nada frío y habla por sí sola. El mundo se tambalea, insiste S.K. en cada uno de sus films, y ahora dos militares temen más las represalias de una marca corporativa que otra cosa. Como diría algún gordo gálico: "¡Están locos, estos americanos!"

Es interesante, como mínimo en relación directa a la presencia de lo siniestro en S.K., constatar que el código que implica el regreso de los bombarderos está formado por las primeras letras de la frase "Peace On Earth" (Paz en la Tierra) que, además de su carácter eminentemente satírico, remiten al apellido de Edgar Allan Poe, ya explícito en "Lolita" como precursor del personaje a través de la nínfula Annabel Lee.

6. "2001: ODISEA ESPACIAL" (2001: SPACE ODISSEY, 1968)

En principio, pocas coñas se detectan en esta película de tan espesa seriedad. Por supuesto está diseñada de manera que nadie se ría un pijo con ella. Es quizás la más siniestra de su ceñida colección, con una negrura que pone tenso pero que no hace gracia. Aunque si me apuran, les demostraré que tiene sus fugaces destellos. ¿Por ejemplo?

Los sandwiches variados que al fin y al cabo saben todos igual, incita a la risa a los mismos astronautas que los ingieren; el veredicto de una máquina respecto a ciertas decisiones humanas (cuando HAL 9000 ironiza sobre "el tono melodramático" del embarque de los astronautas hibernados) consigue descolocar lo suyo al espectador; la ternura tontorrona con la que el doctor Floyd trata a su hija en la emisión desde la Tierra, la indiferencia pasmosa con la que Bowman reacciona ante el mensaje grabado de su familia, o la canción de cuna (otra más) que se pone a cantar un agónico computador espacial... nos resultan graciosas por absurdas.

7. "LA NARANJA MECÁNICA" (A CLOCKWORK ORANGE, 1971)

Lo negro no equivale siempre a la ausencia de color. En este caso, es pintoresco a más no poder. Si "Dr. Strangelove", la última película de S.K. rodada en B/N, nos hacinaba todo el rato en estancias militares claustrofóbicas (y agorafóbicas) como un avión, una sala de mando o un cuartel... en "La Naranja Mecánica" todo sucede entre locales psicodélicos, casas surrealistas, prisiones excéntricas... y la puta calle.

Hay una cierta y disparatada sucesión de gags en esta película que se agradece. Desde el slapstick a cámara rápida mostrando un menage-a-trois hasta la visita del ministro al hospital, toda situación aparece tocada por un clima enrarecido que suena hoy más actual que nunca. El hecho cínico de que dos de los antiguos drugos se hayan reinsertado en la sociedad bajo la forma de policías, es sencillamente aplastante y sugiere por sí solo todos los comentarios que ahora les puedan venir a la cabeza.

Todavía hay quien no traga ese falso happy end tan contrahollywoodiense; con el ministro, la prensa, el nuevo equipo de Hi-Fi, todos de buen rollo, y Alex en el Séptimo Cielo. No es que la ultra-violencia sea divertida por sí sola, sino mucho peor que eso: la ultra-violencia es bella como ella sola.

8. "BARRY LYNDON" (BARRY LYNDON, 1975)

Podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que "Barry Lyndon" mira hacia el pasado con el mismo cinismo que "La Naranja Mecánica" se orientaba hacia el futuro.

"Kubrick podía elegir entre dos caminos: el realista basado en los ambientes tal como eran realmente; o bien el de los ambientes tal como el siglo XVIII, a través de su arte, nos hace comprender que habría querido que fuesen. Ha elegido esta ultima opción y de ella ha surgido una galería de pinturas de autores ingleses de la época... es decir, de pintores que han expresado el sueño de racionalidad, de orden, de gracia, de limpieza, de sensibilidad y de compostura de un siglo demoníaco, sucio, cínico, impío, insensible y turbulento". (Alberto Moravia, 1976)

Ya la apertura se produce con un plano general en el que se nos muestra la muerte del padre de Redmon Barry en un duelo oficial. A partir de aquí, el tono de la película -dentro de su pulcritud irreal pero verosímil- se confirma abiertamente juglaresco, centrándose como se centra en los detalles más picantes de la biografía de un bon vivant cantamañanas de la época napoleónica sin rango ni rumbo algunos, que va dando la nota allí por donde pasa. Incluso en el doblaje castellano -por lo demás, irrisorio como de costumbre- colocaron de narrador en tercera persona a José Luís López Vázquez, por otro lado el hombre con más acentos de España.
El asalto a Barry en el camino por parte de un padre y su hijo, resuelto con una conversación elegante inflada de cortesía y buenos modales, no tiene desperdicio. En esta misma línea, la breve aparición del cómico británico Leonard Rossiter en la primera parte de la película, gesticulando ya como Mr Bean en un diálogo de Shakespeare, es otro punto contundente a favor de la línea clown que va emergiendo sin falta en cada film de S.K.

9. "EL RESPLANDOR" (THE SHINING, 1980)

Hay que ver "La Hora del Lobo" de Bergman para entender mejor a dónde quiere ir a parar S.K. con esta historia truculenta. Y después repasar "Barton Fink" para completar la maldita tríada. Decíamos en el artículo "La herencia de S.K. o los hijos de Saturno" acerca de esta película de terror psicológico y sobrenatural:

"En The Shining, el espíritu elitista del Hotel Overlook -reflejo de un pasado glorioso repleto de rituales burgueses y actitudes aristocráticas- desahogaba su ira en unos modestos inquilinos de clase media trabajadora. La auténtica aniquilación, sin embargo, se producía en el mismo seno familiar a manos de sus miembros. Cierta ambigüedad pavorosa envolvía las causas y los efectos. Todo era mostrado por omisión; lo más importante ocurría siempre en off. En SK, como apuntaba Deleuze, lo imaginario no era lo irreal sino la indiscernibilidad de lo real y lo irreal."

Personalmente, cada vez que veo esta película de género me gusta más. En ella se juega con determinados elementos -el escritor que enloquece, el niño telépata- que no puedo parar de disfrutar. Ya hace unos años que la contemplo como se contempla un cartoon en carne y hueso. Sus reiteradas alusiones al situacionismo melodramático del cómic y la animación empujan de modo explícito a ello. Igual que acontece en las series televisivas tipo sitcom, donde se sabe ya de antemano el desenlace diario, aquí también se nos reitera en varias ocasiones el trágico final al que está abocada la familia Torrance. Actualmente, en plena era Simpson's, (recuerden ese episodio especial Halloween llamado "El Resplandior") es lógico que la imagen arquetípica de Jack desaliñado y hacha en ristre persiguiendo jocoso a su familia, guarde al mismo tiempo cierto paralelismo formal con los inevitables "Rasca y Pica", versión gore a su vez de las andanzas inofensivas de "Tom & Jerry".

En este mismo sentido, la legendaria frase "Here's Johnny!" -tomada de un célebre programa de TV americano a lo Ophra Winter, y que Carlos Saura dobló al español como "¡Aquí está Jack!"- marca el punto de inflexión irónico y cruel de un peculiar proceso de locura progresiva que va yendo poco a poco del cachondeo macabro al despitorre satánico. En ese sentido, además, las alusiones explícitas al mundo de la TV (los dibujos animados que Danny mira en la tele de su casa; el documental que el señor Halloray contempla desde su cama; los comentarios sobre la expedición fallida que acabó en canibalismo...) despiertan indirectamente el sentimiento fugaz de que la información llega siempre, planificada desde fuera el exterior hasta nuestra estancia cerrada, sin por ello salvarnos del creciente aislamiento personal y social.

"Para SK, Bien y Mal son estados oscuros y relativos a la naturaleza humana. Para Spielberg, en cambio, son estados absolutos de total transparencia. A pesar de ello, a ojos de la crítica, SK sigue siendo el Pesimista y Spielberg el Optimista. También es argumento falaz. La simple verdad es que el primero era un Realista que renovaba la Ficción, y el segundo es un Ficcionalista que transforma la Realidad."

Si antes decíamos que el sexo era gracioso por sí sólo... aquí un buen polvo asegurado se trunca de pronto en el abrazo purulento a una asquerosa anciana que se ríe de nosotros a la cara sin piedad. Secuencia, sí señor, destrempante donde las haya.

10. "LA CHAQUETA METÁLICA" (FULL METAL JACKET, 1987)

"Aquí no hay ninguna intolerancia racial. Yo no desprecio a nadie porque sea negro, judío, latino o chicano. ¡Aquí todos sois igual de insignificantes! Y mis órdenes son acabar con todos aquellos que no sean capaces de dar la talla en mi amado cuerpo. ¿Me entendéis, capullos?"

Recuerdo la sensación de humor áspero que me produjo la salvaje verborrea del sargento instructor desde el principio hasta su muerte a manos del recluta Patoso. No se había visto nada así hasta entonces, a excepción de algún detalle light de "Oficial y Caballero" y poco más. La verdad, hacía mucha gracia. Lee Ermey era un militar auténtico, sí, pero las barbaridades que el hombre decía superaron las excentricidades de Clint Eastwood de largo y tuvieron su buen impacto social, sobretodo a finales de los ochenta. A pesar de que algunos comentarios situados entre el respeto y la irreverencia rozaran el tópico popular, sí.

Con tal de intensificar la identificación con los personajes, ya en la secuencia de la presentación, Hartman responde a las provocaciones de Mathew Modine -que se pone a imitar a John Wayne- bautizándolo como Private Joker -en español, recluta Bufón-. Arremete asímismo contra Vincent D'Onoffrio precisamente porque le hace gracia su discurso disparatado de tipo duro, y no es capaz de dejar de sonreir. No hasta la primera ostia, claro, que es con la que empieza el proceso irreversible de locura galopante que lo lleva de una paliza a otra hasta montar una escabechina en el lavabo del cuartel. Subrayar al respecto la importancia incuestionable que juegan los cuartos de baño -mostrados siempre como depositarios asépticos de miserias virulentas- en los momentos más inquietantes y enigmáticos de S.K.

"Quiero que esos retretes queden tan limpios y estén tan higiénicos, que la mismísima Virgen María pueda descargar allí con la cabeza muy alta."

La humillación, el acoso, la presión y la amenaza no sólo son, pues, contínuas e ininterrumpidas de principio a fin en cada una de las respectivas partes (3) en que se divide tácitamente la película, sino que además constituyen un método concreto de retrato específico fundado en la saturación y la ambivalencia, y que viene a determinar en general todo el sentido desconcertante de lo tragicómico que supura el cine entero de S.K.

Un excelente guiño metalingüístico hacia el propio fenómeno cinematográfico y que resulta muy divertido, es cuando el soldado exclama ante la cámara que le entrevista: "This is Vietnam, the movie!". Tras comparar a los llamados charlies con los apaches por analogía directa con el situacionismo del western, el medio audiovisual mismo -que tanto se inmiscuye en la contienda bélica real como rueda un documento de ficción- obtiene así un grado de reconocimiento y de involucración que va más allá de aquel chocante "Por favor, no mire a la cámara!" con que se topaba Martin Sheen al desembarcar en "Apocalypse Now!".

Un punto álgido en este despliegue atropellado de vejaciones hacia todo lo que se menea, es cuando le toca el turno precisamente al muerto. En la secuencia donde el protagonista se reencuentra con su antiguo compañero Rompetechos, uno de los miembros del pelotón yace sonriente cual titiritero junto al cadáver de un vietcong mientras finge presentarlo en sociedad. Con semejante oprobio se constata una vez más cómo la profanación frívola de un muerto conlleva en su seno algo de insoportable que no exudan los vivos. En otro orden de cosas, lejos de la fisicidad de la muerte, el asesinato de inocentes anónimos que mueren en off bajo el fuego del ametrallador psicópata que dispara desde el helicóptero (el de "¡cárgate unos cuantos, preciosa!") sirve a su vez de muestra de un humor incisivo ya pasado de vueltas.

"A Dios se le pone dura con los marines, porque matamos a todo bicho vivente. Él juega a lo suyo, nosotros a lo nuestro. Y para mostrarle nuestra gratitud por su inmenso Poder, le llenamos el cielo de almas hasta los topes. Dios ya existía antes que el Cuerpo de Marines, así que el corazón se lo podeis dar a Cristo, ¡pero el culo pertenece al Cuerpo! ¿Habéis entendido, nenas?"

Sí, hemos entendido, señor. Definitivamente, a los marines de los EEUU no se les deja morir sin permiso.

11. "EYES WIDE SHUT" (EYES WIDE SHUT, 1998)

Nada, nada, ésta la dejaremos para un próximo artículo final, porque bien pensado... maldita la gracia que hace la película, ¿verdad que sí? Pues si estamos de acuerdo, hasta entonces, hala.

by Jordi Villegas

EL HUMOR (NEGRO) EN KUBRICK (1ª PARTE)

EL SENTIDO DEL HUMOR

"No te preocupes, mami: ya sé lo que es el canibalismo. Lo he visto en la tele."

(Danny Torrance en "El Resplandor")

A estas alturas de la leyenda (negra), y al igual que a ustedes, me da bastante reparo anímico -y hasta un poco de pereza mental- haber de justificar una vez más a golpe de pecho la importancia ca-pi-tal que el humor (negro) ciertamente desfasado tiene en la obra de un Kafka, un Kubrick o un José Mª Aznar, por citar tres casos raros y bien alejados entre sí. Pero como en este blog de Dios Padre llamado Mobbing Neuronal, al gran Stanley Kubrick (S.K.) se le considera poco menos que Cristo-with-the-movie-camera, me dispongo a hacer otra aportación libre al desglose y profanación de su obra fílmica -tras el artículo anterior titulado "La herencia de S.K. o los hijos de Saturno".

Y la verdad, por mucho que clame al cielo, la cosa de la coña no es para menos. De entre todo el elenco de temas recurrentes y terminales por los que estaría hoy dispuesto a entretenerme de nuevo en las películas de este barbudo director, destaco sin dudarlo los que atañen a su vena corrosiva. Ese humor suyo (negrote, sí) tan cachondamente hiriente, a veces intelectualoide y abstracto, brusco y concreto otras muchas... pero iluminado al fin y al cabo por unas irreprimibles ganas de pasárselo bien retratando como nadie al personal humano de ayer, hoy y siempre... ese humor fue sin duda alguna un valor inalienable y cosustancial en la trayectoria de este singular cineasta, nacido en el Bronx de los años treinta y fallecido en su autoexilio londinense de los noventas. Aunque no vayamos a negarlo: que todo mi discurso sea, al fin y al cabo, para no dejarle descansar en su particular limbo un día más, para qué engañarles.

Así, pues, hagan como mínimo el favor de no extraviarse demasiado entre el caos de mis disertaciones, sigan leyendo los caracteres de izquierda a derecha y de arriba a abajo como gente civilizada, e intenten al menos retener al final algo provechoso (sic) de la señora perorata que ahora mismo se les viene encima. Por la cuenta que me trae, esto del humor negro lo tengo yo muy ídem. Pero, al estilo del simpático militar que todos recordamos con cariño, les digo que voy a motivarles, cinéfilos, aunque sea más difícil que encogérsela a los negros del Congo.

I. EN LO NEGRO RESIDE LA GRACIA

"No voy a hacerte daño (...) Wendy, querida, luz de mi vida, ¿de qué tienes miedo? No me has dejado acabar la frase. Dije... no voy a hacerte daño, sólo voy a aplastarte los sesos. Aplastaré tus jodidos sesos."

(Jack Torrance en "El Resplandor")

En primer lugar, defino aquí y ahora el "HUMOR" llamado "NEGRO" como: esa clase de humor (...) esencialmente crítico y de mal gusto (...) que sugiere ciertas maldades y muestra determinadas crueldades (...) de modo que incidan moralmente en el espectador (...) y le hagan sentir culpable por obligarle a reírse de ellas.

En general, el humor negro trata directa o indirectamente los diversos aspectos escabrosos de la muerte, el miedo y el dolor. Se recrea, de modo en apariencia irresponsable, en la agonía de los seres vivos y de los valores en desuso, para encontrar en ella sus resortes ocultos más tragicómicos. La escatología en los dos sentidos de la palabra (podredumbre y fin del mundo) y la morbosidad sexual (tanto sádica como masoquista) conforman tácitamente sus principales intereses.

El humor negro ataca sin duda a la moral y nos pone mal cuerpo porque resalta justamente lo inesperado y prohibitivo de cualquier tabú social establecido, incidiendo en los incomodísimos traumas que emergen por norma de toda situación referida al thanatos o que remiten a él. Aunque, también por lo general, se reduce a una pasión (pathos) más bien nihilista que suele actuar desconsoladoramente, sin ofrecer ninguna alternativa, y que muy a menudo deja desprovisto de toda catharsis final al sufrido espectador. Tras haber convertido en una sesión de tortura el momento familiar más cotidiano ("Celebración"), o habiendo trivializado por el contrario el más terrible de ellos ("Funny Games"), el humor negro se extingue como si nada y su pésima bilis desaparece sin dar explicaciones. De ahí su enervante fuerza y sus exasperantes consecuencias, que tanta mala baba impopular provocan entre según qué sectores más o menos conservadores.

Añadamos en segundo lugar: si el cinismo es, como suele decirse, la constatación cruda y directa de que la felicidad no existe más que como inútil utopía, el humor negro equivale entonces a la postura cínica por excelencia. Y es quizás en esta actitud, fundamental y frívola, donde se basa el concepto mismo de la comicidad en Occidente. No lo duden un instante: desde las contundentes subidas de tono de Diógenes el perro enfundado en su miserable barril, pasando por aquella picaresca medieval tan vulgar y maleducada del juglar, hasta esos sarcasmos perversos del ilustrado puritanismo burgués, se encuentra desarrollado el humor negro punto por punto como uno de los frutos más sabrosos de nuestra bizarra civilización. O lo que viene a ser lo mismo: el ataque más despiadado al optimismo universal, a la filantropía fraternalista y al sentido del progreso que jamás haya maquinado un ciudadano. Y S.K. fue justamente uno de estos ciudadanos dotado de una visión inocente y a la vez desencantada de la vida; fue el artista con esa mirada pesimista y al mismo tiempo de esperanza que tanto le caracterizó.

II. SONRISAS Y ESCALOFRÍOS

"- ¿Y cómo has podido matar a mujeres y niños?
- Fácil: sólo hay que apuntarles un poco mejor. Ja, ja. Qué puta es la guerra, ¿eh?"

("La Chaqueta Metálica")

Intuimos que el asunto de la risa negra, que no africana, no es moco de pavo que digamos. A la hora de comprenderla nos cierne la duda. Por ejemplo, uno puede permanecer impasible en la butaca del cine sin inmutarse y con cara de Buster Keaton, mientras contempla a unos Hermanos Marx en plena faena... y por dentro estar celebrando toda una íntima orgía de carcajadas sin parangón. Sí, la mitad de la sala puede estar muriéndose de risa mientras la otra mitad se muere de asco. Es un misterio irresoluble, pero así parece funcionar el mecanismo de lo cómico y lo trágico. No, no se trata sólo de hacer muecas y emitir ruiditos a golpe de palomita, aunque por supuesto no voy a ser yo quien se lo dilucide hoy.

Estas mínimas disquisiciones sobre el mal gusto y peor quehacer, nos conducen a la larga y de un modo inexorable -al menos por mi parte- hasta el concepto primordial de lo siniestro. Y ese último es ya un grado superior de la existencia humana que se las trae por sí solito, ¿verdad? Lo siniestro, ahí es nada.

Para empezar constatemos juntos que nadie, nadie se ríe un carajo con "Persona", drama siniestro donde los haya. Pero en cambio todo el mundo se parte con "El Verdugo", comedia negra como ella sola. A todos nos deprime el trágico Von Trier, sí. Pero también nos anima el cafre de Tarantino. En estos ejemplos a voleo podemos comprobar que se ha asumido hasta el fondo el componente siniestro, tanto explícito como implícito, aunque cada uno a su particular manera y haciendo gala de su humor negro.

¿En qué consiste, pues, la principal diferencia entre sendas parejas de universos, salvando las distancias? En que lo siniestro posee diversas caras y puede expresarse de distintos modos, no siendo en sí mismo más serio que lúdico, más acción que pasión, más cierto que falso o más real que ficticio. Lo siniestro total (entendido como un todo) es, antes que un mero reducto de contenidos, una actitud básicamente formal; constituye una cierta disposición de elementos varios, y no tanto un determinado esquema de datos concretos; se muestra como sentido global antes que como significado absoluto. Y podríamos seguir de tal guisa hasta perdernos en el distanciamiento de las palabras.

Baste fijar por el momento que lo siniestro en sí no se muestra, en definitiva, excluyente para nada consigo mismo, ni se halla atado a ningún imperativo de verosimilitud o de realismo. Desde Homero a Poe, viene siendo una categoría libre de interpretar el mundo y la vida a su manera, como corresponde a cualquier recurso metafórico.

Pero considero aquí que la propiedad más relevante de lo siniestro, en relación al contexto que nos ocupa, es precisamente su aplastante indiscernibilidad entre lo serio y lo cómico, su nula distinción entre el escalofrío y la risa. Lo siniestro es siempre ambiguo respecto a la comedia y la tragedia; su espacio poético se situa entre estas dos tesituras básicas, aunque sea de modo involuntario o no consciente. Esencialmente desprejuiciado e irresponsable, el lugar de lo siniestro no es intrínsecamente ninguno, aunque también es inmanente a los dos anteriores. Todo eso, ya por sí solo, tiene su maldita gracia. De aquí retomamos precisamente la conexión inmediata que nos interesa hoy entre lo siniestro y el humor negro.

Permítanme ahora una pregunta negra: ¿quién sigue hoy en día confundiendo aun la esencia de lo siniestro o lo mórbido en su más amplio sentido (Hitchcock, Buñuel, Jodorowsky, Tarkovski) con, por ejemplo, el desfile naïf de chascarrillos de un Amenábar en plena fase de acné? Desde mi humilde sección de crítica quiero creer que muy pocos ya, gracias a Lumière.

Por mucho que alguno me espete un rotundo "¿...mande...?", intentando así apartarse de la cuestión, no es menos cierto que comprobamos cómo a dichas alturas de nuestro fanzine digital, casi nadie está dispuesto ya a seguir arrastrando el lastre de tópicos pseudo-románticos, poses lánguidas e imposturas góticas heredadas por pura inercia desde siglos ha. Los tiempos están cambiando, exclama de vez en cuando el poeta callejero. Y en la actualidad el sentido íntimo de lo siniestro, tan inabarcable por definición, surge como resultado complejo de un denso cúmulo de experiencias artísticas y mediáticas mil veces barajado, en el seno del cual se han asumido para bien y para mal tanto las primeras performances de La Fura dels Baus como las andanzas del último psycho-killer de instituto.

Así, pues, desde este renovado punto de vista sobre lo siniestro -que nos aparta también de un plumazo de las historias asiáticas de fantasmas y demás- la obra de S.K. se traduce en suma en una siniestralidad sublimada absolutamente contemporanea y totalmente postmoderna, a medio camino siempre entre el producto y el experimento. Tal y como compite a una cine de género pero de autor, situado entre América y Europa o incluso más allá, su sentido del humor elegante y sofisticado irrumpre desde la primera elección de los argumentos hasta el último detalle de post-producción, como bien reza el mito. La cuestión sigue siendo hacérselas pasar negras al gallinero, sea como sea.

III. NEGRO SOBRE BLANCO

"Me parece que la leche de tu padre entró por el culo de tu mamá y acabó como una manchita marrón en la sábana. ¡Te han tomado el pelo!"

(Sargento Hartman en "La Chaqueta Metálica")

Suele decirse que lo difícil, más que llorar, es hacer reir. Pero cabría añadir en nuestro caso que más complicado resulta poner la risa misma en entredicho. Es decir, hacer dudar de su legitimidad. O por el contrario, otorgarle toda la potestad del juicio. Quién sabe, en algún punto que no ocupa espacio estas dos actitudes se identifican y actuan como una sola. ¿Equivale esto a afirmar entonces que, si uno se ríe, es que tiene su razón? Sea cual sea la respuesta, la verdad es que el humor negro te libera. Parece obligarte a decidir, a revisar tu escala de valores en cuestión de segundos. El humor negro, en resumidas cuentas, esconde en su seno una paradoja terminal impagable como pocas: si lo juzgas malintencionado, de igual modo te estarás juzgando a tí mismo; y si te atreves a condenarlo, estarás dictando entonces tu propia sentencia.

Lo que curiosamente sucede en relación a esto -o más bien, lo que acontece en la percepción e interpretación que de ello hace al final el espectador medio- es que el innegable humor (¡negrísimo humor!) de S.K. nos llega hasta casa revestido de una conveniente (para algunos desmesurada) pátina de solemnidad. O lo que es lo mismo: su magnificiente puesta en escena -que no pomposa- resulta en conjunto tan épica y mitológica de base, que nadie, nadie en la sala se atreve a reírse lo más mínimo. El resultado final se vuelve, por decirlo de algún modo, intocable por la risa e impermeable a su influjo, como si ésta debiera resultar irreverente o como mínimo indecorosa. Topamos así con otra razón más para no gozar de modo pleno, desacomplejado y sin prejuicios. Parece cada vez más claro que el humor negro de S.K. es un humor que sólo duele cuando te ríes.

La mirada ácida requerida en un principio no alcanza en ocasiones, pues, su hábil objetivo y en su enrarecimiento queda así huérfana de espacio, por lo que se impone en última instancia la mirada amarga. De este modo, en el paso sutil y mágico que discurre entre la broma efervescente y la sobriedad, en el auge y la caída que van de la levedad al peso, se incurre de nuevo en el riesgo de tildar a S.K. de pesimista hermético. Que cada uno intente distinguir por su cuenta los dos estados de conciencia.

Por esas idénticas razones, pocos son los desprejuiciados que se han divertido asímismo con Kafka en el sentido más lúdico y saludable de la expresión. Ya con posterioridad aunque de idéntico modo, las declaraciones de principios de Orson Welles ("El Proceso"), de los hermanos Cohen ("Barton Fink"), de Terry Gilliam ("Brazil"), de Jim Jarmusch ("Dead Man") y de tantísimos otros realizadores independientes, no han resultado ser a menudo objeto intenso de carcajadas por parte del gran público, en el sentido positivo de la palabra.

Llegados a este punto, cabe resaltar que el elemento ciertamente surreal y el carácter considerablemente freak que envuelven de contínuo las secuencias más negras de S.K. -factores éstos que muchas veces son minimizados por la crítica especializada- evidencian de una vez por todas su intención cómica semivelada. Aunque en nuestro caso particular, el suspense inquietante y la amenaza palpable planeen sin interrupción durante toda las susodichas escenas. Por otra parte, el clásico slapstick, el inevitable gag y el chiste audiovisual en definitiva, conforman todos ellos una parte intrínseca y vital del cine kubrickiano, fiel heredero a su vez de una tradición burlesca de paradojas antropológicas y culturales, mostradas sin concesiones como paradigmas del divertimento a través de la obra satírica de Rabelais, Diderot, Jarry, Ionesco, el propio Kafka... y llegando hasta las filmografías de Fellini, Wilder, Berlanga, Buñuel y, por supuesto, Kubrick.


IV. MAMI, QUÉ SERÁ LO QUE QUIERE EL NEGRO

"¡Tú debes ser de esos tipos desagradecidos que, cuando están dando por el culo, no tienen ni el detalle de hacerle una paja al otro!"

("La Chaqueta Metálica")

Un dato harto interesante y que viene muy a cuento: cuando S.K. visionó -o mejor videó- por primera vez "Eraserhead" (David Lynch,1976) confesó que aquel era el tipo de humor negro que a él le gustaría recrear. Con mínima acción y de máxima tensión. Reveladoras declaraciones que todavía hoy suscitan un millar de preguntas. Nos hallamos, pues, ante una interesante muestra de humildad para un cineasta maduro que, yendo por su noveno peliculón, de repente se topa con una estética de la risa sumamente intelectual y a la vez absurda, insertada en una distopía anacrónica que -sin violines ni cromatismos- consigue ir más allá de los parámetros de "La Naranja Mecánica". De buenas a primeras, no parece fácil aceptar el asombro de S.K. ante una expresión de corte feísta y actitud punk como aquella, que tanto se contravenía con su propio modus operandi. Acertamos, por tanto, a comprender con él que todo el supuesto mal rollo que destila en esencia esa película psicotrónica y post-industrial de Ciencia-Ficción (¿?) rodada en B/N y sin apenas diálogos... ese mal rollo, decimos, es principal y fundamentalmente cómico. Para mondarse, vamos.

El cómico perfecto es acaso aquel que posee la visión más terrible que pueda nunca proporcionarle el espíritu de la comedia. Él es quien rescata ese elemento de pánico que subyace siempre a toda situación cómica. Ingmar Bergman, por ejemplo, intentó alcanzar esa meta en varias ocasiones a su manera, pero la verdad es que el tipo era demasiado funesto. Ya puestos, Woody Allen incluso ha intentado dejarla de lado otras tantas para parecer serio; pero el hombre resulta en realidad demasiado ingenioso.

Sin embargo, y a diferencia de tantos otros considerables autores, sucede además que en S.K. el sentido del humor no sólo coincide con un cierto sentimiento de la violencia, sino que a partir de un punto clave se identifica hasta las heces (¡!) con ella. Su paulatino proceso de sublimación de la (ultra) violencia se desarrolla, por tanto, paralelo y simultáneo al proceso de encrudecimiento de su (negro) humor. Cuanto más gracioso aparece S.K., más terrible resulta en definitiva. Mediante esta fórmula de puro feed-back retroalimentario -en el que la agresividad deviene cómica, y el humor, agresivo- se expresa de nuevo, en resumidas cuentas, la fecunda contradicción entre el hecho estético y el acto moral presente en toda obra artística que se precie. Una magnífica dicotomía, en fin, de la que jamás podemos sustraernos cuando de hablar sobre cine se trata.

Si la obra de Serguei Eisenstein era, según el director de "2001", todo forma sin ningún contenido mientras que la obra de Charles Chaplin era todo contenido sin nada de forma, en el cine del mismo S.K. -y según su propia condición de ápatrida entre continentes- el eterno problema de la integración estética de contenidos y formas parecía muchas veces resolverse precisamente mediante ese juego narrativo suyo, nada gratuito, que conjugaba con suma precisión tanto la denuncia como la catharsis -tanto materia como forma- a partes equitativas.

Ya sin más dilación, me dispongo a desgranar muy por encima (disculpen mi pereza de amateur) las principales salidas por la tangente de las once bombas fílmicas de onda expansiva que S.K. lanzó desde la nave nodriza a su paso por la Tierra. "Hiroshima mon amour!"

by Jordi Villegas

ALEJANDRO AMENÁBAR O LA VERGÜENZA AJENA EN DOS SINÓNIMOS (6ª PARTE)

AQUÍ NADIE DEVUELVE EL IMPORTE DE LA ENTRADA


No se me resistan y acéptenlo con decoro sílaba por sílaba: A-me-ná-bar-es-un-bo-drio. Como la mayor parte de lo que se estrena, vamos. Sin miedo. La Ley de Sturgeon nos avala: el 90% de todo es basura. ¿Por qué defender tanto, pues, sus mediocres historias de fantasmas y fantasmadas? ¡Amenábar no ha inventado nada ni ha descubierto lo que ya había! ¡Sólo le interesa lo quemado en desuso, y encima llega siempre tarde! Esto sí pone los pelos de punta, y no la Nicole Kidman coleccionando sobresaltos.

Son muchos los que cacarean como tertulianos sobre una supuesta estética personal en el cine de A.A.... Explayarse mínimamente sobre ello comportaría dirigirse con calma hacia las fuentes de inspiración de donde toma las referencias temáticas, lo cual no apetece nunca ni cobrando. Las referencias culturales mejor las dejamos también de lado, aunque permitan que sobre este punto quimérico comente alguna cosa concerniente a su metafísica de postín.

A.A. no es en absoluto un genuino heredero del ideario de Phillip K. Dick ni de la imaginería de Polanski, para entendernos. Su hipotético “cuestionamiento de la realidad” y tooodo su periplo de ambivalencias argumentales no parten de un posicionamiento contracultural previo, sino que parecen más bien de calado tipo “Matrix” pero en cutre. No se hagan los suecos, que les refresco la memoria en un plis: ambiente de diseño, ropa cara, discotecas ñoñas, música electrónica, luces intermitentes, primero parece que es una cosa, luego parece ser otra, van pasando los minutos... ad infinitum.

Esa manera tan fatigosa de recrear la angustia por lo irresoluble de la existencia, sobretodo en tardes lluviosas de estreno, acaba por convertirse para cualquier espectador sensato en angustia llana por no haberse quedado en cama. Además, está más visto que el león de la Metro. Los mismos Lumiére se quejarían en voz alta de tanto metraje de puro relleno. Y no sería para menos: con A.A., el método ilegítimo de la pista falsa y la engañifa reiterada campa a sus aires con total impunidad. La dichosa solución al problema irrelevante de qué recórcholis es real y qué ficción sólo se resuelve constatando por fin el fiasco hecho de sustos y aspavientos al que nos ha sometido la novia otro maldito viernes por la noche.

Tras visionar “Abre Los Ojos” por primera vez, uno no puede evitar pensar en “Desafío Total” de Verhoeven (esa empresa “Life Extension” tan calcadita a “Memory Call”, y toda la aventura chunga posterior), pero sobretodo en “Vértigo” de Hitchcock; después de ver “Los Otros” todos rememoramos al unísono “El Sexto Sentido” de Shyamalan, aunque especialmente “Rebeca” de... Hitchcock. ¿Y todo ese follón a dónde diantres lleva, se impacientarán? Hombre, a que Amenábar es tan sólo esto año tras año: un calco malo del maestro desprovisto de novedad; un flash trasnochado de algo remoto que una vez fue importante; un deja-vu fuera de tiempo que nos desconcierta más que a Neo; una copia de la copia de otra copia. O lo que es lo mismo: “La Caverna de Platón”, por expresarlo con otras diecisiete letras y un acento.

¿A que ya les da incluso como un poco de apuro, por haber escupido tantas veces “Amenábar es un genio”, “sus pelis son obras maestras” y sandeces varias que Dios no les tendrá en cuenta? Pues ésta y no otra era a fin de cuentas el objeto de mi pérfida misión. Me vuelvo raudo a mi planeta antes de que ahora empiece a gustarme a mí. Ora Pro Nobis Et Ego Te absolvo, Amen.

by Jordi Villegas

ALEJANDRO AMENÁBAR O LA VERGÜENZA AJENA EN DOS SINÓNIMOS (5ª PARTE)

RUIDITOS MISTERIOSOS + NIÑOS PERA x MASTERCARD = UNIVERSO AMENÁBAR

“Me siento orgulloso de participar en las películas de uno de los mejores directores del mundo."

(Eduardo Noriega en el pre-estreno de “Abre Los Ojos")

Todo ese embrollo léxico mío que procura no dejar títere con cabeza, se puede descodificar en las siguientes notas translúcidas acerca de cada uno de los flims de A.A.:

1. Para quienes no tenían hasta el momento ni puñetero interés ni pajolera idea, no sólo de que existían las snuff movies en video-clubs clandestinos no familiares, sino de que viven día a día en un universo de mal que sobrepasa sus entendederas y que llega hasta el mercantilismo de la carne humana... para ellos y ellas, decimos, A.A. guionizó, rodó, montó y musicó “Tesis”, la película española más pija que he visto en mi vida, con una realización impecable propia de un JASP de su época.

- El argumento: chica busca chico, chico mata chicas, la más pardilla se enamora del más malote, nada es lo que parece, etc, etc. Todo muy sexy y rebelde, con un look de empollón que tira de espaldas. Carcajeante, ¿verdad? Matricularse en Ingeniería Agrónoma no resulta una aventura tan excitante, se lo aseguro. La segunda parte, “Asesinato en 8 mm” de Joel Schumacker, es por cierto igual de mala pero con buenos actores y americanoide del todo.

2. Para quienes eran absolutamente incapaces de disfrutar de una buena película de amor o, en su defecto, de Sci-Fi... para todos en su conjunto, A.A. perpetró sin manías “Abre Los Ojos” (disculpen que transcriba el título a la brava y sin avisar), la película española más facilona y engañosa con la que me han agredido de cara y a oscuras. De innegable acabado técnico y excelente factura, eso sí, aunque pija como una raqueta de tenis. La pelmaza de la Cayetana Guillén Cuervo fue en su momento la encargada de gastar la copia cedida a la TV pública, echándola cada dos por tres en su programa VIP después del consabido corto. El remake del penoso Cameron Crowe protagonizado por el excéntrico cienciólogo (“Vanilla Sky”)... júzguenlo ustedes a partir del tráiler mismo.

Guiones tan minusválidos como éstos, no sé si lo han meditado un ratito, se pueden plantear en una hora escasa. Una vez elegido el irrisorio desenlace uno va escribiendo al revés en plan “Memento” o "Irreversible" que es un primor, hasta que la dignidad le obliga a decirse “Bueno, ya basta de tomarle el pelo al espectador, aquí me planto”. Y entonces lo clausura de cualquier manera, pero tirando del topicazo más sonrojante: el protagonista... ¡estaba soñando! O sea, qué pasada, Alejandro, eres el Calderón de la generación X, de verdad. Lástima que yo no sea precisamente tu Henry Miller, mira por dónde.

3. Para quienes tenían y tendrán toda su vida una noción estereotipada, superficial, decimonónica e indigesta del muy sugerente universo gótico... A.A. arrojó al mundo “Los Otros”, cuyo rodaje fue publicitado a diario en los noticiarios de sobremesa de la 1. Laureado film de temporada impregnado de un terror de bazar que se presta en esencia a ser carnaza de “Scary Movie”, pues todo en él apunta de forma inconsciente hacia un perpetuo gag de aires barrocos sin asomo de gracia alguna. Incluye hasta la melodía de cajita de música como para provocar escalofríos... ¿Captan la gravedad del asunto? Idóneo para los que admiran su talento como escritor y no leen más literatura romántica que los piropos por SMS.

- La historia es super gothic fashion y va de viudas Prozac y severas amas de llaves y espíritus que hablan a oscuras y siniestros niños de porcelana y mucha niebla envolvente y... Como “La Familia Addams” pero sin chistes y con menos puñetera razón de ser aún. Documento de cabecera para Marilyn Manson. Y con eso ya vale, oigan, que el espacio también es oro.

4. A día de hoy, el país sostiene el aliento entre calada y calada mientras le llegan dispersos rumores en relación a su próximo biopic sobre el malogrado Ramón Sampedro, el parapléjico suicida que se cansó de reclamar su derecho a una eutanasia activa, digna y bien subvencionada. Javier Bardem será la víctima propiciatoria del nuevo culebrón. Respecto a ese film de tintes melodramáticos en ciernes, me abstengo por el momento de más comentarios a falta de resultados tangibles. Pero nada nos impide mientras tanto imaginarnos los mismos en sumo detalle. Al menos ya sabemos seguro que saldrá un cadáver...

¿En qué consiste, al fin y al cabo, el “Mondo Amenábar”? Ya lo saben ustedes bien: ruiditos misteriosos que provocan tortícolis a los protas; unos pocos muertos morbosos y serios; alguna canción antigua de mal rollo; atrezzo de marca y vestuario prét-a-porter; psicópatas de papá junto a freakies de escaparate; diálogos pueriles que desembocan en reflexiones de risa; terror reciclable, intrigas falsas y suspense de broma. Todo ese cocktail aderezado, cómo no, con muuuucha tarjeta de crédito y mucho chico Kronen enfundado en camisetas cool corriendo por pasillos en penumbra.

Un cine de entretenimiento con buenos y malos disfrazado de “autor”, a fin de cuentas. Rozando siempre al límite el telefilm de alto coste y más predecible que las estaciones del año. Punto y aparte. Para mí éstas son cuestiones transparentes como ellas solas, ustedes verán. Pero sobretodo créanme a pies juntillas si les digo que me he visto tapando la boca a marchantes cuarentones reunidos en una galería de arte porque se creían que clamaban sobre la gran esperanza blanca, sin percatarse ni pizca de que trataban tan sólo con un refrito de renombre bien enlatado y mejor vendido. ¡Qué triste que tuvieran que oírlo decir por boca del más joven del grupo!

Vuelvan a leer la cita con que empieza este artículo: “Lo que me interesaba en Tesis era hablar de la hipocresía... de la doble moral en los medios de comunicación.” ¿Y bien? Un plano guapo, algún golpe de efecto, bastante tiempo muerto y una inmensa vaguedad: en eso consiste el gran arte de su Alejandro Amenábar. ¿Se dan cuen?

by Jordi Villegas

ALEJANDRO AMENÁBAR O LA VERGÜENZA AJENA EN DOS SINÓNIMOS (4ª PARTE)

YO TAMBIÉN QUIERO HACER MI “CIUDADANO KANE”, MAMÁ

“Procuro dar siempre un tratamiento delicado a cada uno de los elementos formales y materiales que componen mi película.”

(Alejandro Amenábar dixit forever)

Existen varias preguntas capitales que todo chupabutacas de pro debería hacerse cada vez que comparece el jovencito Orson en algún medio, con este característico rictus facial suyo: ¿por qué A.A. escribe ese tipo de guiones tan... guays? Más aún: ¿por qué A.A. escribe guiones? Y lo peor de todo: ¿por qué un A.A.? ¿Eh?

El más lerdito de nuestros lectores empieza ya a sospechar que su “cine” es sólo para gente que no le gusta el cine de verdad, de forma análoga a como el Circ Du Soleil se dirige al público que pasa tanto del circo y el teatro como de la danza. ¿Van captando la fechoría? Por eso A.A. hace un cine de mentira, eso es, saturado de frívolas trampichuelas y giros inconfesables que le permiten estirar hasta Lima una idea (en principio) interesante que daría en todo caso para un corto resultón en una teleserie de Chicho Ibáñez Serrador. Mas el tipo, henchido como va de egolatrías y hamburguesas, machaca esa idea con saña y te llena un largo intragable que, untado de millones por unos u otros, da la vuelta al globo en un periquete. Dicho fenómeno ya habitual –el de empezar con un inofensivo cajón de sastre y acabar con una letal caja de Pandora- casi socava mi fe en el Séptimo Arte concebido como humilde obra de arte más que como arrogante producto de mercado.

Ya, ya, hace sesenta años incluso Fritz Lang o Hitchcock mareaban la perdiz lo indecible a base de suspense y monotonía, para al cabo de dos horas soltarte un final sorpresa que ni “El Planeta De Los Simios”. Pero estos cineastas estaban (atención, que esto no es ninguna tontería) inventando una narrativa cinematográfica singular, creando paso a paso sus propios detonantes emocionales, y resolviendo una pila de problemas inherentes al cine como medio –y acontecidos por ello sólamente durante su progresivo desarrollo- con un catálogo de recursos personales fascinantes a todas luces y plagiados hasta el hastío. Nadie con la proporción justa de yodo y calcio cerebélicos le reprocharía a Hendrix sonar como Lenny Kravitz, ¿no es cierto?

Por otro lado, le recuerdo de paso a más de uno que artistas americanos de carne y hueso como sucedía con Henry Miller o Hemingway consideraron el debut de Buñuel (“An Chain Andalus” y “L’Age d’Or”) como un hito histórico del pensamiento occidental, comparable a “La Odisea”, “La Divina Comedia” y poco más. Lo que aconteció, pues, entre 1928 y 1936 sí fue con precisión un “nuevo cine joven español”, aunque le depararan pronto el exilio, y no las frívolas sandeces que nos larga el Fotogramas mes a mes.

Aquí todo el mundo exagera, por supuesto, ya empezando por ustedes, pero diríase que semejante juego de sensibilidades y/o susceptibilidades hacia determinados autores conlleva irremediablemente cierto flujo de reflexiones sobre sus géneros en cuestión. En mi agreste opinión, dicho ejercicio loable no tiene nada que ver -y disculpen de nuevo mi obtusidad- con el treintañero que nos ocupa hoy ni en un futuro cyber a lo “Open Your Eyes”. A menos que, si no la realidad virtual en la que al menos vive él, sí triunfen por el contrario la clonación y el pensamiento único como auguran los más cenizos.

¿Qué sentido tiene entonces, que un tío como A.A. nos atabale con esos subproductos sobreproducidos, habiéndose hecho por ahí virguerías mucho más baratas con una grabadora casera? Pues ninguno en absoluto. Pero viene a llenar un bonito hueco que desde un punto de vista financiero pedía llenarse a gritos. Y ahí estaba él, es decir, Álex, y sus tres drugos Edu, Fele y Mateo. Con su hambre de fama y éxito, abren a patadas una lucrativa brecha a falta de mayor gloria como en su día la abrieron Nirvana o Ray Loriga. Ésta se basa, en última instancia, en el apropiacionismo e institucionalización de aquellos recursos más manejables de determinados géneros independientes que despuntan como alternativa al profesionalismo de la industria mainstream, para comercializarlos con desdén aprovechando su inesperado tirón popular.

by Jordi Villegas

ALEJANDRO AMENÁBAR O LA VERGÜENZA AJENA EN DOS SINÓNIMOS (3ª PARTE)

CURRICULUM DE ALEX O EL NUEVO CINE FNAC

Toda Historia, desde Herodoto hasta Preston pasando por Ricardo de la Cierva, tiene un alcance inabarcable y se halla poblada de infinitos matices. Las oscuras truculencias que se agazapan tras el éxito de un Amenábar dejan en agua de borrajas las que tanto les divierten en sus pelís. A pesar de ello, la columna vertebral de la Historia nuestra se la resumo yo aquí a bote pronto y en cuatro trazos. A saber:

A los españoles nunca nos ha gustado el cine español. Ni siquiera el cine europeo. A los españoles sólo nos gusta el cine americano, ¿OK? “El Peliculón” de Antena 3 y el “Cine 5 Estrellas” de Tele 5 son el par de tótems de todo buen hogar castellano. El “Cine De Barrio” y la “Versión Española” representan su correspondiente pareja tabú, la otra cara de la moneda.

Hasta aquí ningún lamento ni queja alguna. Por eso, a mediados de los 90’s, junto al modelo rompedor de chica anoréxica y semivampírica, irrumpe asímismo todo un dandy negromántico y seriote –escoltado por el buen compi de pupitre Mateo Gil, su Smithers personal- trastocando cual mad doctor nuestros valores espirituales más intrínsecos e intransferibles. La versión oficial del mito, guiada por la corrección política más devota, cuenta a golpe de pecho que tamaño esfuerzo titánico se realizó años ha en vistas a lograr que el respetable dejase de pagar a regañadientes por producciones hechas sin prejuicios en nuestro terruño. Lo cual venía a ser llanamente y hasta entonces, si no un mal de ojo, sí al menos una cosa mal vista.

El imberbe Alejandro Magno ya tenía ultimados por entonces tres cortos más o menos presentables: “La Cabeza”, “Himenóptero” y “Luna”, filmados en Hyde 8 mm y en B/N. ¿Empezamos?

· Del primero, perpetrado sin pudor en 1991, no suelta prenda porque le da bastante vergüenza; será porque está insuflado de planos típicos como el de la escalera con la chica cagada de miedo. Pueden cerrar los ojos y visualizar a toda la pandilla en su improvisado set de rodaje, en plan “pon la cámara aquí, Mateo, verás cómo mola” o “mira qué plano más Lynch y otras perlas por el estilo. En fin, pajas mentales de quinceañeros virginales, pero en este primerizo trabajo ya empezaba a perfilar las constantes piruleras de su cine postrer: personajes planos; argumentos que “recuerdan a”; parajes desolados; relaciones heterosexuales de spot de Bayley’s; una tópica e irreal visión de la vida moderna... Humo y más humo.

· Lo volvió a intentar a trancas y barrancas con “Himenóptero”, tan horrendo como su título y que rodó en el mes de mayo del 94 en el C.P. Villa de Madrid (desde entonces rebautizado como I.E.S. Alameda de Osuna). La historia es en realidad el germen básico de “Tesis”: que si imágenes violentas por aquí; que si chicos raros y tías malas por allá; que si ahora una tonta; que si después una loca. Lo más gracioso es tal vez la interpretación muda del propio Amenábar haciendo de abrazafarolas y la aparición de una tipa con una voz muy fea. Por si se lo están preguntando, el corto es como metalingüístico y trata de una colgada que rueda un corto de terror con una tía muy pava, otra muy sosa, un cámara malo y un sádico al que le gusta matar artrópodos. ¿A que da miedo? Pues esto le cunde para media hora larga, toma ya.

· El siguiente y último corto, “Luna” (1995), ya más lujoso pero también interminable, supuso una oportunidad de oro para el rompedor Eduardo Noriega, ofreciendo quizás la primera de sus interpretaciones de seductor insustancial de cartón piedra que ni él mismo se lo termina de creer. ¿El argumento, dicen? Lo de siempre: que si patatín, que si patatán, siempre de manera que no se aclare nadie... Y sin cortarse un pelo. A pesar del pronóstico más científico, el corto gana un premio en la categoría de mejor guión, con lo que al lumbrera se le suben los humos a la cabeza cosa mala, no ocurriéndosele nada mejor que volver a rodar el corto de marras en 35 mm y a todo color. Aunque en un arranque de cordura lo reduce a 12 minutos de nada.

Llegados hasta aquí pongan también ustedes algo de su parte, jolines, y traten de imaginarse a veteranos como Berlanga o Saura opinando off the record sobre el amenabarismo. Como exclama el malísimo de “Tesis”: “¿A que acojona?”

Pues así, y con la incomprensible ayuda tanto moral como financiera del histriónico José Luís Cuerda (el director de la estupenda “Amanece Que No Es Poco”, biblia surreal de la transición), el trío calavera consigue transformar de la noche a la mañana un putpourri de Cinexín hecho con Noriegas y Martinezes en algo parecido a las bufonadas de Damon & Affleck pero sin Kevin Smith y en versión siniestra. Ah, y con la anoréxica Ana Torrent en primer plano, para cuadrarlo todo como manda el canon de la temporada. ¿No lo comparten ustedes así?

Se han deshecho al fin de Juana Macías, Raquel Gómez, Joserra Cardiñanos y otros nombres de escaso fulgor que entorpecían su área de influencia. Pero conservan a Nieves Herranz con su preciosa voz de cazalla. Y de repente, sin fumarlo ni esnifarlo, se lían unas colas intergeneracionales en taquilla que ya quisiera para sí el Forum de las Culturas. Teniendo en cuenta que los dos figuras no aprobaban Audiovisuales ni con sobornos, el secreto de su éxito deja entrever inesperados visos de “Expediente-X”. Mientras tanto, en el nivel más inmediato de realidad física, desaparece el Ministerio de Cultura en España gracias a cuatro chantajistas, y ni un mísero euro del Fondo de Subvenciones repercute ya en alternativas audiovisuales tipo Zulueta o Aixalà, cineastas respetados en medio mundo desde hace media eternidad y que no sacan cabeza en su tierra.

Resumo las penetrantes observaciones al respecto de una tal Jimina Sabadú, experta crítica-paranoica como pocas en asuntos escabrosos como el que ahora nos ocupa:

- “Aquí el señor Cuerda obró el milagro de la sopa de piedra, y a un guijarro duro de roer le echó de todo hasta que salió una rica película con un nivel técnico bueno, una actriz famosa (que por aquellos años estaba de capa caída), y todos los colegas del director. Con sólo veintitrés años Amenábar se puso a dirigir la película de su vida, con una subvención muy maja y en su antigua facultad, recibiendo las miradas envidiosillas de sus ex compañeros, que se preguntaban por qué nunca le habían hecho caso a aquel cernícalo medio estrábico. “Tesis” (1996) significaría un soplo de aire fresco que, frente a tanto melodrama cotidiano e intimista de bajo presupuesto como corría en la época, proponía buenas dosis de frialdad, falta de contenido, recursos clásicos (por lo manidos) y cine de género pasado por agua.”

A raíz de este vodevil de opereta, uno de los efectos colaterales de mayor repercusión fue sin duda la detestable aparición en masa de legiones de freakies tallados en serie a imagen y semejanza del Chema (interpretado por un Fele Martínez medio autista y totalmente fuera de lugar) aflorando por todos los rincones de la ciudad como setas. Ya saben por dónde voy: personajillos de dudoso gusto estético, fácilmente maleables, desordenados en su hábitat y con serias dificultades para establecer novia. A todos los Chemas residuales y obsoletos del mundo, pues: que les pongan a cavar zanjas con un pico y una pala. Nunca han pasado de amontonar “Holocaustos Caníbales” y “Noches de Muertos Vivientes” (fabulosas películas, todo hay que decirlo).

Y continua la Sabadú en su esclarecedora crónica:

- “Con Abre Los Ojos (1998) de nuevo no tenía Amenábar muy clara la historia, pero sí quería que molase un mazo. Y hoy esa escena del pijo corriendo por una Gran Vía desierta, salvo por la dotación de la Policía y un señor en gayumbos asomado en su ventana, es ya Historia del Cine Español. La peli va de un Borja muy soso que vive en una casa muy grande, está forrado y fornica mucho, pero una colgada le toma por el pito del sereno y provoca un accidente de coche (tal y como ya aparecía en su corto “Luna”) que le desfigura la cara, por lo que tiene que ir con una máscara muy cutre. Por otro lado, antes del galletón conoce a una chica muy guapa y muy graciosa que le quiere mucho (una Penélope en pleno rodaje pre-Hollywood). Pero de repente no se entiende nada de nada, y el espectador está en el limbo hasta el final, que es... ¡adivínenlo!” Que la vida es un sueño, y los sueños sueños son.

Tras co-escribir y musicar a sus anchas la olvidable “Nadie Conoce A Nadie” (1999), basada en la novelucha pseudo-pulp de Juan Bonilla y dirigida por el ya olvidado Mateo Gil -que también rodó un cortometraje muy modesto sobre vendedores a domicilio, repitiendo con Edu en un claro guiño de involución creativa-, nuestro hombre del futuro se convierte en el niñito de los ojos (nunca mejor dicho) del afamado Tom Cruise, no pregunten por qué. Un Malkovich se fija en Bardem. Un Woody Allen se fija en Tete Montoliu. Pero Cruise... seamos serios, caramba.

Y de tal inefable modo, habiendo primero rechazado de un plumazo la estúpida oferta de rehacer una película que, mal por bien, ya estaba en las tiendas (lo que no quita que haya sido él y no Crowe el responsable en la sombra de todo ese deprimente montaje erótico entre la Penélope y el nuevo sosias)... el peor terror psicológico entendido a su peculiar manera culmina de-fi-ni-ti-va-men-te con la multimillonaria “Los Otros” (2001) en una galería estéril de: puertas que se cierran de sopetón, paisajes brumosos a través de ventanas enmohecidas, sustos de “Impacto TV”, telarañas de quita y pon, desvanes llenos de tétanos, un sinfín de cachivaches viejos, efectos de violín sin ton ni son, vocecitas infantiles en off y ambientaciones como de “Al Final De La Escalera” desvitalizadas. Caspa, caspa y más caspa. Si Wilde y Bécquer levantaran la testa... se darían de bruces con toda esa ambigüedad gratuita al borde de la legalidad.

A pesar de las quejas de sectores independientes y demás círculos ajenos a estas movidas tan dadas entre las mafias del mundo del espectáculo, de un tiempo a esta parte parece que nuestra piel de toro -contexto más bien ajeno al perfil yanqui y que jamás mascullará el inglés con credibilidad- empieza a parecerse hoy peligrosamente a lo que ronda desde hace tiempo por el cocumen de A.A. o de José Mª Aznar. ¿Acaso acabaremos todos como el Noriega, haciendo el pamplinas en medio de una procesión de Semana Santa? ¿Nos hallaremos de pronto en un concierto del FIB más vacío que el del anuncio del flipao? ¿O a ustedes tampoco les van esas fantasías retrógradas que tanto excitan a nuestro genio del mes?

A.A. es al cine nacional de hoy en día lo que, salvando toda distancia estilística, ansiaba ser el aburrido José Luis Garci en sus rancios 80’s. Aunque lo nieguen los muy pretenciosos. Ambos son pro-norteamericanos en el sentido menos acertado del término, tomando siempre de Hollywood lo más deleznable y al mismo tiempo reducible a tópico recurrente. El thriller, ajá. El género negro, sí señor. Pero sin garra, claro está, desarticulado a golpe de pose y encuadres de postal. Sin embargo, mientras el chico-orquesta se las ha ingeniado lo suyo para dar el pego a la primera (recuerden aquellos siete Goyas en fila india salidos de la nada), el ex de la Quintana, aferrado a su Oscar de naftalina, se frustra entre salas vacías y nominaciones sin premio con esas películas de Alzheimer.

Nadie les iguala actualmente en risas y bostezos, al menos en mi videoteca personal. A dicho binomio patrio de encefalograma plano y camino del Imserso, contrapongo gustoso uno integrado por Álex De la Iglesia y Agustí Villaronga, otro dúo irreconciliable como la Pareja Real pero esta vez con más cara y ojos. La llaga de la Nación sigue abierta gracias a irresponsables como ellos, gente inteligente que ha tenido una auténtica Mala Educación...

by Jordi Villegas

ALEJANDRO AMENÁBAR O LA VERGÜENZA AJENA EN DOS SINÓNIMOS (2ª PARTE)

LA SENILIDAD EN SU FASE ADOLESCENTE

“Los mejores momentos de Nicole Kidman son los mejores momentos de mi cine.”

(Alejandro Amenábar dixit again)

¿Por qué A.A. contamina el planeta con los mermados frutos de su hobby? Porque disfruta y hace disfrutar. De unos años para acá y a fuerza de insistencia, gentuza conservadora, prepotente y populista como A.A. y su cohorte de incondicionales ha subvertido los criterios de la honestidad y el buen gusto haciendo del cine ibérico ni más ni menos que el valor casi irrecuperable que a duras penas sobrevive hoy. Por supuesto hablamos en términos confusos pero estrictamente creativos, en ningún caso de política económica neoliberal de eficacia probada. Solamente desde este ángulo resulta doloroso percatarse que hasta el caótico Aronowfsky le hace reverencias sin sentido como un tentetieso de todo a cien, con ese mismo estilo empalagoso que practica Susan Sarandon con Almodóvar. Habrán podido comprobarlo: la epidemia Amenábar –de profundas implicaciones sociopolíticas, aunque les suene vulgar- ha contagiado incluso a los indies de Nueva York barrio tras barrio como si de un virus chic de laboratorio se tratase.

Lo miren por donde lo miren, la falacia rastrera que se ha incrustado subreptíciamente en el espíritu light de los emprendedores de España, y que más ampollas levanta por minuto entre la minoría de ciudadanos decentes, dictamina que este chileno exiliado carente de atractivos ha significado la salvaguarda in-to-ca-ble del “nuevo cine joven español” (¡?), en un momento en que la crisis de nuestro mercado fílmico era taaaan acuciante como la deleitosa muerte de Jesús Gil o el inminente divorcio de los Príncipes de Asturias. Sin ánimo de parecer conspiranoico, sepan que las bases necesarias para la mitificación del prodigio y su posterior rentabilización fueron debidamente sentadas tras árduos planes de viabilidad e inyecciones suculentas de capital hispano-italiano. Comprenderán entonces que nadie que se precie va a desestabilizarles por las buenas esa “Operación Hijo Pródigo” y la magnífica baza mercantilista sembrada en ella.

No me sean Flanders y desengáñense del todo. A estas alturas, los eufemismos de tal pelaje (“el eje del mal”, “armas de destrucción masiva”, “nuevo cine joven español”) no resultan verosímiles ni pasados de calimocho. A.A. es única y simplemente -y fíjense que no me voy por las ramas como el De Prada- el chaval que ha conseguido grabar el sello norteamericano, entendido como el más pernicioso “made in USA” de lujosa serie B, a sangre y fuego en la manera de concebir el cine español entre las masas plebeyas y su industria entre los productores jerifaltes. A partir del “fenómeno Amenábar” -otro reclamo eufemístico con el que La Razón abrazó en su día a este bizarro latino- el público celtibérico se reduce más allá de edades a un rebaño de reses mansas marcadas a cal y canto por el enfant-terrible que mejor aprendió a toreárselas. “Las masas pueden ser errantes pero no pueden estar erradas”, dice un refrán que me acabo de inventar. No por casualidad fue justamente “Los Otros” (la joya de la Corona) el film destinado a desbancar a “Torrente: El Brazo Tonto De La Ley” (el bochorno Real) del ranking Top 1 de taquilla española, en una castiza pelea a muerte entre gallinas de oro.

En la actualidad resulta practicamente imposible sustraerse ya a la evidencia de que la simple apropiación -por parte de toda una nueva promoción de estudiantes como De la Iglesia, Balagueró, Paco Plaza o Nacho Cerdà- de los parámetros por los que se rige el cine estadounidense y anglosajón... no debía limitarse tan a menudo a un puro objetivo en sí mismo, que repercutiera a la larga en el ideario común y fuera en detrimento de la propia idiosincrasia. Dicho quede sin enarbolar tampoco banderas de colorines, al tanto. Desde este punto de vista, el bilbaíno autor de “El Día De La Bestia” constituye desde siempre la feliz excepción: realizando el mejor cine de corte americano que aquí cabría valorar, no vende una chapa en EEUU porque allí no le entienden ni doblándolo. Simpática paradoja terminal que afecta a los mejores. Amenábar, muy al contrario, es una suerte de Pau Gasol en miniatura, o lo que es lo mismo, otra vaca sagrada de la capacidad exportadora de nuestro país en pleno siglo XXI. Con mis debidos respetos, su afilado rostro de judío –clavado al del jugador de basquet, por cierto- lo insinua casi todo.

“Mientras existan burros, montaremos a caballo”, reza otro dicho que es todo un hecho. Curiosamente no sucede lo mismo con A.A. en el resto de Europa, por mucha U.E. que se quiera, tal vez debido al evidente abismo cultural que vemos abrirse a nuestros pies con sólo cruzar los Pirineos. Algunos críticos prestigiosos de la prensa francesa, sin ir más lejos, hablaron en su día de “Abre Los Ojos” en términos análogos a los presentes, como si despachasen un “Pearl Harbour” cualquiera. Por ejemplo: “Al despertar final del protagonista se sigue el de la concurrencia cuando al fin encienden las luces.” O bien: “Si no soporta desperdiciar una hora de su tiempo, sepa entonces que Abre Los Ojos desperdicia casi tres.” Y el pobre Alejandro sin dar crédito a los suyos propios. ¿A que toda esa sarcástica no la contaban en el suplemento Magazine? Pues eso.

by Jordi Villegas

ALEJANDRO AMENÁBAR O LA VERGÜENZA AJENA EN DOS SINÓNIMOS (1ª PARTE)

EL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO

“Lo que me interesaba en Tesis era hablar de la hipocresía... de la doble moral en los medios de comunicación.”
(Alejandro Amenábar dixit)

Me han tentado más que al sufrido protagonista de “La Pasión”, ahí es nada. Yo pensaba hablarles cabalmente de alguna vieja gloria sepultada tipo Fassbinder, Herzog o Tarkovski, con la sana intención de aburrir al más intelectual de ustedes; rescatar quizás a Derek Jarman, Kenneth Anger, Jodorowsky y otros proto-cliperos de los 60’s, sólo para perpetuar su siniestra murga mística. En un momento dado, pensaba incluso salir de casa y rememorar que existe savia nueva y variopinta como la de Vincenzo Natali e Isabel Coixet. Tengo tanto artículo pendiente en el tintero que me abrumo sólo de pensarlo. En ningún caso, sin embargo, deseaba yo echar mano de mis fobias y rencores más subterráneos.

Pero, ay, tanta alabanza descerebrada y acumulativa hacia el que considero uno de los peores directores de cine del sistema solar encumbrados en la última década, me ha obligado a reaccionar de una compulsiva vez. Sí, hoy voy a hablarles entre arcadas y carcajadas de, ejem, Alejandro Amenábar, abyecto sujeto de patética estela y molesto careto cuyo nombre ya me obliga a desperdiciar al menos diecisiete de mis preciosas neuronas, una por letra, y media más para el estúpido acento. Además, gozo de la mejor ventaja que podía disponer un critiquillo de boquilla como yo: en esta ocasión, y por mucho que lo parezca entre los malpensados, a este fulanín expatriado no le envidio ni la vida sexual, amigos.
Para los que ya hayan vomitado incluso el desayuno leyendo hasta aquí, les confesaré rápidamente sin necesidad de que me absuelvan: yo odio a A.A. igual que ustedes pero de modo consciente. Odio la figura mediática y el trabajo comercial, se entiende, no sólo su triste percha y esa expresión deprimente que arrastra por canales y revistas. Todo ello me provoca asco y repulsión, dos grados ascendentes de un mismo feeling por definición negativo, que no perjudicial. Aunque más asqueroso y repulsivo me parece todavía el acuerdo tácito en sí entre medios de comunicación y personas humanas por considerarle un genio inconmensurable, sin un mínimo análisis pormenorizado de sus verdaderos intereses artísticos, en caso de haberlos.

Esta última parrafada la recalco bien, porque a veces paréceme que soy de los pocos que, como el héroe carpenteriano y garrulo de “They Alive”, ve la verdad absoluta con las gafas de sol puestas. Todo Dios profesa hacia A.A. un respeto irracional y se muere por encumbrarle, a pesar de las tronchantes consecuencias que de ello pueda derivarse. Pero no desespero fácilmente: el mundo está cosido de compadres que se visten por los pies y que no se cortan un pelo en declarar que A.A. es basura de luxe, comenzando por su reptilinea mirada de soslayo.

Respecto a eso, y aun sabiendo que a ellos les da igual, me solidarizo 100% con los redactores del excelente fanzine “Mondo Brutto” de Madrid, y toda la caña altruísta que le vienen pegando a ese farsante con tal de devolverle -como a sus personajillos de pega- a la realidad de una vez por todas. Y lo llevan haciendo desde el mismito primer día que se estrenó por error su jaleada ópera prima, ojo, que éstos son los menos snobs del panorama cañí. ¡Ya criticaban los excesos de “Acción Mutante” cuando nadie conocía siquiera al Segura!

Recomiendo una lectura atenta de sus descarnado artículos en el “Especial Simpatía” y otros números. Nadie como ellos para analizar la capacidad pasmosa de A.A. cuando el espectador en cuestión no ha pasado por el método Ludovico de turno. Por las razones allí alegadas, A.A. está muy muy mosqueado con ellos -igual que el infeliz Carlos Galán de Subterfuge Records- y los querría entrullar a gusto por no coincidir punto por punto con la opinión anodina de Tom Cruise. Pues bien, todos a coro conmigo: que se jodan el niñato encabronado y su risible padrino. A ellos dos y a su cara de palo va dedicado este artículo, firmado por el “Club de Fans Anti-A.A. y T.C.”

by Jordi Villegas

SHINYA TSUKAMOTO (Japón, 1960): DESATANDO INFIERNOS (4ª PARTE)

“A SNAKE OF JUNE” O EL NUEVO IMPERIO DE LOS SENTIDOS

El público del Festival Internacional de Sitges no olvidará fácilmente la proyección de otro de los títulos de este enfant terrible, el encargo “Gemini”. Con él Tsukamoto ya se desplazó, por su paradero de fijaciones cibernéticas y erótico-industriales, hacia otros terrenos igualmente turbulentos. Pero con “A SNAKE OF JUNE” vuelve a presentar una obra enteritamente suya, en la que de nuevo lo hace casi todo y más.

En ella se narra la historia de Rinko, una ama de casa que ejerce como operadora en un “teléfono de la esperanza” al estilo nipón -convenciendo a la gente de que no se suicide tan a la ligera-, y la de su marido Shigehiko, un agobiado hombre de negocios super formal. Sus vidas son completamente normales y ordenadas hasta que la mujer recibe unas fotos suyas en plena faena onanista, y a continuación una serie de telefonazos de un libidinoso anónimo proponiéndole ciertos juegos carnales políticamente incorrectos. Preocupada y excitada al mismo tiempo, Rinko accede a las caprichosas peticiones del afortunado tipo, que se dedica a fotografiar ipso-facto cada uno de sus jueguecitos, a cada cual más perverso. El fatal descubrimiento, por parte del cornudo Shigehiko, de la oportuna sexualidad de su esposa, y el todavía peor conocimiento de la enfermedad que ella padece -un avanzado cáncer de mama-, trastocarán lo suficiente su apacible y meticulosa realidad.

Manteniendo su habitual dosis de violencia y de imaginería inquisitiva –una serpiente mecánica, por ejemplo, que juega las veces de extravagante elemento de tortura, de ahí el título-, el insaciable Shinya presenta en un perfecto B/N unos personajes cercanos y realistas, envueltos en un thriller de obsesión erótica que ofendería a los degustadores de “Eye Wides Shut”. En fin, una calenturienta visión de la sociedad japonesa actual -donde las mujeres todavía viven resignadas a la sumisión frente al hombre- con una seductora trama que nos arrastra hacia el terror psicológico y su oculto placer sexual, inaugurando una linea nueva del hentai. Cuando haya visionado esta película de una maldita vez, sin cortes ni fatalidades, y en una copia decente, ya os contaré más sobre ella. Mientras tanto, a lanzarse tocan a por esa supuesta edición en DVD que me han contado de todos los greatest shits de quien ustedes ya saben.

INFIERNOS DESATADOS

Cortometrajes:

- “Futsu Saizu No Kaijin” (The Phantom Of Regular Size), 1986

- “Denchu-Kozo No Boken” (The Adventure Of Denchu-Kozo), 1987


Largometrajes:

- “Tetsuo” (The Iron Man), 1989

- “Hiruko” (Yokai Hunter), 1990

- “Tetsuo II” (The Body Hammer), 1992

- “Tokyo Fist”, 1995

- “Bullet Ballet”, 1998

- "Tôbôsha” (Dead Or Alive II), 2000

- “Chloe”, 2001

- “Rokugat No Hebi” (A Snake Of June), 2002


by Jordi Villegas

SHINYA TSUKAMOTO (Japón, 1960): DESATANDO INFIERNOS (3ª PARTE)

“TETSUO II” O EL BAILE DE SAN VITO A 220 V.

“Un hombre se percata de que su cuerpo está mutando. Primero lenta, luego rápidamente, comienza a salir metal bajo su piel, y a absorber metal del exterior a su interior.”

En esta segunda entrega, producida de nuevo por Kaijyu Theater en 1991 y subtitulada “El Cuerpo de Martillo”, Tsukamoto se decanta más por una especie de body cult post-nuclear de connotaciones homosexuales. Haciendo hincapié en la estética viril de cañerías, no desaprovecha la ocasión de recrearse en ciertos modos de vida alternativos que seguro forman parte de su jugoso público. En conjunto, resulta un precioso desfile gay de varones musculados y sudorosos posando en su fundición reconvertida en gimnasio, dotado de un fuerte hedor a sangre y semen que impregna las escenas de modo perturbador. Algunos momentos parecen fusilados de las primeras acciones de la citada Fura catalana; aunque las secuencias “tecno-protésicas” (en cuya realización se utilizaron tanto actores reales, F-X como personajes de animación), y los clips videográficos que se insertan, prefiguran las performances mecatrónicas de Marcel·lí Antúnez. Buen material masturbatorio para desprejuiciados de pro, entre cuyos opíparos galardones destacan el Cuervo de Plata al Mejor Director en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Bruselas 1992, el Premio al Mejor Diseño de Producción en el Festival Internacional de Sitges, y el Premio Especial del Jurado otorgado en el Festival Internacional Fantasporto.

Esta nueva aventura mesiánica empieza con un matrimonio e hijo que son atacados por dos maleducados miembros de una tribu urbana de la peor calaña. El mosqueado pater familia, preso de una rabia incontrolable y dejando el acojone en la cuneta, experimenta una (sí, acertaron) metamorfosis injustificada cual Gregorio Samsa, convirtiéndose de buena mañana en una suerte de arma letal multiusos marca Acme. Me explico. Todo su cuerpo mutante pasa a ser una literal extensión de la furia que le invade, ¿OK?, y poco a poco se transubstancia en un cyborg asesino. Sus brazos, antaño de chupatintas aburrido, se realzan como engrasados engranajes de matar; las cavidades metacarpianas se le vuelven enormes pistolones en plan Metabarón. El es el Elegido. Y ya que del pecho brotan mini cañones de asalto, por qué no aprovecharlos, caray. Así su masa enterita deviene al fin un poderoso tanque humano; una máquina de acero que engulle como un “Blob” a toda la secta skin-head, y que se rige por dos neuronas predispuestas única y exclusivamente a la Doble V: Venganza Violenta.

No, no se me extravíen: por supuesto la trama resulta de nuevo más conceptual que lineal, a diferencia de las primeras del Clint Eatswood. Aquí volvemos a soportar muchos de los pavores finis millenium: la opresión tecnológica, la mutación genética, la pérdida de la identidad individual y vuelta a empezar. Pero, en opinión del mismo impresionado crítico del N.Y. Times, “eclipsa cualquier ritual diabólico”. Como en los mismitos inicios “satánicos” del rock & roll. Si tienen ocasión de verla algún día, quédense con las persecuciones descacharrantes y los artilugios de quita-y-pon, que les harán exclamar de nuevo conmigo: “Ah, jodido Jonathan Mostow y tu infame T-X de “Terminator 3”. ¡Te pillamos, rufián!”

Contrastando con el B/N enrarecido de la primera, donde las fusiones se expresan en matices de tonos grises, Tsukamoto se vale en esta ocasión de una poética gama de colores predominantes (grises, ocres, rojos y azules) que corresponden a las respectivas tonalidades de cualquier metrópolis post industrial. Así el icono del acero derritiéndose en los altos hornos. Aún transmitiendo una visión claustrofóbica de las estructuras pesadas, la desarrolla con una paleta de ténues que le confiere un aire de irrealidad. Toda relación de sentimientos (amor, miedo, alegría, ternura...), excepto en los flashbacks, se mantiene aislada mediante el uso de dicho cromatismo. El resultado final, aunque menos impactante y novedoso en su conjunto, consigue por ello un efecto más psicodélico y claustrofóbico, donde los colores separan ya la carne cálida del metal frío.

Y por arquetipos simbólicos, que no quede: quizás el principal en “TETSUO II” sea, a fin de cuentas, la propia ciudad de (Neo)Tokio, con sus ingentes rascacielos, deslumbrantes por fuera y opacos por dentro, de los que no se alcanza a ver ningún final; relucientes hipermercados de consumo anodino en contraste con peligrosos túneles subterráneos. Una idea cinematográfica elemental que Tsukamoto maneja con sorprendente destreza. La arquitectura new design y los edificios funcionales juegan así su papel de prisión virtual a la que finalmente deberá enfrentarse la dichosa sociedad. Desplazándose de las afueras hasta el epicentro, aquí la ciudad capital es ya, pues, inabarcable, aséptica, impasible, deshumanizada y perfecta.

El hilo musical de todo ello lo pone un tal Chu Ishikawa: peligroso sujeto que a ratos crispa el ambiente con notable saña, a ratos nos sumerge en una belleza aislacionista de agradecer. Y para variar, el hiperactivo Shinya se encarga de la dirección, el guión, la producción ejecutiva, la fotografía y el montaje. ¡Porque eso no es sentarse en la silla plegable y dejar que los otros te hagan la peli!

Amén de ser dos bombardeos sensoriales de agárrate-y-no-te-menees, subyacen en este par de boomerangs fílmicos dos conceptos básicos en los que Tsukamoto incide. Por un lado, la idea de que la Violencia es apta para liberar el “ego” de una sociedad opresiva e industrializada al filo de la hecatombe; y por otro, la idea de que la misma Violencia liberadora termina convirtiéndose en la propia trampa de esta sociedad terminal. En conclusión: nuestra desmedida mala leche nos puede hacer probadamente omnipotentes aunque demostradamente inhumanos. Por eso no se me distraigan más, escuchen bien al Dr. José Cabrera y tengan cautela con lo que ingieren sus hijos.

by Jordi Villegas

SHINYA TSUKAMOTO (Japón, 1960): DESATANDO INFIERNOS (2ª PARTE)

“TETSUO” O LA REBELIÓN DE LAS MAQUINILLAS DE AFEITAR

“Un hombre se introduce furtivamente en una vieja y destartalada oficina. Montañas de basura cableada lo rodean. El hombre toma un tubo metálico con ranuras y se lo mete a la fuerza en una herida abierta en la pierna. El hombre grita. La herida se llena de gusanos que devoran carne y metal.”

Para quien no lo adivine, el idioma japonés es más complicado que una panda de catalanes insultándose en vasco. Ni se lo imaginan. El susodicho lenguaje dispone nada menos que de tres o cuatro alfabetos distintos, muy raros a nuestros cristianos ojos: unos caracteres llamados kanjis, cada uno con su propia grafía, sus usos precisos y su particular sentido. Pues bien, el caso es que Tsukamoto, en un momento de iluminación cachonda, se pone a jugar con el nombre muy común en Japón de Tet Suo (equivalente aquí a Paco o Pepe) y, dado que puede significar diversas cosas estrambóticas según el modo específico en que se escriba, el tío retuerce la idea cosa mala hasta que le sale: “hombre de metal”. Pero, como rezaba aquel anuncio de coches tan chic, no es lo mismo. A mí la expresión “el Hombre de Metal” me sugiere un inofensivo juguete navideño. Como mucho me evoca aquel tipejo vestido de hojalata que acosaba a Judy Garland. Sin embargo... ese otro fonético palabro, cual irracional grito de guerra nipón, consigue amedrentarme en menos de un destello de magnesio.
En primer lugar “TETSUO” representa, en la dosificada historia de los logros cinematográficos baratos, un triunfo más de la libertad creativa de David frente a la industria maniatadora de Goliath. Podemos afirmar, sin mucho rubor, que pocas veces se ha saldado tan satisfactoriamente la deshauciada batalla contra el profesionalismo monopolizante del cine, como decía papá Coppola. En segundo lugar, en Japón consigue batir el récord absoluto de taquilla en los circuitos de salas alternativas, que allí no son moco de pavo. Con este aval de la crítica por bandera, su estreno comercial se lleva a cabo en las principales capitales del mundo (Londres, New York, Los Angeles, París...) a ver qué diablos pasa allí. Se presenta también en multitud de Festivales Internacionales de EEUU y Europa, agenciándose entre otros el Premio a la Mejor Película Fantástica en el Festival Internacional de Cine de Roma 1989, y el Premio de la Audiencia en el Festival de Cine Fantástico de Suecia. Rompiendo todos los esquemas aprendidos, semejante arma arrojadiza se convierte de inmediato en una cult movie sin parangón, mientras su siniestro perpetrador se erige en referencia ineludible del cine indie asiático. O casi.

El exoesqueleto del argumento (sob) viene a ser, más o menos, el siguiente: un joven ciudadano de traje negro y pinta de oficinista gris, inmerso de lleno en su ajetreada rutina cual Josef K., se ve transportado gradual e imparablemente en un viaje urbano de puro delirio asincopado. Un proceso de acongojante locura que empieza aleteando con estridentes flashes de paranoia persecutoria... para desembocar en una gimkama absolutamente kamikaze, durante el rabioso transcurso de la cual su propio ser y el del entorno periférico se funden (!?) de forma convulsiva y cortocircuitada (¿¿!!) en una epliléptica transformación desprovista de objetivo que marea al más pintado. Chocante, ¿eh? Al principio, semejantes ramalazos, que llegan sin venir a cuento, incumben sólo a una chica en la estación de tren. Después se siguen unas pocas mutaciones por aquí, otras mutilaciones por allá, muy biomecánicas ellas. Le podría suceder a usted. Pero la historia se va acelerando minuto a minuto -a través de la relación con su mujer, el zombie de la ídem, su propio piso de alquiler y un tercer replicante salido de entremundos- hasta volverse peregrina peregrina del todo.
¿Retienen todavía algo de lo explicado en la 1ª parte? Pues un buen psicólogo aficionado como Daniel Prada, internauta full-time, nos señala muy antropológicamente: “El destino del hombre-máquina es la corrosión, y para evitarla no le queda otra (opción) que incorporar siempre nuevo material. (...) El flashback cinematográfico del hombre-máquina es un monitor lleno de interferencias (y) nieve electrónica por medio del cual los recuerdos aparecen distorsionados, acelerados, dando vueltas una y otra vez. (...) La memoria (del hombre-máquina) es un cassette puesto en un videograbador descompuesto. (...) El disturbio electrónico se traduce en nuestro cerebro en una contínua sobrecarga de impulsos que desorientan.” No se preocupen, yo tampoco me he enterado de mucho. Pero juntos intuimos que el trato cinematográfico que Tsukamoto dedica al factor humano, por medio de esos símiles isomórficos, representa el inteligente nivel de exploración alegórica del que se vale a veces el Séptimo Arte.

La ciudad abandonada y su concienzudo retrato constituyen un símbolo indispensable para el desarrollo conceptual de la película. Este se basa en una visión áspera de los barrios de extrarradio compuestos de casas bajas, pequeñas factorías ruinosas y pilas de desechos industriales en descomposición. Un tejido urbano afectado de necrosis que sobrepasa la clásica medida del hombre, siempre a punto de sucumbir por su propia entropía. Según observamos más arriba –así como en el influyente “Europa tras las lluvias” de Max Ernst-, las estructuras arquitectónicas y la vida orgánica se cohesionan entre sí, colapsando en un único ciudad-cuerpo de resonancias místicas.

La cámara y el proceso de rodaje explotan a la par todas las ideas que, a falta de dinero, sean realizables. El hambre estimula, amigos. Desde este punto de vista, Tsukamoto viene a situarse con esta película en el mismo meridiano creativo –aunque no a la misma altura- que un Buñuel y un Val del Omar etapa daliniana, o que el Polanski etapa bretchiana. Eso significa aquí: animación fotograma a fotograma, slow-motion, filmación acelerada, pulso nervioso... unido a una escenificación sombría, unos encuadres imposibles e infinidad de destellos cegadores. Entre otros aciertos, sabe sugerir de miedo las descargas energéticas tipo kame-ame que años después se marcará Son-Goku sobre dibujo. Genuina orfebrería de los bajos fondos. Si tienen ocasión de verla algún día, fíjense en los desplazamientos a pie de los personajes y demás detalles, que les harán exclamar: “Ah, jodido Aronowfsky y tu borgesiano `Pi´. ¡Te pillamos, bribón!”

La Música y el Sonido... ¿qué proferir acerca de ellos? Para empezar, como ya señalaba en el punto anterior, no vale siquiera la pena intentar separar ambos aspectos a base de cirugía ensayista. Pues, igual que su planificación visual, el score es uno y el mismo: una banda sonora electrónica casi ininterrumpida que aglutina diálogos, ambiente y constantes golpes de efecto por doquier. Uno agradece que el espectro auditivo de un film represente nada menos que la otra mitad del film. En el caso que nos ocupa, mucha caña y pocas concesiones. Los que, como un servidor, se emocionen al oír a John Zorn & Naked City presidiendo los títulos de créditos de “Funny Games”, sucumbirán a placer ante esta otra barrabasada. Porque se trata sólo de indagar profundamente en uno mismo, hacer un completo ejercicio de autoconocimiento y sincerarse de una vez: a mi me gusta el Ruido, jolines. Y aquí se encontrarán un abanico indecente de sonidos metálicos, percusiones distorsionadas y alaridos salvajes que harán las delicias de todos los seguidores de la subculture emprendida en los setentas por Throbbing Gristle. Ya lo dejó escrito el New York Times en el 92: “La audiencia ideal de Tsukamoto son todos aquellos (...) para los que el crujir de metales y los aullidos de guerreros cibernéticos constituyen la música más celestial jamás escuchada.”


by Jordi Villegas

SHINYA TSUKAMOTO (Japón, 1960): DESATANDO INFIERNOS (1ª PARTE)

HISTORIA DE UN ERROR GENÉTICO

Este individuo nipón de dudosa moral lleva ya veinte años años clamando a gritos la investidura de una bonita camisa de fuerza. Pero, una vez visto el “material cinematográfico” en el que ha volcado sus “inquietudes artísticas”, no creo que exista loquero que se atreva a acercársele a menos de tres palmos. Hombre, un poco el Ed Gein del cine independiente japonés sí que viene a serlo, porque nadie le hace mucha sombra chinesca en cuanto a apetencias apocalípticas y/o canibalescas se refiere. Tampoco dudamos que sea buen hijo de su madre. Pero, ay, denle una cámara, cuatro yens... y como no lo aten corto, el desmadre será bíblico. Eso ya ha ocurrido en el pasado, concretamente unas ocho veces (!). Sin embargo, nos centraremos tan sólo en su obra maestra y la correspondiente “secuela” –cómo no, únicas piezas disponibles en videoclubs patrios y rare shops hasta hace nada- cuyo histórico título, igual que el nombre original de Melkor, no debería salir jamás de boca élfica o cinéfila. Tan malsonante es.

A sus catorce imberbes primaveras –mientras la mayoría sólo atina a convertirse en zambombas humanas- el travieso Shinya empieza a perpetrar sus primeros y enrevesados cortos en 8 mm, haciéndose cargo de todo el proceso de producción, inclusive revelado y edición. Con el tiempo y una caña, tras finalizar sus estudios de Bellas Artes, se introduce de cabeza en el mundillo de la publicidad realizando spots tontorrones con sobrada solera. Dos años después deja por fin tan ingrata cantera de cineastas frustrados para dedicarse exclusivamente a sí mismo y a sus quehaceres de máxima prioridad. O lo que es lo mismo: actuar y dirigir sus propios proyectos maduros (por llamarlo de algún modo), a su aire y sin constricción alguna. Mundo, agárrate.

A mediados de los años ochenta funda una compañía teatral llamada Kaijyu Theater (algo así como “El Teatro de los Grandes Monstruos Marinos”, muy en la onda japo), con la que presenta al público underground de la zona algunos trabajos audiovisuales bastante espeluznantes. Baste recordar si pueden -salvando las distancias tanto geográficas como idiosincráticas- la pretérita historia de grupúsculos activistas de parecido pelaje: léase en París y México el Grupo Pánico de Topor, Jodorowsky y Arrabal, auténtico trío calavera, o el todavía más pionero The Living Theatre de los decadentes Julian Beck y Judith Malina en New York Sin desmerecer de la primogénita Fura dels Baus de Antúnez y Padrissa, en su mítica etapa.

En 1988 realiza al fin, con la compañía consolidada como productora, la innombrable “TETSUO”, tal como estaba escrito en algún lugar ahí abajo. A pesar de estar rodado en blanco y negro, en condiciones de auténtica precariedad y ser de muy bajo presupuesto, con este film extenuante hasta la médula se da a conocer al público japonés como un realizador de lo más terrorista y prometedor, consiguiendo que todo Dios se rinda rápidamente a sus pies sin rechistar. A partir de aquí, cada una de sus producciones cae como un mazazo en el corazón de la sociedad más ultra del mundo, y desde entonces es acogida por el país de Godzilla con verdadero estremecimiento. Hiroshima mon amour una vez más.

La obra de Tsukamoto se erige en verdadero ejemplo de ese ambivalente cine universal llamado “de autor”. Aquí y ahora lo interpretaremos –más que nada para salir del paso- como “obra artesana de carácter personal que convierte a su autor en un polifacético artista; puesto que éste no sólo controla y supervisa todas las fases y aspectos del rodaje, pre y post producción... sino que realiza tales tareas diferenciadas, parcial o totalmente, de forma simultánea o sucesiva.” Ello sin tener en cuenta para nada la calidad final del producto. Ed Wood sería un típico ejemplo. Erich Rommer podría ser otro. Shinya, sin ir más lejos, guioniza, dirige, filma y actúa, a la vez que diseña los efectos especiales, monta y edita la película; además de ser el director artístico, productor ejecutivo y técnico de sonido. Uno no puede evitar preguntarse qué rayos pinta la Kaijyu Theater ante semejante hombre orquestra. Pero, ¿quién da más por menos? El cine de autor tal como lo entienden los fans de Kubrick es otra interesante cuestión a resolver en otro articulillo.

CRÍMENES CONTRA LA HUMANIDAD Y OTROS ATENTADOS

Considerado sin atisbo de duda como uno de los realizadores más inquietantes y outsiders del planeta Tierra junto a su aburrido satélite, Tsukamoto nos muestra ya de entrada todo su replanteamiento visual y sonoro en un primer largo experimental de pretensiones más que asumidas. De paso se asegura de subrayar, digamos inequívocamente, su particular fascinación por un universo transformer a todas luces intolerable repleto de seres mutantes, alimañas endiabladas y sujetos fantasmagóricos, que juntos superan en un periquete el nivel de demencia del espectador medio. Olvídense de la sofisticación high-tech de “Matrix”: aquí tratamos de basura sin excusa, aunque mucho más lúdica y, sí, intelectual. Los Wachowski Bros, como es bien sabido, se profesan gustosos admiradores de esta lista de delicattessens orientales, que abarca desde “El Laboratorio del Diablo” hasta “Ghost in the Shell”. Incluso Cameron, indiscutible rey de la serie B en 1984, declaró en su día que bucear por la ópera prima de Tsukamoto sería tarea arriesgada hasta para John Connor...

Tsukamoto busca fusionar una vez más lo real y lo irreal, lo orgánico con lo mecánico, lo natural en lo artificial -la biología identificándose con la tecnología-, siempre a la búsqueda de ese sempiterno estadio híbrido del homo sapiens que atraviesa como un inefable mito futurista toda la ciencia-ficción del siglo XX. Entiéndanme, las mediocridades del mainstream hollywoodiense tipo “Virus” son poco menos que un patético balbuceo de esta magna arts combinatoria. Sin embargo, la tesis se nos complica un pelín cuando nuestro genio decide recurrir a multitud de excesos psicóticos, y a valerse sobretodo del malsano método de la saturación. En su abigarrada cabecita, dañada irreparablemente a base de lecturas de William Burroughs y Bruce Sterling, el tópico discurso ontológico sobre el ser, la nada y todo ese bla bla no tiene ya el mismo sentido. Qué va. Y menos en el umbral del nuevo milenio. Más que beber de algunas fuentes con justa medida, él se emborracha de todas sin pudor. Prefiere explotar la vena kitsch inherente a cualquier distopía con su potencial más feucho, y llevarla hasta las últimas consecuencias armado con un arsenal de recursos do it yourself casi ignoto hasta entonces. “El dichoso híbrido ya está aquí” -parece decirnos Tsukamoto entre espasmos y palpitaciones- “ya se retuerce por el suelo de dolor”. Glups.

Ya ven, se trataba sólo de exagerar algo los ya deformadísimos rasgos del presente inmediato, y miren por dónde, en la pantalla aparece la inevitable conversión tecnocrática de la que se burlaban los Kraftwerk, la transfiguración psicosomática del superhéroe de la Image Comics. El Renacimiento Apocalíptico que esperábamos ilusionados, vaya. Sí, he aquí el Super Man-Machine en versión cutre: él es el profeta de esos nuevos valores cyber que tanto nos molan a nosotros, analfabetos de la era informática, por complicados e inescrutables. Tsukamoto nos arrolla, pues, con un mensaje mil veces formulado, a través de un código fruto de mil reciclajes, pero con suficiente furia encabritada y estilo sucio para ello. Créanselo, este Homo Novo, como lo definió el cenizo de William Gibson, tiene su agreste glamour. ¿Quién le negaría los diez minutos de fama warholiana?

Cabe recordar de nuevo, a estas alturas, un detallín harto significativo: hablamos de un japonés ya cuarentón que flirtea desde chinorri con la cultura popular de su país. En resumidas cuentas, del típico fan de Mazinger Z bien bragado en pelis de zombies y pseudocumentales mondo. Cuanto más se reconozcan ustedes, pues, en el truculento carácter de esta clase de freaks de ojos rasgados, más podrán acercarse intuitivamente a sus paranoias generacionales y a esos rayazos sin remedio que les identifican. Desde Yukio Mishima hasta Takeshi Kitano pasando por Merzbow, el elenco de perturbados avant la lettre incubados por el Imperio del Sol Naciente, aunque todavía desconocido en Occidente, resulta demasiado vasto para tirar de la manta ahora. Me interesa sobretodo destacar aquí su guarruza noción de las parafilias sexuales, el fetichismo, las relaciones de dominio... así como su peculiar interés por las metamorfosis, las energías, el poder supremo, el fin del mundo... y demás porculadas que pronto impartirán en las escuelas nacionales. En fin, que a cualquier perverso internauta de Socuéllamos no le va tanto la vida en ello.

Ciertamente inspiradas por los manidos Lynch y Cronenberg, las obsesiones ad limitum y la imaginería techno-fantastic son temas recurrentes en Tsukamoto. Pero sus influencias puramente genéricas serían a grosso modo: el manga superheroico de lo más cafre; la Sci-Fi punkarra; la animación underground; los videojuegos arcade; el cine gore; el surrealismo squizo; el expresionismo de corte feísta; la pornografía psycho; el body-art de calado sadomaso; el snuff-movie; la épica de serie Z; el industrial gótico; el ruido, el caos y la ultraviolencia... et caetera et caetera. Esto se traduciría muy rápido en: muchos visionados de bazofia made in Auswitch, demasiadas audiciones de Esplendor Geométrico, y poquísimo tratamiento psiquiátrico.

En relación a su violencia gratuita de toma-pan-y-moja, suponemos que debe chiflarle la primera época de Sam Raimi, Peter Jackson, John Landis, el tándem Brian Yuzna/Stuart Gordon, claro está; y la etapa filonazi de Jörg Buttgereit, de la que evidentemente se habrá empapado hasta las heces, nunca mejor dicho. [Aunque, ya puestos, en vez de pasarse una eternidad haciendo y deshaciendo “Evil Deads” y “Bad Tastes”, éste era capaz de lanzar la piedra y esconder la mano con velocidad vertiginosa.] Sin embargo, lo que prima en nuestro inenarrable hombre, por encima del splatter y el grotesque, es ese look chatarrero y megaindustrial tan destroyer que envuelve contínuamente el clima de sus películas, confundiéndolo todo en una sola amalgama sin distinción -atrezzo con vestuario con decorados con figurantes con etc-; una atmósfera oxidada y chirriante que, en contacto con el explosivo cóctel de ataques, luchas y demás correrías... provoca un sindiós del que no se salvan ni los dobles. Todo sea por soltar su grito de Horror ante el terrible paisaje de contaminación en que se está convirtiendo el Japón tan acojonante de hoy en día.

¿Eso le interesa contarnos, pues? Eso y la crónica del inminente descontrol de la carne con el metal, al fin y al cabo; el diagnóstico de su insana interdependencia y parasitaria relación, en el marco de la filosofía terminal del self-destruction. Contarnos la peor de nuestras adicciones (el futuro) y sus temblorosos síntomas (miedo, frivolidad, modernez, efecto invernadero, OT), eso le interesa. Y sin rebanarse la cabeza con el dichoso rigor. ¿Se acuerdan bien de la seminal “AKIRA” de Otomo, la otra biblia nipona de los ochentas? Pues las visiones escatológicas y pesadillescas de ambos visionarios convergen en varios puntos, en el mismo instante de la expansión del nuevo cómic manga. Ah, esa paralizante imagen, harto estilizada, del ser humano... indefenso depositario de una energía brutal, manejada a lo loco sin ton ni son... a merced de su incontrolable poder y cayendo por el abismo de la civilización... Sniff.

Bien, si han descifrado este postrer galimatías, podrán seguir por mi vera cogidos de la mano, porque ahora mi ingenua capacidad de improvisación sobre tales elevados asuntos alcanzará su zénit de forma harto discutible. Alérgicos a la vergüenza ajena, abstenerse.

by Jordi Villegas